Cuestión de educación…

Estoy convencido que la educación se encuentra bien repartida por nuestro mundo. Conozco animales que van sobrados de ella, personas que la irradian con equidad e incluso queda espacio para familias que la dispersan y esparcen por doquier, haciendo verdadero elogio de su iniquidad. Yo que me tengo por persona observadora, les aseguro a ustedes que no hay más que echar un ojo, en la cotidianidad de nuestras costumbres, para corroborar lo que les cuento. Es fácil encontrar referencias que confirmen ese reparto tan díscolo conque aparece la educación en nuestra vida. Es así sencillamente, como espero demostrarles, pues educa quien quiere, no quien puede. Voy con un ejemplo; sólo uno, por aquello de que para muestra nos baste un botón.

Un sábado o cualquier domingo, tiene lugar, con mayor asiduidad de la deseada, esta escena que describo. Protagonista, una familia, común, normalita, de las que abundan: un matrimonio y sus correspondientes churumbeles. El restaurante, cualquiera de esos que gustan porque te tratan bien y además se come. Acostumbro a visitar este tipo de bistró, con mi esposa, porque es donde se consigue saborear la sencillez. Bien pues ahí, ahí mismo, situamos la escena. Nosotros, acabamos de llegar; nos encuentran aún deleitándonos con la decoración de la sala y ojeando la carta. La familia, esa de la que les hablaba, llega enseguida y ocupa la mesa contigua que evidentemente, es de cuatro. Sus pequeños infantes, parecen muy graciosos desde el mismo momento en que entran, pues no tardan en ganarse al personal con muecas, sonrisas y cuantas carantoñas pueden ser ustedes capaces de imaginar. Las hicieron todas, todas, seguro; derrochando cordialidad, hasta que el maître con su llegada, consiguió igualarlos en simpatía. Les saluda y atiende vistiendo una sonrisa con la que parece dispuesto a ganárselos también a ellos (hasta aquí, nada que objetar, pues ésta siempre debe ser la máxima del servicio).

Al lado opuesto del comedor, otro matrimonio, sin hijos, los están ya sentando, esta vez, en silencio. Me llama la atención que la señora lleve dos bolsos. Descuelga ambos al mismo tiempo y los deposita, uno en el respaldo de la silla y otro a sus pies, en el rincón. El primero es muy llamativo, a la moda, de vivos colores y tamaño espectacular, como no podía ser de otro modo. El segundo, en cambio, se me antoja más recogido y discreto, si bien destaca en su cierre superior una arpillera, de color opaco, a juego con los tonos del bolso. No parece nada corriente, aunque sí he de reconocer que es bien discreto.

Como nos gustan los niños, aquéllos, los angelitos, arrastran por completo nuestro interés, y la conversación. Nos llama la atención, con qué rapidez han sido capaces de colonizar el espacio de las mesas colindantes a la de sus absortos papás. A ellos no les molestan, a juzgar por el feeling que ambos tienen con el móvil: lo devoran a dos manos y dos ojos. Pleno al cuatro. Los pequeños, por su parte, al carecer de tecnología, parecen estar más interesados en el jugueteo a ras de suelo.

Llega el primer plato. Para ellos, porque el nuestro ya lo hemos saboreado, en alterna conspiración con las miradas furtivas al exterior. Mientras esperamos el segundo, me llama la atención que al matrimonio del otro extremo, el maître le está tomando la comanda, más atento a lo que sucede en la sala que a sus deseos culinarios. Todo normal, nada que destacar, aunque confieso mi intriga por saber qué será lo que guardan en el segundo bolso. Lo ojean con frecuencia, quizás más de lo usual, así que no dejo de buscar indicios que satisfagan ésta, mi curiosidad.

Pero no puedo. Me distraigo sin querer. Los retoños que me han tocado como vecinos de mesa, concitan mi interés, como si los tuviera con un soga atados a mi cara. No puedo despegar mi atención de sus andanzas. Sorprendido, porque el nivel del juego, lo han subido de altura y el tono de la voz también, de modo que el salón y alguna que otra mesa, están ahora convertidos en su improvisado patio de juegos. Las sillas, ejercen de obstáculos, en una carrera que ya me parece absurda, aunque a ellos da la impresión de estar divirtiéndoles. Y digo me parece, porque el comentario de mi esposa, consigue hacerme caer en la cuenta de la habilidad que presenta la madre de los juguetones, para hacer diana, clavándoles una cucharada en toda la boca, sin despegar su mirada del display. Lo que eligieron debe ser muy sabroso, o al menos gustarles, porque la niña se relame cada vez que engulle uno de esos ataques que le lanzan. Ellos a lo suyo. Parecen sordos pero no mudos. Resuena un grito feroz de “estaos quietos” y… con las mismas, cada uno a lo suyo. De ese modo, el primer plato queda debidamente resuelto: sus padres a la faena y los infantes, campando a sus anchas, que tienen que demostrar lo alegre y feliz que es la infancia. Sin querer, cruzo la mirada con el maître, pese a lo cual, él no me ve, pues los está escrutando con ira contenida, lo que le hace ir perdiendo poco a podo la compostura y transformándolo primero en camarero y luego en iracundo sujeto, incapaz de comprender lo que le está sucediendo… (hace ya un buen rato que se esfumó su sonrisa profidén), .

En el lado opuesto, el matrimonio del silencio, sigue pendiente del bolso, que ahora sí, me deja entrever su contenido. O así lo interpreto por la blancura de una pelambrera: el perrito, como todos nosotros, quiere saber qué es lo que está sucediendo fuera. Dulce, tierno infante también él, pero sometido al rigor que imponen el respeto y la buena educación. Ni mu (perdón, quise decir, ni guau) ha dicho, aunque ya no pierde de vista a su dueña, en espera de que le pueda explicar lo que sucede. Ella se limita a corresponder con un gesto de silencio… El personal, por su parte, está tan pendiente de la guerra de los botones, que la sufren con resignación, ajenos a todo lo que es su entorno. Ni se han percatado de su presencia.

De modo que, resuelto o quizás saturado por el desconcierto de la situación, pido un par de cafés (el recurso del postre rápido, disimulado, para que no parezca que quiero hacer un mutis por el foro) y con enorme habilidad, pido la cuenta en la misma tirada. Mi esposa, que en eso es una lince, confirma la rectitud de mi decisión con una leve caída en su mirada: necesitamos salir a respirar, pues los pequeños, ya invaden incluso nuestro espacio vital, si bien, con parsimonia y laxitud, su padre es quien pone orden y nos colma de gratitud, al explayarse en un… “dejar tranquilos a los señores…”. Esta vez, quien “pasa” de ellos, es su madre, la madre que los parió.

perritoAsí que como podrán suponer, raudos y veloces, tomamos el café poniendo cuanto antes, tierra por medio. Y allí dejamos al resignado matrimonio, a su curioso perrito, a los padres ilustrándose y a sus pequeños, saturando la paciencia del personal y todo el mal rollo que se pudo generar en un momento.

Eso sí, nuestro paseo se relajó, con la conversación. Ambos coincidíamos, como estoy seguro que puede suceder con ustedes, en el corolario de la escena: todo es cuestión de educación. La familia, siempre educa. La familia, educa a los suyos. Sean niños o perros, estoy convencido que da igual; es cuestión de saber y querer educar. Así que no alcanzo a entender cómo permiten a ciertos pequeños, entrar a un restaurante, un lugar de solaz y deleite, higiene y respeto, en lugar de prohibir, casi sin fundamento, la entrada a niños mal educados. Ay, perdonen, que lo he debido decir al revés. Algún lapso de mi inconsciente, que sabe que prefiero a los perros que, recibiendo una educación igualmente válida por parte de sus progenitores, son capaces de comportarse y estar respetuosos e higiénicamente cautos, en cualquier lugar público; todavía hay quienes no entienden que hacen mayor mérito para entrar y compartir la mesa, el comedor y casi hasta la comida,…. porque no salen de su bolsita. ¡Ay, angelistos!¡Cómo me gustan, estos animalitos cuando están tan bien educados! Y miren que, como les digo, me gustan los niños.

El empleo público pierde el tren del futuro…

Carta abierta a MIGUEL ANGEL REVILLA, Presidente del Gobierno de Cantabria.

Con el debido respeto, me permito presentar en esta tribuna, algunas consideraciones que que me encantaría debatir personalmente, pero la carencia de un contexto adecuado en nuestra región, me lleva a planteárselas en la prensa.

Sr. Presidente, apelo en este momento a la reiterada manifestación pública que usted hace, de tener especial sensibilidad por la problemática social que nos rodea y, en virtud del compromiso que dicha manifestación supone, me gustaría ofrecer una seria reflexión al respecto.

De acuerdo al conocido y tradicional proverbio que ensalza la decisión de enseñar a pescar antes que dar un pescado a quien lo necesita, confío en su criterio, por considerar más importante solucionar la problemática social, que atenderla. Y entiendo que este matiz debe señalar el rumbo de toda política. Estoy seguro que la suya también. Pero hay una gran diferencia entre ofrecer atención a los problemas sociales y “educar” a sus protagonistas y agentes, para que se los gestionen adecuadamente, pues es la única manera que hay de salir del problema. La diferencia entre atención y educación, en el plano social, lo determina la temporalidad de la medida. Mientras que la primera resuelve lo inmediato, la educación requiere mayor especialización porque como digo, canaliza la salida necesaria en base a mejorar la condición humana y social de los afectados.

Le planteo la disyuntiva anterior en relación a la oferta pública de empleo que ha publicado el pasado día 31 de marzo el BOC (Decreto 12/2016). Pienso y creo sin riesgo de equivocarme, que de algún modo, esa oferta, permite entrever la orientación que el gobierno regional pretende dar a su política; también a la de carácter social. Desde luego, está claro que en su apuesta prima la atención, pues concita el interés de los profesionales correspondientes. Y no digo que no sea necesario, que sí lo es y seré el primero en apoyarlo, por importante. Pero la efectividad a largo plazo es nula al no dar cabida a la verdadera solución de los problemas sociales que se viven en Cantabria, habiendo planteado con visión política lo que se conoce como Educación Social. En su caso, esta convocatoria, lo ignora por completo. Le dejo aquí una perla nada más. Porque la oferta de Cuerpos Docentes (Decreto 8/2016) publicada en el mismo medio el 29 de febrero pasado, es más de lo mismo y nos daría para otro debate. Esta región parece empeñada en perder el tren del futuro; en este caso, ese tren que circula por la vía de lo social (y no precisamente es que sea una vía muerta, sino todo lo contrario). Sr. Revilla, si quiere atender debidamente la cuestión social, hay que hacerlo predicando, pero “con el mazo dando”.

Desde mi condición académica, como responsable formativo en una universidad pública, me ocupo de asegurar una formación de calidad a jóvenes universitarios que se nos presentan dispuestos a comprometer su vida con la problemática social de la región. Y quieren hacerlo desde una perspectiva efectiva, contribuyendo a “educar” la sociedad, para que en el futuro mermen esos problemas que en nuestro entorno, usted o yo, cada día, vemos. Ellos quieren ser Educadores Sociales y se les forma para ello, alimentando sus corazones de una ilusión, que les compromete a dedicar toda su profesión a ir libando esa problemática, educándola, con el único objetivo de erradicarla. Sin embargo, las esperanzas que cada día, tanto nos cuesta mantener, las fulminan este tipo de ofertas, que optan por profesionalizar la inmediatez a costa de cercenar cualquier visión de futuro. Lo entiendo, porque es la política que ahora “se lleva”, la del aquí y ahora; una fórmula que nada tiene que ver con esa otra visión, panorámica que necesita un tema de esta envergadura.

Desconozco quién pueda ser responsable de este planteamiento político, pero usted como cabeza visible del gobierno que nos rige actualmente, al menos debe tener conocimiento de ello y saberse responsable del planteamiento que se hace. Permítame que finalice mi atrevida carta abierta, instándole a realizar una reflexión profunda de esta cuestión, porque es tan grave el problema, que lo necesita. Muchas gracias.

Captura de pantalla 2016-04-13 a las 9.37.28Publicado en EL DIARIO MONAÑÉS. 11.04.2016 /Opinión, página 24. (pdf)

Importancia del ser social que todos llevamos dentro…

IMG_0352IMPORTANCIA DEL SER SOCIAL QUE LLEVAMOS DENTRO

Lección Inaugural del Curso Académico 2015-2016 en el Centro Asociado de la UNED en CantabriaImpartida el 16.10.2015 por D. José Quintanal Díaz

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Excelentísimas autoridades, civiles y académicas. Miembros del Consorcio. Queridos compañeros, tutores y personal de administración y servicios del Centro Asociado. Estimados alumnos, amigos todos.

Quisiera primeramente, agradecer al Centro Asociado de la UNED en Cantabria, en la persona de su director, la confianza que me otorga, al confiarme la lección inaugural de este curso 2015/2016. Ahora, permítanme, como no podía ser de otra manera, que comience, tomándome una doble licencia. Ya ven que, aprovechando el lenguaje del mus, empiezo con un órdago a la grande, tomándome no una sino dos licencias.

La primera es que, respetando el rigor que todo acto académico requiere, prescinda del boato y la magnificencia, tanto en el discurso, como en la expresión. Ésta, que es tierra que caracteriza a sus gentes por la cordialidad y la sencillez, consigue que hoy, aquí, con vosotros, me sienta literalmente, en casa. Por muchas razones. Una, muy importante, es corresponder a lo que he recibido de esta casa, que ha sido mucho. Hace unas décadas, era yo quien ocupaba esos bancos, en calidad de estudiante de esta Universidad, Y como fui uno de los muchos que nos hemos beneficiado de su carácter social, un matiz nada baladí también para el tema que voy a abordar, siempre mantuve un cierto vínculo emocional con la UNED. Como os digo, es motivo más que suficiente para que hoy me sienta entre vosotros, cómodo. Además, mi origen, igualmente sencillo, entre las montañas del Valle de Buelna, forjó en mí, ese carácter recio que sobre todo mis alumnos conocen bastante bien, pero de igual modo, imprimió un sentimiento, profundo, de arraigo a la tierruca. Vosotros sois testigos de que ésta es una cuestión fundamental en mi vida; lo mismo que en mi espíritu académico, pues me considero por encima de todo, comprometido con la cultura y con el desarrollo social de nuestra querida Cantabria. Me duelen sus cicatrices, lo mismo que brota en mi corazón el sentimiento de arraigo con todo lo que aquí sucede. De ahí que me haya concedido también la licencia de conferir un carácter más bien socioeducativo a esta lección inaugural que jjhe dado en titular: “Importancia del ser social que todos llevamos dentro”

Para hacer un planteamiento coherente de la problemática socioeducativa que vivimos actualmente, he de apoyarme necesariamente, en las fuentes documentales y en los datos de nuestra realidad contextual. Comenzaré por tomar referencia en la esencia de nuestra cultura occidental, que alberga la propia historia de la filosofía; un estudio elemental, de pronto destaca un hecho muy evidente: la persistencia histórica de la cuestión, pues desde la socrática mayéutica hasta la filosofía práctica de Habermas, siempre se ha constatado la necesidad que tiene el ser humano de ir por la vida en compañía. Sí, han oído ustedes bien, he dicho que no se puede estar sólo. Al igual que la base de la ciencia humana es que somos fundamentalmente agua, en nuestro lado humano, podríamos afirmar que somos seres sociales y, como tal, socializadores y socializados. Schopenhauer nos hablaba de miedo a la soledad, Baudelaire interpretaba su vida como el disfrute de los demás, Hobbes insistía en lo pesada que resulta la carga de la sociabilidad, Kant pensaba que la acción social es el medio a través del cual se realiza el fin último y perfecto de hombre… De un modo u otro, los grandes pensadores, han tenido clara esta idea de que nuestra vertiente más social, es la más importante para que el ser humano logre alcanzar un desarrollo pleno. Antes que todos ellos, lo había dicho bien claro y sin tantas florituras, Aristóteles, sentenciando que «el hombre es un ser social por naturaleza».

Pero con la misma claridad, hemos de reconocer que social, uno nace y… se hace. La convivencia se forja en la relación, en el día a día y se aprende a convivir de un modo inteligente. Es más, somos capaces hasta de disfrutar en la relación con los otros. Esto también nos diferencia de los animales, que conforman sus grupos de convivencia basados en criterios puramente objetivos, de jerarquía. Las personas, no. Cada uno somos capaces de construir nuestra propia estructura convivencial: yo elijo dónde, cómo y con quién vivo, y convivo, conformando en el grupo mi propio estilo de vida y de relación. Natorp, fue el primero en conferir un sentido social pedagógico al carácter social del ser humano. Este filósofo alemán, neokantiano, en los albores del siglo XX, apoyado en el pensamiento, tanto de Platón como de Pestalozzi, fue capaz de percibir el carácter social de la pedagogía, al interpretar el llamado «sociologismo pedagógico», según el cual, no se entiende el desarrollo humano al margen de la educación; y, de igual modo, nos demostró que ésta pierde todo su sentido cuando se desprende de su carácter social. Nos viene a decir que el hombre, el ser humano, en esencia, se perfecciona, en cuanto que forma parte y participa, socialmente de su entorno. Y yo he de darle la razón, porque mi vida, como estoy seguro que a todos ustedes también les sucede, no tiene ningún sentido, si no es por las experiencias que tengo cada día, con mi familia, con mis amigos, mis estudiantes y…   por supuesto, en mi UNED. Todos ellos son los que la llenan de contenido y dan sentido a cuanto hago, pienso, escribo y, hasta digo. Con todos, estoy convencido que sucede lo mismo, ya que cada uno con sus propios parámetros de referencia, es responsable de cuanto influye en su contexto de vida. No lo olviden, sobre todo lo que decía Aristóteles, que por naturaleza somos seres sociales y, necesitamos serlo. Quedémonos, de momento, con esta primera premisa de referencia, porque luego volveré sobre ella: somos seres sociales, responsables cada uno de nuestro propio contexto de vida.

Vayamos ahora con ese contexto en el que vivimos. ¿Saben ustedes cómo es? Desde luego que planteo una cuestión tan abierta, que la respuesta parece obvia. Así que lo matizaré un poco más. ¿Creen que la vida en nuestro contexto, esta vida que cada día construimos, presenta ese carácter eminentemente social, favorece la convivencia y la relación armónica entre todos nosotros? Alguno de mis estudiantes diría: defínenos «social», y define «convivencia», para que podamos responder a tu pregunta. Y no le faltará razón, al exigirme esa concreción, pues en esta cuestión es importante; lo haré y para ello no necesito más que acudir al diccionario. Particularmente me parecen conceptos bien claros, asumidos por todos, pero aún así, definámoslos, y hagámoslo sometidos a la norma académica: “convivir” se refiere a disfrutar la vida en compañía de otros, por lo que la convivencia resulta de hacer efectivo ese deleite que produce disfrutar de todos; eso es, de todos, de todos los que participan o les hacemos participar, de nuestra existencia. Por su parte, el término “social” no hace más que reforzar la idea de compañía, de compartir esa vida, contribuyendo al bienestar que todos, sin excepción, merecemos.

Permítanme que me enfunde de mi coherencia moral, para dudar que hoy día, se haga una interpretación honrada de estos términos. Es más, a lo largo de la historia tampoco la ha habido, pues se ha traicionado sistemáticamente en el ser humano su esencia social, en favor de una diferenciación cada vez más individualizadora. No resulta nada difícil demostrarlo; con leer la prensa cada día tenemos suficiente. ¿Creen ustedes que nos mostramos realmente solidarios? Bien fácil se lo pongo, cuando estos días todas las agencias de noticias nos invaden con majestuosas cifras que hacen ver la capacidad de acogimiento que cada lugar tiene, ante el drama y el dolor que viven algunos pueblos, errantes por el mundo mundial. Repito la pregunta: ¿se consideran ustedes, personas realmente solidarias? Hoy, aquí, en esta ciudad, en esta región, en nuestro país, en el viejo continente que habitamos, ¿se comparten y se viven en grupo los problemas de nuestros vecinos o amigos? Sigo dudándolo y mi cuestionamiento entronca directamente en el sentido humanista al que apelaba desde el inicio de su pontificado el propio Bergoglio, reclamándonos dar un sentido más solidario a nuestra convivencia: mirar al que vive a nuestro lado, estando atentos a lo que necesita. Comparto con él la convicción de que el Estado tiene la obligación de atenderlo. Y no olvidemos que el estado somos todos, todos nosotros, todos y cada uno de nosotros. No pensaba recurrir a los números en los que se cifra nuestra solidaridad, porque me parecen un escándalo, pero no me resisto: déjenme que les muestre uno, sólo un dato, uno, porque estoy seguro que les va a sorprender, como a mí. Cualquier buscador en internet nos permite conocer la dedicación que en sus presupuestos le otorgan a esta cuestión las distintas administraciones, nacionales, regionales o locales. ¿Saben qué parte de nuestros dineros se dedica a atender esas necesidades sociales? La ingeniería presupuestaria hace que los expertos manipulen las cifras con eficacia, ofreciéndonos resultados muy variables; tanto que esa dedicación llega a fluctuar entre el 0,5 y el 8%. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera de las dos cifras, me sonroja, porque tanto una como la otra, resultan ridículas. Sí, sobre todo si pretenden conferir identidad a frases tan grandilocuentes como las que utilizan algunos profesionales de la administración, explicándonos que ésta es su principal preocupación. ¿Ven por qué lo dudaba? En realidad, las cifras son un fiel reflejo de lo que nos rodea, así que no voy a insistir más en una situación que con este dato, queda debidamente dibujada y quizás avergüence alguna conciencia. Cuando el análisis de la realidad cotidiana presenta este cariz, uno piensa que estamos de algún modo traicionando la esencia de nuestro ser. De ahí que no sorprendan en absoluto estas situaciones de insensibilidad a las que parece que nos estamos acostumbrando. Pero de ellas dimana nuestra segunda premisa. ¿Recuerdan que la primera decía que “somos seres sociales, responsables de cuanto nos rodea”? Podemos ahora continuar diciendo que, esa responsabilidad parece pesarnos, ya que ante la cara más dura que nos presenta la convivencia, se mira a otro lado, consintiendo y potenciando una profunda brecha social.

No nos engañemos, que lo social,… ¿cómo se dice hoy?… no vende. Eso es, no vende. Al contrario compromete, pica y delata. Y lo social, lo tenemos aquí, al lado. Se refiere a lo más inmediato, a la carencia que muchos de nuestros congéneres, tienen de lo fundamental, o incluso imprescindible. Y tiene cara. La de algunas de esas personas que nos cruzamos en la calle, junto al portal o en el semáforo. Aunque estén ahí y pasen desapercibidos…. Son ellos. Tampoco resultará buena terapia el que nos justifiquemos. No es solución, no soluciona los problemas y tampoco consigue que se tranquilicen las conciencias. Porque están ahí y, como digo, tienen cara, de hombre o de mujer, de niño o anciano, de jóvenes y en algunos casos, seres queridos. Lo social, se viste con frecuencia con el traje de la necesidad, del hambre, el paro, la droga, el abandono, la pobreza, la miseria, el sectarismo, la violencia, el odio, el terrorismo, la xenofobia, el dolor, enfermedades, corruptelas, delincuencia, alcoholismo, hurtos, conflictos, racismo,… realidades que irrumpen desesperadamente, con riesgo, en nuestra vida. Realidades problemáticas, con las que sin querer, topamos a la hora de comer, durante el ocio, el paseo o en la cotidianidad de cualquier conversación. Se presentan de súbito y atentando la moralidad de todos nosotros. Porque los conocemos muy bien, porque están ahí, al lado, aunque no siempre sea cierto que las veamos o las queramos ver. Quiero decir, que llegamos a resultar completamente insensibles (o si no completamente, al menos un poco o bastante). Lo que sí es cierto, que las consecuencias son siempre graves, mucho: personas inadaptadas, aisladas o deslocalizadas (que es una forma moderna de referirse a quienes están obligados a sobrevivir, con el eje de sus vidas, desplazado), familias completamente desestructuradas, grupos marginados, guetos, lugares donde la vida se ha tornado tan difícil, que se devalúa constantemente, porque impera el dolor, el odio, el mal, porque se vive sin dignidad ni sentido, porque el único valor es el ahora y el aquí. Son realidades que, en quien las está sufriendo, generan miedo, estrés, pena, complejos, sumisión o rencor, y les provoca una herida que se hinca en el alma y raramente se cura. Pero, ¿y a nosotros? Estaría bien que al menos nos «moviera» (el corazón, quiero decir), que nos impeliera un poquito, porque no siempre es así.

No obstante, podemos estar tranquilos. Para ocuparse de este tema, la sociedad moderna ha profesionalizado la cuestión, inventando a los especialistas. Menos mal, pues la historia está plagada de ejemplos de abandono, oscurantismo, marginación, tabú, ostracismo o incluso ejecución, porque alguna vez los marginados también llegaron a sufrir esta forma de resolver su problema. Hoy, al menos, lo hemos oficializado, lo cual hemos de reconocer que no está mal, porque supone que al menos, estarán atendidos. Debidamente atendidos.

Eso sí, se lo aseguro: cuando alguno de estos problemas, se pone en manos de profesionales, se les atiende muy, pero que muy bien. A nivel institucional, se ha creado una gran variedad de organismos e instituciones, oficiales y no oficiales, nacionales y supranacionales, confesionales o laicas, todas altruistas, neutrales, serias, rigurosas. Son las llamadas ONG’s, (Organizaciones No Gubernamentales), Fundaciones, Institutos y Movimientos de toda orden y condición, que se ocupan del tema (¿o mejor, debiera decir del problema?); la cuestión es que lo hacen con eficacia, seriedad y rigor, lo que se traduce en “profesionalidad”. Y de igual modo, fruto precisamente de la necesidad, han surgido en todas ellas profesionales bien formados y debidamente especializados. Que son los que hoy se ocupan de atender estas cuestiones con la inmediatez que requieren. Hay de todo: Administradores que velan para conseguir que las instalaciones y los servicios resulten apropiados; trabajadores y educadores sociales que, ante la marginación se entregan atendiendo necesidades tanto personales como sociales, voluntarios que cubren con presteza las carencias que algunos de estos colectivos sufren: y también, un gran número de profesionales que, cada uno desde su área o especialidad, aporta la mezcla de conocimiento y acción que precisa la particularidad de cada caso. Todos suman, arrimando cada uno lo mejor que tiene, siempre con dedicación, entusiasmo y diligencia, sonriendo, dedicando su tiempo y, algunas veces incluso el de los suyos, sólo porque se les necesita, convencidos de estar siguiendo de la mano de los marginados, la senda de su vocación y de su convicción. Porque lo social, los problemas que presenta la brecha social, tienen una única solución, que se llama “solidaridad”. Y éstos profesionales que acabamos de significar, lo saben muy bien: son los únicos que encaran la problemática de frente, con convicción, sin miedo, seguros de lo eficaz que puede llegar a ser su intervención, directos por el único camino que lleva a «alguna parte». Sí, así es, lleva a la socialización, a disfrutar de los demás. Ahora toca lo más difícil que es convencernos a nosotros, convencernos a los demás.

Hagamos aquí un breve receso para dar corpus de identidad a esta nueva premisa que se incorpora a nuestra argumentación. Si las dos premisas precedentes indicaban que “nuestra naturaleza social nos hace a todos responsables de la brecha social”, ahora podemos afirmar con seguridad que la sociedad actual, ha profesionalizado la atención de esas necesidades de carácter social que se derivan de nuestra convivencia cotidiana. Y aunque todavía prolongue un poco el discurso, para completar la idea de pensamiento que quiero aportar, no quiero avanzar sin señalar que esto es lo más importante de cuanto yo les vaya a decir: “el lado social de nuestra vida, está en manos de los especialistas, profesionales de lo suyo”.

En el término “profesionales”, quiero eludir todo rasgo de individualidad, porque estoy convencido que la acción social requiere ser abordada en grupo. Es la única manera de conferir sentido holístico a la atención de las necesidades y hacer que la intervención resulte eficaz. Se trata de ser buenos profesionales, capaces de trabajar en equipo. Luego, del fondo de cada uno, cuando se implique de verdad, será preciso que emane lo mejor que lleve dentro. Y no todo será buena voluntad, porque “de buenas intenciones están los infiernos llenos”. Es importante que cada profesional tenga una sólida formación, lo más rica y completa y con el mayor acopio posible de experiencia. No extrañe pues, que las universidades estén ofreciendo propuestas con las que consolidar el bagaje inicial de estos profesionales. En la UNED, convencidos de esa necesidad, las Facultades de Derecho y Educación han sabido conferir un sentido integrador a una propuesta formativa novedosa, que permitirá a sus estudiantes cursar un Grado Combinado de Trabajo Social y Educación Social, precisamente para enriquecer la formación básica de ambas figuras profesionales, en torno a las cuales pivota la atención socioeducativa de la que venimos hablando. De este modo, estamos seguros que los profesionales que se formen, saldrán mucho mejor capacitados para dar ese enfoque global que requiere hoy en día la problemática social. Y esto es verdadera profesionalidad: saber, para saber hacer, solidez en la formación básica y experiencia en la vivencia personal de aquello que más les gusta a nuestros estudiantes: participar en la construcción de un mundo más humano, más social, aportar para que el llamado estado del bienestar, deje de ser una quimera y lo disfrutemos de verdad. Pero todos.

Sólo nos falta una última premisa para satisfacer con plenitud la esencia social de nuestro ser: el reconocimiento que la dedicación a lo social, debe tener de la sociedad en general. Un reconocimiento sincero, natural; al igual que sucede con otras profesiones, como pueda ser el caso de la sanidad o la educación, que a todos nos da tranquilidad saber que estamos en “buenas manos” atendidos por sus profesionales. En el plano social, para alcanzar el mismo nivel de convicción, se necesita una sensibilización generalizada de la función que desempeñan: son una pieza clave en el entramado social, cuya desestabilización podría resultar bastante problemática. Su importancia radica en su necesidad. Una necesidad que no nos inventamos, porque es una realidad. Los profesionales de la intervención socioeducativa ya están ahí, interviniendo, trabajando, educando, atendiendo la problemática social que es mucha y muy diversa. Pero les falta que nosotros les demos visibilidad. Esta es una cuestión de justicia. Se necesita valorar que su trabajo supone dedicación, dedicación por parte de los profesionales, pero también dedicación presupuestaria y dedicación personal, de cada uno de nosotros, acompañándolos, dignificando su trabajo como se merecen y reconociendo debidamente la tarea que a nosotros nos evitan. Que no es poca. Por eso termino apelando a vuestras conciencias, apelo al valor humano de nuestra vida. Porque en cierto modo, también cada uno de nosotros, hemos de sentirnos corresponsables de ella. Pues queramos o no, tarde o temprano, a todos nos va a tocar. Seguro. De momento, estemos tranquilos, que ellos ahí siguen, consecuentes con su vocación, trabajando para hacernos la vida un poco más solidaria y tranquila a la vez. Con esta convicción, el mañana, a mí, se me antoja aún más sereno, más gozoso; por eso concluyo asegurando que la entrega profesional, de cuantos desarrollan una labor social en nuestro entorno, conseguirá aflorar en todos nosotros, ese lado más humano y más solidario que llevamos dentro. Todos lo tenemos, no olvidemos que todos en esencia, somos eminentemente, seres sociales.

Muchas gracias.

Caracterización de los jóvenes en dificultad social

cubierta ocio 2_traz«Caracterización de los jóvenes en dificultad social«, por García Llamas, J.L. – Quintanal Díaz, J. y Cuenca París, M.E.

Capítulo de la obra… OCIO, FORMACIÓN Y EMPLEO EN JÓVENES EN DIFICULTAD SOCIAL, coordinado por Gloria Pérez Serrano (Dykinson, 2015)

(descargar en pdf)

Curso de Postgrado de la UNED

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Curso de Postgrado: LA ENSEÑANZA DE LA LECTURA Y LA ESCRITURA: SU PROBLEMÁTICA Y NECESIDADES. Título propio de Especialización, expedido por la UNED.

Del 18 de enero 2016 al 31 de octubre 2016  .Captura de pantalla 2015-08-18 a las 12.43.38

http://www.quintanal.es/documentos/Diptico.pdf

Ellos vuelven por Navidad

Todos los años, los míos vuelven por Navidad. Ahora es mi hija, pero antaño fueron mis tíos o primos. Siempre venían por estas fechas, que es cuando nos juntábamos toda la familia. Es algo ritual, entrañable, que no deja de tener su encanto, poder juntarnos en esas fechas. En todas las casas alguno está fuera: un hijo, unos padres, los abuelos,… el que más o el que menos, todos tenemos alguien. Si no, los amigos. A veces, nosotros mismos volvemos por Navidad, como el turrón. Y quizás sea de lo bueno que tengan estas fiestas: su capacidad de convocatoria, juntarnos a todos y facilitar encuentros que de otro modo llegarían a resultar imposibles.

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Está muy bien, pero no siempre es necesario. Recientemente, tuvimos ocasión de ver cómo una ministra calificaba de “enriquecimiento cultural” la ingente cantidad de jóvenes que hemos ido exportando, poco a poco. Casi sin darnos cuenta. Ella tampoco. Lo cierto es que se nos ha ido, casi casi una generación. Echen ustedes la cuenta. Los contamos por miles y en el reparto a cada casa nos toca alguno. A alguno, siempre se le echa en falta.

No es bueno, no. No hagamos como esos políticos que están empeñados en maquillar una realidad que ni les gusta y saben que a nosotros tampoco. Ellos, los jóvenes, en algunos casos están hasta contentos de su éxodo. Pero desde luego, nosotros que sufrimos y guardamos su ausencia, no. Ni mucho menos. Porque hemos invertido mucho, mucho en su formación. Y no hablo de dinero, que también. La inversión la hemos hecho en ilusión, entrega, compañía, cariño, ilusión,… toda mi paternidad ha estado hipotecada por el logro de una titulación universitaria que,… no sé siquiera si va a resultar real. Porque veo que a muchos de mis vecinos, esas mismas ilusiones, las de sus hijos, acabaron devengadas tras un mostrador expendiendo sandwiches y bebidas azucaradas. Yo, desde luego, no quiero pasar por el mismo trance. Me molestaría enormemente. Sólo el cariño de padre es capaz de soportarlo, pero me enerva tremendamente, ver cómo a algunos de esos insensibles bien-posicionados, les trae al pairo este problema. Eso sí que no. Por ahí no paso.

Resulta penoso ver estos días, cómo las estaciones y los aeropuertos se copan de personas que ansiosos e impacientes, esperan la llegada de alguno de estos jóvenes, miembros de su familia. Seres queridos, cercanos. La inquietud de la llegada, se refleja en sus miradas. Más tarde, cuando se anuncia ésta y la muchachada empieza a desfilar por la puerta, resultan un sinfín de caritas, expectantes por ver si estaba esperándoles quien ellos deseaban. Generalmente, así suele ser. lo mismo que a este otro lado, donde lo único que queda es también esperar. Esperar a que vuelvan. Esperar a que estos días sean entrañables de verdad. Esperar temerosos a que llegue el día del regreso, para volver a empezar con la misma retahíla: esperar a que se integren, esperar a que encuentren trabajo, esperar a que la vida les depare un sinfín de sorpresas, alguna gratificante de verdad, esperar a que aprendan un idioma cuyo dominio también tiene que esperar, esperar, esperar, esperar,…

Captura de pantalla 2014-12-28 a las 9.02.19A nosotros, nos toca de nuevo, desfilar por el andén, poner cara de circunstancia y volver a esperar que la navidad nos regale la gracia de pasar estos días con ellos. Así que por favor, señora ministra, señores adláteres, políticos y voceros al uso, aunque sólo sea por respeto a nuestra soledad, no disfracen los hechos, porque la realidad es ésa. Si resultan incapaces de ofrecer otra realidad, al menos no sean insensibles. Porque, si nuestros hijos disfrutan su estancia en el extranjero es más mérito de ellos, que no suyo; pues ustedes no supieron actuar con la debida visión y evitar unas circunstancias socioeconómicas que les ha abocado en una masiva emigración. Si ustedes tuvieran razón, España estaría plagada de jóvenes ingleses, alemanes, nórdicos, americanos, australianos o japoneses, hinchándose a visitar museos, emborrachándose de flamenco y arte, cautivándose con su correspondiente inmersión cultural. Eso, por mucho que les pese, no es así. Ni de lejos. La juventud es básicamente estudio o trabajo. Pero en desigual reparto. Mientras los nuestros se aferran al primero para posponer el segundo, los de más lejos disfrutando del primero, dejan para los nuestros el gozoso papel de ser mano de obra sobradamente formada y barata. Así que luego sucede lo que sucede, que la muchachada, allende los Pirineos, para sus estudios, no elige nuestras universidades; por mucho que ustedes las “tinten” de excelencia; ellos todavía prefieren las suyas, Y con el trabajo sucede tres cuartos de lo mismo, pues las empresas en las que trabajan o quieren trabajar, por resultar punteras en tecnología o innovación, tristemente hay que reconocer que no se ubican en nuestras capitales de provincia, sino en las propias de sus estados originarios. Allá es donde les mandamos los más preciados valores que hemos engendrado, con la no siempre reconocida esperanza de que los sepan valorar.

Pero eso sí, aún nos queda la Navidad. Y su compañía, porque les tendremos aquí con nosotros. Podremos hacerlos un poco más nuestros. Y ellos se dejarán hacer. Sabemos que en Navidad, si se vuelve a casa, es porque en ella es donde se encuentra el verdadero calor, calor de hogar. Ese, que allá por enero, cuando repueblen los andenes, llevarán impregnado en sus maletas y henchirá sus mochilas. El calor, el cariño, de los suyos. ¿Sabes por qué? Porque venían a por él. Así van, orgullosos y gozosos de sentirse por encima de todo, nuestros. Feliz navidad a todos.

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ElMundoArtículo publicado por EL MUNDO. Edición Cantabria. Tribuna de Cultura (pág. 10) el día 30.12.2014 (descargar en pdf)

Del pedagogo al peda-«GoGó»

pedagMe ha parecido de gran interés compartiros el siguiente artículo publicado por el profesor Marcos Román, de la UNED en la revista del Col-Legi de Pedagogs de Caraluya. Nos plantea una reflexión amplia, abierta y sincera, de lo que es la figura del pedagogo. Espero que os guste.

Documento adjunto: Del Pedagogo al Peda-«GoGo» (pdf)

Dinámica de Grupos: Dar vuelta a la sábana

Antecedentes:

El curso pasado realicé las prácticas profesionales III pertenecientes al grado de Educación Social de la Facultad de Educación en la UNED. En las mismas realizamos un diagnóstico de necesidades, en las cuales se detectaron entre otras, necesidades en habilidades sociales e inteligencia emocional. Con lo que le comuniqué la intencionalidad de llevar a cabo la actividad de “Dar la vuelta a la sábana”, ya que la consideraba factible para llevar a cabo con los destinarios de nuestras PP y tratando con ello de potenciar la cooperación entre el grupo. En el presente curso he realizado las PPIV, llevando a cabo la actividad anteriormente citada.

Tras la conversación mantenida al finalizar dicho curso, usted me indicó que le hiciese llegar la valoración de dicha actividad si finalmente la realizaba y su desarrollo. Siendo este el motivo por el que me pongo en contacto con usted.

Contextualización:

Siguiendo la Guía del Grado en Educación Social. Guía de la Materia: Prácticas Profesionales del Curso 2013/14, dicha actividad ha sido llevada a cabo en el área de atención a menores, centrada en el ámbito de centros residenciales para menores, concretamente en el contexto: Centro residencial “X”. Se trata de un recurso residencial del Área de Protección al Menor y Atención a la Familia del Consell de Mallorca.

El objetivo general del área de Menores y Familia del IMAS es, hacer efectiva en el territorio de Mallorca la protección jurídica y social a los menores en situación de desamparo o riesgo de desamparo, desarrollando las funciones que la ley orgánica 1/96 – de protección jurídica del menor, de modificación parcial del código civil y de la ley de enjuiciamiento civil – asigna a las entidades públicas competentes en materia de protección de menores. 

Destinatarios:

El centro residencial dispone de una capacidad de albergar un máximo de diez niños/as, con edades comprendidas entre los 3 y 12 años (aunque en la actualidad persisten dos menores de 13 y 14 años ambos con grado bajo de discapacidad cognitiva), todos ellos sujetos a medidas de protección de guardia y/o tutela, que a consecuencia de su problemática familiar se hace necesaria un recurso residencial a medio o largo plazo.

Dicho centro se encuentra ubicado en una barriada del extrarradio de la ciudad de Palma de Mallorca, es una zona residencial de clase media trabajadora. Con una buena infraestructura de servicios, cuenta con multitud de parques, servicios sanitarios, centros educativos y extraescolares al que acuden los usuarios del mismo.

Es una zona no marginada que permite un cierto anonimato que favorece una integración silenciosa que ayuda a construir la base de la futura relación con la comunidad, buscando la integración de los menores con los recursos existente.

Los menores residentes no participan conjuntamente en las tareas, se faltan al respeto en muchas ocasiones y algunos no quieren ni estar cerca de otros, ni hacer tareas conjuntas.

Temporalización:

La actividad se he llevado a cabo en una única sesión, con una duración superior a las dos horas.

Intencionalidad:

La misma ha partido en fomentar el desarrollo de la empatía (entre otras intervenciones) a través de nuestro proyecto de intervención. En el caso que nos ocupa se realizó anteriormente dos actividades sobre el concepto de empatía, identificando el concepto, significado, ejemplificando para con ello poder ser comprendido por los destinarios (menores con una media de nueve años de edad). Se utilizaron técnicas grupales de coloquios, visionado de la película: “Inteligencia emocional” y charla posterior para expresarse y obtener conclusiones sobre el concepto y tratando de dejarla interiorizada.

Una vez realizadas dichas intervenciones tratamos el concepto de cooperación, mediante la actividad “dar la vuelta a la sábana”, con el objetivo de que reconociese la utilidad y necesidad de la misma.

Desarrollo de la experiencia:

 – La ubicación para dicha actividad fue el salón del propio centro, se separaron los dos sofás de tres plazas dejando un espacio amplio en el centro de unos 6 m2.

Los materiales empleados fueron dos toallas de playa de tamaño de ducha, ambas con las mismas dimensiones (68 cm por 134 cm). Se eligieron las toallas por disponer claramente de la diferencia de color de una cara a la otra, para eliminar con ello la confusión que se podría dar con una sábana (siendo ambas caras del mismo color).

El motivo de elegir tamaña reducido en dichas toallas, fue la previsión de que no participasen todos los integrantes del centro, y siendo de tamaño reducido se les dificultaría la tarea.

Metodología, en el comienzo se solicitó la libre participación en un juego/tarea. No todos estuvieron dispuestos (era previsible).

A los participantes se les intento tratar en primer lugar el concepto de cooperación, al ver que no estaban por la labor y que empezaban a distorsionar se cambió rápidamente la metodología (tratando con ello de captar su atención para posteriormente centrarnos en el concepto). Se les indicó que otros niños de la familia y amigos habían intentado hacer esa misma tarea y que algunos no lo habían conseguido y que me gustaría ver lo bien que ellos lo podían hacer.

Al hacer mención a este hecho el resto de participantes, que inicialmente habían declinado realizar la tarea se mostraron interesados en hacerla.

Se les explicó las reglas, se crearían dos grupos al azar (cada uno de cuatro miembros). La toalla se extendería en el suelo con el dibujo visible y todos deberían estar encima de la misma e intentar dar la vuelta por completo a la toalla, sin que ningún miembro del grupo pusiera ninguna extremidad ni parte del cuerpo fuera de la toalla. No se dispondría de tiempo mínimo ni máximo, el primer equipo que incumpliese la norma de apoyarse fuera de la toalla, se pararía y se comenzaría de nuevo desde otra perspectiva. (Se les tuvo que explicar la palabra perspectiva, no soy partidaria de reducir el vocabulario en acciones en las que se les puede seguir formando, por ello cuando lo considero oportuno recurro a ampliar vocabulario y ellos deben de buscarlo en el diccionario, en todas las ocasiones que se ha realizado en el centro me ha dado buen resultado y no he encontrado grandes impedimentos en ese campo).

En el primer intento ambos grupos quedaron eliminados en menos de un minuto.

Posteriormente se les volvió a remarcar el concepto cooperación y trabajo en equipo, ahora sí que escucharon y participaron.

Se repitió la tarea y ambos equipos realizaron correctamente y sincronizados, trabajando en equipo y colaborando unos con otros, incluso en el momento en que el primer equipo terminó dio pautas/ayuda al otro para que pudiesen terminar con éxito. Quisieron realizar la tarea en dos ocasiones más.

Una vez termina, recogido el material y colocado el salón en su estado original seguimos tratando las ventajas del trabajo en equipo y colaborativo, aportando ideas y llegando a conclusiones, lo verdaderamente impactante fueron sus caras de alegría y disfrute sin chillidos ni reproches, uno de los menores que usa todo su tiempo libre para jugar a la PSP en esta ocasión participo activamente durante toda la jornada.

Opinión personal

Las pautas de talleres/tareas son necesarias como punto de partida, pero no podemos contemplarlas como algo cerrado y estático, si realmente queremos llevar a cabo la tarea/intervención, debemos de ser resolutivos y ágiles para modificar lo necesario para conseguir nuestros objetivos.

Vanesa Torrico García

En septiembre, de vuelta al cole otra vez….

Un año tras otro, siempre lo mismo,… sensaciones, caprichos, inquietudes, revuelos familiares, compras, cambios,… forrar libros, preparar carteras, actualizar el uniforme, completar los estuches, acomodar los hábitos, volver a las viejas y buenas costumbres,… todo un rollo,… Bien venido y bien recibido, porque en cierto modo septiembre, lo que si consigue es normalizarnos; es decir, en esta época, coincidiendo con la vuelta al cole, hacemos que nuestra vida se formalice. Y si eso es así, se debe a que desde finales de junio, ya no ha sido normal nada. Los días laborables parecían domingos, los domingos, también; los días festivos, los descubríamos a media mañana, en la calle solitaria, precisamente al ir a comprar el pan o la prensa (porque afortunadamente, en verano, se vuelven a leer los periódicos); las comidas tenían horarios extraños, las siestas y las noches también; las tareas y todas las rutinas, estaban alocadas, parecían justificar toda distracción y no pasaba nada por desayunar con el almuerzo, comer en la merienda, cenar a deshora y, si se terciaba, no cumplir siquiera las obligaciones (salvo las estrictamente necesarias). Por eso acabamos siendo tan condescendientes, incluso con los pequeños de la casa. En verano, no hay problema, porque la transgresión es sinónimo de vacaciones: podemos hacer las cosas de cualquier manera, que nunca pasa nada.

Pero, en septiembre,… ¡ay, septiembre…!, es un mes en el que todo cambia. Porque en los hogares, sí, en todos, como les decía, la vida, no sin esfuerzo, se encarrila. Vuelve a lo que nunca debió dejar de ser. Y eso nos altera por completo (¡vaya paradoja!). Lo bien que nos sentimos, aunque en principio pareciera que llegábamos con el rumbo perdido. Lo que ha sido, ya no puede ser y, lo que tiene que ser, aún no lo tenemos asumido. La vuelta al cole institucionaliza precisamente ese cambio de rumbo, que durante unos días, nos pilla (a todos) con el pie cambiado. Circunstancia que algunas entidades comerciales, aprovechan para ofrecer el mejor de los servicios con el que resolvernos todos los problemas: desde el tema del uniforme, a la más completa dotación del equipaje escolar. Sus anuncios nos emboban con una tentación tan dulce que, una vez la vorágine haya pasado, descubriremos el acopio de productos innecesarios, de más o incluso de menos, que hemos sido capaces de atesorar. Es más, al pasar revista, es cuando nos daremos cuenta de todo lo que precisamente, olvidamos comprar y ahora, que ya es tarde, echaremos en falta… lo imprescindible, para la escuela. Y para la vida, pues cada curso, lo personal también necesita su intendencia.

La cuestión es que estamos ante un mes, voraginoso en exceso. Y, aunque sólo sea por higiene mental, no nos conviene que lo sea. La vuelta al cole debiera tener otro planteamiento. Debiera tenerlo. Al menos no es necesario que resulte traumática, ni problemática. Ha de suponer un acopio de ilusión para los escolares y, para nosotros, orden en el hogar, serenidad en la vida familiar y cordura en la sociedad. Sí, también un poco de cordura, porque la pasión pseudocomercial, acaba convertida en un problema de nervios para todos en la familia. ¡Qué ganas tengo ya, que empiece el colegio!… En su fuero interno, ¿quién no lo ha pensado alguna vez? Unos, intuitivamente, otros a gritos, todos, lo sentimos y hasta lo decimos, sin darnos cuenta que con esa expresión, se va mermando el cúmulo de energía positiva recopilada durante el verano y, lo dejamos en la reserva para el resto del año.

O, más bien, inevitablemente, de ese modo habrá de ser. Ya que tras el relajo estival, la experiencia indica que cada año se repite la misma vuelta a la rutina, un regreso por inmersión, paulatino, perezosamente y espontáneamente, alcanzado. Sabemos que es cuestión de tiempo y, en cierto modo, nos lo tomaremos, para ir poco a poco consiguiendo esa anhelada tranquilidad. Y con ella, nuestro sentido crítico se irá activando, el ritmo de la vida cotidiana se acelerará de manera incontrolada, el lenguaje parecerá dispararse y, cuando menos lo esperemos, la normalidad ya campeará a sus anchas por nuestra vida, reduciendo las recientemente pasadas vacaciones, a un lejano y casi inalcanzable espejismo. Con servil sometimiento, aceptaremos ese largo peregrinar del invierno, que al frente, ocupa toda nuestra visión, la pantalla por completo y, que nos acompañará hasta que podamos repetir el ciclo una vez más,… el año próximo.

De momento, tenemos por delante un mes muy, muy intenso. Todos. Los niños por la ilusión que se vislumbra, tras cada página que hojean. Los adultos, remembrando esas tiernas sonrisas, que evoca el recuerdo de las que otrora también se saborearon y, nuestros mayores, proyectando la satisfacción de la vida felizmente entregada. Así que para todos tiene y, resulta un mes de cierta anhelo contenido. El comienzo de un nuevo curso, en cierto modo, parece un cumpleaños global pues seguramente, así lo sentimos, en estas fechas, cada año. Por proximidad, o por lejanía, todos, en septiembre, es cuando pasamos la hoja del calendario y cumplimos.

Por eso, es tan importante la referencia del cole. Y así me gustaría que, amables lectores, lo vierais. Con inquieta satisfacción, pues al igual que cada septiembre el calendario lanza una nueva página al viento, en la familia, los zapatos y el uniforme mudan la talla, los libros engordan un poquito y, la compra del material escolar, nos confirma la autonomía que han ido consiguiendo los que identificábamos como «los pequeños de la casa». Cada septiembre descubrimos con sorpresa que han crecido y, en algunos casos, que ¡son enormes!,… Es la vida, el continuo deambular que protagonizamos juntos, una secuencia que crece a nuestro propio ritmo. O quizás sea que nos sentimos más y más mayores. De cualquier modo, me quedo con la añoranza de lo que hemos ido descubriendo, cada septiembre escondido en todas y cada una de las primaveras celebradas, por la ilusión descorchada con todas las vueltas al cole que hemos tenido el gusto de presenciar. Hoy, mejor que nunca, podemos decir alto y claro, que merece la pena haberlas vivido.

¿Realmente vivimos la era internet?

Recientemente, por el hecho de estar impartiendo un curso formativo en esta tierra que tanto significa para mí, tuve ocasión de testear un problema que me ha parecido bastante grave, aunque seguro que habrá lectores que no le concederán mayor importancia. Intentaré explicarme.

wifiUno de los recursos que resulta imprescindible, para la comunicación cotidiana, es internet. Hoy no se concibe nuestra vida al margen de la red de redes, de modo que todos, estamos conectados a ella, de forma continua. ¿Alguien se imagina vivir sin comunicación a través del móvil? Prácticamente imposible. Al menos, los que perviven, son una exigua minoría. Y del mismo modo, allá donde nos encontremos, sobre todo trabajando, necesitamos estar conectados también a internet… No he dicho hasta aquí, nada nuevo. Es una realidad.

Pues bien, ¿cuál es, pues, el problema? ¿No tener conexión? Eso, de momento, no genera conflicto. Salvo, como era mi caso, que me encontraba en un Centro educativo (un instituto que considero «al día») y al solicitar un enlace wifi (guayfay dicen los más puestos en el tema), me indican que no lo hay. He de confesar que en cierto modo, estoy muy acostumbrado a que me den esa respuesta, aunque me moleste, pues son frecuentes los espacios sin cobertura, trenes, autobuses, centros públicos de cultura (nuestra capital es la excepción), centros de ocio, centros comerciales, (la lista necesitaría varias páginas de este periódico)… Incluso, muchos de ellos, pese a anunciarlo, a la hora de la verdad, te quedas colgado. Como aquí; aunque esta vez, no. No me da igual, ni mucho menos. Estoy en un Centro Educativo, vivimos en el siglo veintiuno, en el primer mundo, en un país que alardea de contar con varios millones de smartphones, tablets, ipads, conexiones inalámbricas, redes,… (salimos a uno y pico por barba, de media). Un lugar así, no me entra en la cabeza que pueda estar sin cobertura en la red. Por la importancia y por la necesidad que, como el honor en el ejército, se le supone, en este lugar, la conexión es… básica, imprescindible. Una instalación, que el ministerio, lo mismo que la consejería, tachan de moderna y alardean de tener perfectamente actualizada, resulta que no tiene algo tan elemental como es una conexión a la red. Que la tengo yo, integrada en mi móvil. No me lo puedo creer. Bueno, matizo, en realidad, sí la tienen, pero cerrada. Para entendernos, como el canal plus. Acceden a ella, unos pocos y en circunstancias controladas.

Perdonarme, pero sigo sin comprenderlo. Internet, hoy nos acompaña cotidianamente, para todo. Como una verdadera lapa va pegado a nosotros. Las comunicaciones, informaciones, relaciones, formaciones, documentaciones, creaciones y todas las -iones que se nos ocurran, nos las pasan indefectiblemente por el router. Salvo el paseo que se dan nuestras conversaciones por las antenas de telefonía, hoy día, toda la comunicación la captamos, o la emitimos, codificada. Por eso precisamente, me parecía imposible no contar con acceso libre a la red en un centro educativo. «Serán todos los alumnos los usuarios», como se hace en ciertos contextos, me decía yo. Pues no. Lo tendrán como si de «un recurso habitual de enseñanza, o aprendizaje, se tratase». Pues tampoco. No se limitarán a educar a los alumnos, y conseguirán con su premeditación que se haga un buen uso, de la red, potenciando el inmenso poder formativo que se le atribuye. Menos aún. No lo sé, no me encaja.

Me han vendido un siglo veintiuno caracterizado como «de las comunicaciones», también desde la perspectiva pedagógica. Son tantas las posibilidades, con la imagen, el sonido, el acceso a las fuentes de datos, la vinculación vicaria, la interacción que trasciende el espacio y el tiempo, los medios que potencian la creatividad, con una realidad que ya no es real, sino virtual, o incluso aumentada… son tantas y tantas las posibilidades,… y. todas tan educativas,… que duele ver cómo se cercenan con hechos anodinos, absurdos y poco rentables como son privatizar el acceso a los pocos dígitos que conforman la clave o estrechar incoherentemente el ancho de su banda (me refiero a la conexión, lógicamente),… Lo siento, pero no entiendo estas limitaciones. Mi planteamiento, pedagógico, va en sentido contrario; pienso que abrir las puertas a la comunicación, de par en par (free se dice en la terminología propia), siempre enriquece, favorece el desarrollo y estimula la iniciativa. Soy más de educar, que de limitar, de estimular, que cohibir, de una apertura constante, como fortaleza del sentimiento, riqueza del ser. Vamos, que me gusta aquello de «enseñar a pensar»… Puedo estar equivocado, pero me inquieta suponer esa educación paralela, que discurre al margen de la tecnología. La encuentro retrógrada. Por eso no me gusta, y no la quiero.

Termino apelando con mi reflexión a cuantos ostentáis funciones de responsabilidad en el sistema educativo. Que sois muchos: ¿pensáis que puedo estar equivocado?, ¿encontráis extraño, suponer que hoy la educación puede y debe beneficiarse del potencial tecnológico que nos rodea e, incluso, invade?… Porque si no estoy tan equivocado, vosotros compañeros de vocación que sois capaces de albergar el mejor de los sentimientos por vuestros alumnos, iréis actualizando de modo continuo el conocimiento y el potencial, siempre exiguo, con el que se cuenta a nivel tecnológico, las metodologías con las que se enseña el lenguaje, las matemáticas, la historia o las ciencias, explotaréis al máximo los recursos de internet, el acceso a las wikis, el uso de las redes, los contactos multicanal, la exploración de iniciativas un tanto inverosímiles, serán vuestros recursos cotidianos, las conocidas «pedeís» (pizarra digital interactiva), superarán la primera de sus siglas, para discurrir por los derroteros de la tercera, los libros se podrán navegar y la creatividad, campará a sus anchas por vuestras aulas, lo mismo que por el patio,… Hay tanto que hacer, y hay tanto que se puede hacer,… que todo parece poco, ¿verdad?

Ánimo a todos, a vosotros docentes, pero también directores, coordinadores, profesorado, gerentes, que sois los que hacéis el día a día mejor a nuestros pequeños y jóvenes, porque está en vuestras manos la cultura del futuro y con ella os jugáis mucho, lo vuestro, lo nuestro y lo de todos; a los sindicatos, y movimientos asociativos, que buscáis una educación con mayúsculas en nuestras aulas, a los padres que aspiráis a darles a vuestros hijos lo mejor, y hasta al Consejero de Educación con todo su equipo, que tenéis en vuestras manos la clave. A todos toca arrimar el hombro… Os animo a trabajar, abrir esa conexión que hoy aparece bloqueada, de modo que mañana,… se bloquee, pero de verdad. Entonces conseguiréis que resulte rentable, también en términos educativos. Es fácil, os lo aseguro. Cuestión de prioridades, como se suele decir.

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ElMundoArtículo publicado por EL MUNDO. Edición Cantabria. Tribuna de Cultura (pág. 9) el día 13.08.2014 (descargar en pdf)