Orgullo de nuestras letras

Cuando el pasado 17 de noviembre, en las Escuelas de Santa María de Cayón, se presentaba el libro coral “Mimbres de júbilo”, son muy diversas las circunstancias que se concitaron en este acto convocado por la Sociedad Cántabra de Escritores. Me gustaría que no se pasaran por alto, por lo cual, las comparto con ustedes.

En primer lugar, medio centenar de plumas confluían en la obra; medio centenar de miradas, orientándose a la conmemoración del año jubilar lebaniego. Unos jóvenes, otros menos jóvenes, hombres y mujeres, todos rezumando un inmenso amor por la palabra. Conformando un amplio grupo de escritores, muy nuestros cuyo plantel debiera despertar el orgullo de esta tierra.

De sobra conocida es nuestra tradición literaria, en un entorno que ha dado, a lo largo de la historia un amplio elenco de nombres, todos aupados al más alto escalafón de la literatura nacional. Pero hemos de reconocer no sólo ese primer frente de nombres consagrados, sino también la segunda línea de amantes de lo bello que esconde la palabra, que la practican en sus diversas modalidades la escritura, como es es caso de la publicación que cito, al igual que hacen a diario otros muchos colegas y amigos (no siempre afiliados), unos de modo aficionado, otros profesionalmente, incluso con el uso oral de la palabra. Todos los textos son válidos porque su uso siempre es un arte.

Anualmente se celebra en nuestra región el día de las letras de Cantabria (este año se celebró su XII edición, en Potes el domingo 19 de febrero, festividad del Santo Beato de Liébana, primer escritor cántabro documentado), donde se reconocen nuestras más ilustres plumas con la Estela de Oro, se recuperan algunas de nuestras mejores obras o, incluso se publica el Cuaderno de las Letras. Pero quizás no sea suficiente, para conseguir que la efeméride cale en el acervo popular. Y es una pena, porque mérito para ello, tenemos. Habrá que dar un paso al frente y popularizar tan vasta cultura.

Por todo ello, que en Cantabria tengamos una relación de escritores tan amplia, debe ser motivo de orgullo (y satisfacción, pues indica que el modelo cala profundo en la esencia de nuestra condición) y provoca hasta cierta vanidad. No entiendo que las escuelas y centros de enseñanza, no aprovechen este catálogo, para abrir las aulas a la palabra. El orgullo patrio, que cada uno debiera conocer y sentir, debiera traducirse en constantes actividades, programadas desde el afán popular por dinamizar el valor de su propia cultura. Tenemos autores suficientes para llevar a nuestros pequeños o incluso a los jóvenes la dulce candidez que nos aporta un poema, la gratificante imaginación del cuento, la cercana admiración que provoca la entrevista o la tenue intimidad que se encuentra en cada ensayo cuya erudición nos permite atisbar la belleza del pensamiento crítico.

Y termino animándoles a ustedes a participar igualmente, con su pensamiento y con su sentimiento. Lo bueno que tiene el arte, es que su sentido popular, está al alcance de cualquiera, de quien desee expresar el sentimiento. Si se hace de modo bello, resulta aún más gratificante. Y si como era el caso del libro coral que presentábamos esa lluviosa tarde de otoño, es en grupo, confluyendo edad, género u origen, aún resulta mucho más hermoso.

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