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Importancia del ser social que todos llevamos dentro…

IMG_0352IMPORTANCIA DEL SER SOCIAL QUE LLEVAMOS DENTRO

Lección Inaugural del Curso Académico 2015-2016 en el Centro Asociado de la UNED en CantabriaImpartida el 16.10.2015 por D. José Quintanal Díaz

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Excelentísimas autoridades, civiles y académicas. Miembros del Consorcio. Queridos compañeros, tutores y personal de administración y servicios del Centro Asociado. Estimados alumnos, amigos todos.

Quisiera primeramente, agradecer al Centro Asociado de la UNED en Cantabria, en la persona de su director, la confianza que me otorga, al confiarme la lección inaugural de este curso 2015/2016. Ahora, permítanme, como no podía ser de otra manera, que comience, tomándome una doble licencia. Ya ven que, aprovechando el lenguaje del mus, empiezo con un órdago a la grande, tomándome no una sino dos licencias.

La primera es que, respetando el rigor que todo acto académico requiere, prescinda del boato y la magnificencia, tanto en el discurso, como en la expresión. Ésta, que es tierra que caracteriza a sus gentes por la cordialidad y la sencillez, consigue que hoy, aquí, con vosotros, me sienta literalmente, en casa. Por muchas razones. Una, muy importante, es corresponder a lo que he recibido de esta casa, que ha sido mucho. Hace unas décadas, era yo quien ocupaba esos bancos, en calidad de estudiante de esta Universidad, Y como fui uno de los muchos que nos hemos beneficiado de su carácter social, un matiz nada baladí también para el tema que voy a abordar, siempre mantuve un cierto vínculo emocional con la UNED. Como os digo, es motivo más que suficiente para que hoy me sienta entre vosotros, cómodo. Además, mi origen, igualmente sencillo, entre las montañas del Valle de Buelna, forjó en mí, ese carácter recio que sobre todo mis alumnos conocen bastante bien, pero de igual modo, imprimió un sentimiento, profundo, de arraigo a la tierruca. Vosotros sois testigos de que ésta es una cuestión fundamental en mi vida; lo mismo que en mi espíritu académico, pues me considero por encima de todo, comprometido con la cultura y con el desarrollo social de nuestra querida Cantabria. Me duelen sus cicatrices, lo mismo que brota en mi corazón el sentimiento de arraigo con todo lo que aquí sucede. De ahí que me haya concedido también la licencia de conferir un carácter más bien socioeducativo a esta lección inaugural que jjhe dado en titular: “Importancia del ser social que todos llevamos dentro”

Para hacer un planteamiento coherente de la problemática socioeducativa que vivimos actualmente, he de apoyarme necesariamente, en las fuentes documentales y en los datos de nuestra realidad contextual. Comenzaré por tomar referencia en la esencia de nuestra cultura occidental, que alberga la propia historia de la filosofía; un estudio elemental, de pronto destaca un hecho muy evidente: la persistencia histórica de la cuestión, pues desde la socrática mayéutica hasta la filosofía práctica de Habermas, siempre se ha constatado la necesidad que tiene el ser humano de ir por la vida en compañía. Sí, han oído ustedes bien, he dicho que no se puede estar sólo. Al igual que la base de la ciencia humana es que somos fundamentalmente agua, en nuestro lado humano, podríamos afirmar que somos seres sociales y, como tal, socializadores y socializados. Schopenhauer nos hablaba de miedo a la soledad, Baudelaire interpretaba su vida como el disfrute de los demás, Hobbes insistía en lo pesada que resulta la carga de la sociabilidad, Kant pensaba que la acción social es el medio a través del cual se realiza el fin último y perfecto de hombre… De un modo u otro, los grandes pensadores, han tenido clara esta idea de que nuestra vertiente más social, es la más importante para que el ser humano logre alcanzar un desarrollo pleno. Antes que todos ellos, lo había dicho bien claro y sin tantas florituras, Aristóteles, sentenciando que «el hombre es un ser social por naturaleza».

Pero con la misma claridad, hemos de reconocer que social, uno nace y… se hace. La convivencia se forja en la relación, en el día a día y se aprende a convivir de un modo inteligente. Es más, somos capaces hasta de disfrutar en la relación con los otros. Esto también nos diferencia de los animales, que conforman sus grupos de convivencia basados en criterios puramente objetivos, de jerarquía. Las personas, no. Cada uno somos capaces de construir nuestra propia estructura convivencial: yo elijo dónde, cómo y con quién vivo, y convivo, conformando en el grupo mi propio estilo de vida y de relación. Natorp, fue el primero en conferir un sentido social pedagógico al carácter social del ser humano. Este filósofo alemán, neokantiano, en los albores del siglo XX, apoyado en el pensamiento, tanto de Platón como de Pestalozzi, fue capaz de percibir el carácter social de la pedagogía, al interpretar el llamado «sociologismo pedagógico», según el cual, no se entiende el desarrollo humano al margen de la educación; y, de igual modo, nos demostró que ésta pierde todo su sentido cuando se desprende de su carácter social. Nos viene a decir que el hombre, el ser humano, en esencia, se perfecciona, en cuanto que forma parte y participa, socialmente de su entorno. Y yo he de darle la razón, porque mi vida, como estoy seguro que a todos ustedes también les sucede, no tiene ningún sentido, si no es por las experiencias que tengo cada día, con mi familia, con mis amigos, mis estudiantes y…   por supuesto, en mi UNED. Todos ellos son los que la llenan de contenido y dan sentido a cuanto hago, pienso, escribo y, hasta digo. Con todos, estoy convencido que sucede lo mismo, ya que cada uno con sus propios parámetros de referencia, es responsable de cuanto influye en su contexto de vida. No lo olviden, sobre todo lo que decía Aristóteles, que por naturaleza somos seres sociales y, necesitamos serlo. Quedémonos, de momento, con esta primera premisa de referencia, porque luego volveré sobre ella: somos seres sociales, responsables cada uno de nuestro propio contexto de vida.

Vayamos ahora con ese contexto en el que vivimos. ¿Saben ustedes cómo es? Desde luego que planteo una cuestión tan abierta, que la respuesta parece obvia. Así que lo matizaré un poco más. ¿Creen que la vida en nuestro contexto, esta vida que cada día construimos, presenta ese carácter eminentemente social, favorece la convivencia y la relación armónica entre todos nosotros? Alguno de mis estudiantes diría: defínenos «social», y define «convivencia», para que podamos responder a tu pregunta. Y no le faltará razón, al exigirme esa concreción, pues en esta cuestión es importante; lo haré y para ello no necesito más que acudir al diccionario. Particularmente me parecen conceptos bien claros, asumidos por todos, pero aún así, definámoslos, y hagámoslo sometidos a la norma académica: “convivir” se refiere a disfrutar la vida en compañía de otros, por lo que la convivencia resulta de hacer efectivo ese deleite que produce disfrutar de todos; eso es, de todos, de todos los que participan o les hacemos participar, de nuestra existencia. Por su parte, el término “social” no hace más que reforzar la idea de compañía, de compartir esa vida, contribuyendo al bienestar que todos, sin excepción, merecemos.

Permítanme que me enfunde de mi coherencia moral, para dudar que hoy día, se haga una interpretación honrada de estos términos. Es más, a lo largo de la historia tampoco la ha habido, pues se ha traicionado sistemáticamente en el ser humano su esencia social, en favor de una diferenciación cada vez más individualizadora. No resulta nada difícil demostrarlo; con leer la prensa cada día tenemos suficiente. ¿Creen ustedes que nos mostramos realmente solidarios? Bien fácil se lo pongo, cuando estos días todas las agencias de noticias nos invaden con majestuosas cifras que hacen ver la capacidad de acogimiento que cada lugar tiene, ante el drama y el dolor que viven algunos pueblos, errantes por el mundo mundial. Repito la pregunta: ¿se consideran ustedes, personas realmente solidarias? Hoy, aquí, en esta ciudad, en esta región, en nuestro país, en el viejo continente que habitamos, ¿se comparten y se viven en grupo los problemas de nuestros vecinos o amigos? Sigo dudándolo y mi cuestionamiento entronca directamente en el sentido humanista al que apelaba desde el inicio de su pontificado el propio Bergoglio, reclamándonos dar un sentido más solidario a nuestra convivencia: mirar al que vive a nuestro lado, estando atentos a lo que necesita. Comparto con él la convicción de que el Estado tiene la obligación de atenderlo. Y no olvidemos que el estado somos todos, todos nosotros, todos y cada uno de nosotros. No pensaba recurrir a los números en los que se cifra nuestra solidaridad, porque me parecen un escándalo, pero no me resisto: déjenme que les muestre uno, sólo un dato, uno, porque estoy seguro que les va a sorprender, como a mí. Cualquier buscador en internet nos permite conocer la dedicación que en sus presupuestos le otorgan a esta cuestión las distintas administraciones, nacionales, regionales o locales. ¿Saben qué parte de nuestros dineros se dedica a atender esas necesidades sociales? La ingeniería presupuestaria hace que los expertos manipulen las cifras con eficacia, ofreciéndonos resultados muy variables; tanto que esa dedicación llega a fluctuar entre el 0,5 y el 8%. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera de las dos cifras, me sonroja, porque tanto una como la otra, resultan ridículas. Sí, sobre todo si pretenden conferir identidad a frases tan grandilocuentes como las que utilizan algunos profesionales de la administración, explicándonos que ésta es su principal preocupación. ¿Ven por qué lo dudaba? En realidad, las cifras son un fiel reflejo de lo que nos rodea, así que no voy a insistir más en una situación que con este dato, queda debidamente dibujada y quizás avergüence alguna conciencia. Cuando el análisis de la realidad cotidiana presenta este cariz, uno piensa que estamos de algún modo traicionando la esencia de nuestro ser. De ahí que no sorprendan en absoluto estas situaciones de insensibilidad a las que parece que nos estamos acostumbrando. Pero de ellas dimana nuestra segunda premisa. ¿Recuerdan que la primera decía que “somos seres sociales, responsables de cuanto nos rodea”? Podemos ahora continuar diciendo que, esa responsabilidad parece pesarnos, ya que ante la cara más dura que nos presenta la convivencia, se mira a otro lado, consintiendo y potenciando una profunda brecha social.

No nos engañemos, que lo social,… ¿cómo se dice hoy?… no vende. Eso es, no vende. Al contrario compromete, pica y delata. Y lo social, lo tenemos aquí, al lado. Se refiere a lo más inmediato, a la carencia que muchos de nuestros congéneres, tienen de lo fundamental, o incluso imprescindible. Y tiene cara. La de algunas de esas personas que nos cruzamos en la calle, junto al portal o en el semáforo. Aunque estén ahí y pasen desapercibidos…. Son ellos. Tampoco resultará buena terapia el que nos justifiquemos. No es solución, no soluciona los problemas y tampoco consigue que se tranquilicen las conciencias. Porque están ahí y, como digo, tienen cara, de hombre o de mujer, de niño o anciano, de jóvenes y en algunos casos, seres queridos. Lo social, se viste con frecuencia con el traje de la necesidad, del hambre, el paro, la droga, el abandono, la pobreza, la miseria, el sectarismo, la violencia, el odio, el terrorismo, la xenofobia, el dolor, enfermedades, corruptelas, delincuencia, alcoholismo, hurtos, conflictos, racismo,… realidades que irrumpen desesperadamente, con riesgo, en nuestra vida. Realidades problemáticas, con las que sin querer, topamos a la hora de comer, durante el ocio, el paseo o en la cotidianidad de cualquier conversación. Se presentan de súbito y atentando la moralidad de todos nosotros. Porque los conocemos muy bien, porque están ahí, al lado, aunque no siempre sea cierto que las veamos o las queramos ver. Quiero decir, que llegamos a resultar completamente insensibles (o si no completamente, al menos un poco o bastante). Lo que sí es cierto, que las consecuencias son siempre graves, mucho: personas inadaptadas, aisladas o deslocalizadas (que es una forma moderna de referirse a quienes están obligados a sobrevivir, con el eje de sus vidas, desplazado), familias completamente desestructuradas, grupos marginados, guetos, lugares donde la vida se ha tornado tan difícil, que se devalúa constantemente, porque impera el dolor, el odio, el mal, porque se vive sin dignidad ni sentido, porque el único valor es el ahora y el aquí. Son realidades que, en quien las está sufriendo, generan miedo, estrés, pena, complejos, sumisión o rencor, y les provoca una herida que se hinca en el alma y raramente se cura. Pero, ¿y a nosotros? Estaría bien que al menos nos «moviera» (el corazón, quiero decir), que nos impeliera un poquito, porque no siempre es así.

No obstante, podemos estar tranquilos. Para ocuparse de este tema, la sociedad moderna ha profesionalizado la cuestión, inventando a los especialistas. Menos mal, pues la historia está plagada de ejemplos de abandono, oscurantismo, marginación, tabú, ostracismo o incluso ejecución, porque alguna vez los marginados también llegaron a sufrir esta forma de resolver su problema. Hoy, al menos, lo hemos oficializado, lo cual hemos de reconocer que no está mal, porque supone que al menos, estarán atendidos. Debidamente atendidos.

Eso sí, se lo aseguro: cuando alguno de estos problemas, se pone en manos de profesionales, se les atiende muy, pero que muy bien. A nivel institucional, se ha creado una gran variedad de organismos e instituciones, oficiales y no oficiales, nacionales y supranacionales, confesionales o laicas, todas altruistas, neutrales, serias, rigurosas. Son las llamadas ONG’s, (Organizaciones No Gubernamentales), Fundaciones, Institutos y Movimientos de toda orden y condición, que se ocupan del tema (¿o mejor, debiera decir del problema?); la cuestión es que lo hacen con eficacia, seriedad y rigor, lo que se traduce en “profesionalidad”. Y de igual modo, fruto precisamente de la necesidad, han surgido en todas ellas profesionales bien formados y debidamente especializados. Que son los que hoy se ocupan de atender estas cuestiones con la inmediatez que requieren. Hay de todo: Administradores que velan para conseguir que las instalaciones y los servicios resulten apropiados; trabajadores y educadores sociales que, ante la marginación se entregan atendiendo necesidades tanto personales como sociales, voluntarios que cubren con presteza las carencias que algunos de estos colectivos sufren: y también, un gran número de profesionales que, cada uno desde su área o especialidad, aporta la mezcla de conocimiento y acción que precisa la particularidad de cada caso. Todos suman, arrimando cada uno lo mejor que tiene, siempre con dedicación, entusiasmo y diligencia, sonriendo, dedicando su tiempo y, algunas veces incluso el de los suyos, sólo porque se les necesita, convencidos de estar siguiendo de la mano de los marginados, la senda de su vocación y de su convicción. Porque lo social, los problemas que presenta la brecha social, tienen una única solución, que se llama “solidaridad”. Y éstos profesionales que acabamos de significar, lo saben muy bien: son los únicos que encaran la problemática de frente, con convicción, sin miedo, seguros de lo eficaz que puede llegar a ser su intervención, directos por el único camino que lleva a «alguna parte». Sí, así es, lleva a la socialización, a disfrutar de los demás. Ahora toca lo más difícil que es convencernos a nosotros, convencernos a los demás.

Hagamos aquí un breve receso para dar corpus de identidad a esta nueva premisa que se incorpora a nuestra argumentación. Si las dos premisas precedentes indicaban que “nuestra naturaleza social nos hace a todos responsables de la brecha social”, ahora podemos afirmar con seguridad que la sociedad actual, ha profesionalizado la atención de esas necesidades de carácter social que se derivan de nuestra convivencia cotidiana. Y aunque todavía prolongue un poco el discurso, para completar la idea de pensamiento que quiero aportar, no quiero avanzar sin señalar que esto es lo más importante de cuanto yo les vaya a decir: “el lado social de nuestra vida, está en manos de los especialistas, profesionales de lo suyo”.

En el término “profesionales”, quiero eludir todo rasgo de individualidad, porque estoy convencido que la acción social requiere ser abordada en grupo. Es la única manera de conferir sentido holístico a la atención de las necesidades y hacer que la intervención resulte eficaz. Se trata de ser buenos profesionales, capaces de trabajar en equipo. Luego, del fondo de cada uno, cuando se implique de verdad, será preciso que emane lo mejor que lleve dentro. Y no todo será buena voluntad, porque “de buenas intenciones están los infiernos llenos”. Es importante que cada profesional tenga una sólida formación, lo más rica y completa y con el mayor acopio posible de experiencia. No extrañe pues, que las universidades estén ofreciendo propuestas con las que consolidar el bagaje inicial de estos profesionales. En la UNED, convencidos de esa necesidad, las Facultades de Derecho y Educación han sabido conferir un sentido integrador a una propuesta formativa novedosa, que permitirá a sus estudiantes cursar un Grado Combinado de Trabajo Social y Educación Social, precisamente para enriquecer la formación básica de ambas figuras profesionales, en torno a las cuales pivota la atención socioeducativa de la que venimos hablando. De este modo, estamos seguros que los profesionales que se formen, saldrán mucho mejor capacitados para dar ese enfoque global que requiere hoy en día la problemática social. Y esto es verdadera profesionalidad: saber, para saber hacer, solidez en la formación básica y experiencia en la vivencia personal de aquello que más les gusta a nuestros estudiantes: participar en la construcción de un mundo más humano, más social, aportar para que el llamado estado del bienestar, deje de ser una quimera y lo disfrutemos de verdad. Pero todos.

Sólo nos falta una última premisa para satisfacer con plenitud la esencia social de nuestro ser: el reconocimiento que la dedicación a lo social, debe tener de la sociedad en general. Un reconocimiento sincero, natural; al igual que sucede con otras profesiones, como pueda ser el caso de la sanidad o la educación, que a todos nos da tranquilidad saber que estamos en “buenas manos” atendidos por sus profesionales. En el plano social, para alcanzar el mismo nivel de convicción, se necesita una sensibilización generalizada de la función que desempeñan: son una pieza clave en el entramado social, cuya desestabilización podría resultar bastante problemática. Su importancia radica en su necesidad. Una necesidad que no nos inventamos, porque es una realidad. Los profesionales de la intervención socioeducativa ya están ahí, interviniendo, trabajando, educando, atendiendo la problemática social que es mucha y muy diversa. Pero les falta que nosotros les demos visibilidad. Esta es una cuestión de justicia. Se necesita valorar que su trabajo supone dedicación, dedicación por parte de los profesionales, pero también dedicación presupuestaria y dedicación personal, de cada uno de nosotros, acompañándolos, dignificando su trabajo como se merecen y reconociendo debidamente la tarea que a nosotros nos evitan. Que no es poca. Por eso termino apelando a vuestras conciencias, apelo al valor humano de nuestra vida. Porque en cierto modo, también cada uno de nosotros, hemos de sentirnos corresponsables de ella. Pues queramos o no, tarde o temprano, a todos nos va a tocar. Seguro. De momento, estemos tranquilos, que ellos ahí siguen, consecuentes con su vocación, trabajando para hacernos la vida un poco más solidaria y tranquila a la vez. Con esta convicción, el mañana, a mí, se me antoja aún más sereno, más gozoso; por eso concluyo asegurando que la entrega profesional, de cuantos desarrollan una labor social en nuestro entorno, conseguirá aflorar en todos nosotros, ese lado más humano y más solidario que llevamos dentro. Todos lo tenemos, no olvidemos que todos en esencia, somos eminentemente, seres sociales.

Muchas gracias.

Ellos vuelven por Navidad

Todos los años, los míos vuelven por Navidad. Ahora es mi hija, pero antaño fueron mis tíos o primos. Siempre venían por estas fechas, que es cuando nos juntábamos toda la familia. Es algo ritual, entrañable, que no deja de tener su encanto, poder juntarnos en esas fechas. En todas las casas alguno está fuera: un hijo, unos padres, los abuelos,… el que más o el que menos, todos tenemos alguien. Si no, los amigos. A veces, nosotros mismos volvemos por Navidad, como el turrón. Y quizás sea de lo bueno que tengan estas fiestas: su capacidad de convocatoria, juntarnos a todos y facilitar encuentros que de otro modo llegarían a resultar imposibles.

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Está muy bien, pero no siempre es necesario. Recientemente, tuvimos ocasión de ver cómo una ministra calificaba de “enriquecimiento cultural” la ingente cantidad de jóvenes que hemos ido exportando, poco a poco. Casi sin darnos cuenta. Ella tampoco. Lo cierto es que se nos ha ido, casi casi una generación. Echen ustedes la cuenta. Los contamos por miles y en el reparto a cada casa nos toca alguno. A alguno, siempre se le echa en falta.

No es bueno, no. No hagamos como esos políticos que están empeñados en maquillar una realidad que ni les gusta y saben que a nosotros tampoco. Ellos, los jóvenes, en algunos casos están hasta contentos de su éxodo. Pero desde luego, nosotros que sufrimos y guardamos su ausencia, no. Ni mucho menos. Porque hemos invertido mucho, mucho en su formación. Y no hablo de dinero, que también. La inversión la hemos hecho en ilusión, entrega, compañía, cariño, ilusión,… toda mi paternidad ha estado hipotecada por el logro de una titulación universitaria que,… no sé siquiera si va a resultar real. Porque veo que a muchos de mis vecinos, esas mismas ilusiones, las de sus hijos, acabaron devengadas tras un mostrador expendiendo sandwiches y bebidas azucaradas. Yo, desde luego, no quiero pasar por el mismo trance. Me molestaría enormemente. Sólo el cariño de padre es capaz de soportarlo, pero me enerva tremendamente, ver cómo a algunos de esos insensibles bien-posicionados, les trae al pairo este problema. Eso sí que no. Por ahí no paso.

Resulta penoso ver estos días, cómo las estaciones y los aeropuertos se copan de personas que ansiosos e impacientes, esperan la llegada de alguno de estos jóvenes, miembros de su familia. Seres queridos, cercanos. La inquietud de la llegada, se refleja en sus miradas. Más tarde, cuando se anuncia ésta y la muchachada empieza a desfilar por la puerta, resultan un sinfín de caritas, expectantes por ver si estaba esperándoles quien ellos deseaban. Generalmente, así suele ser. lo mismo que a este otro lado, donde lo único que queda es también esperar. Esperar a que vuelvan. Esperar a que estos días sean entrañables de verdad. Esperar temerosos a que llegue el día del regreso, para volver a empezar con la misma retahíla: esperar a que se integren, esperar a que encuentren trabajo, esperar a que la vida les depare un sinfín de sorpresas, alguna gratificante de verdad, esperar a que aprendan un idioma cuyo dominio también tiene que esperar, esperar, esperar, esperar,…

Captura de pantalla 2014-12-28 a las 9.02.19A nosotros, nos toca de nuevo, desfilar por el andén, poner cara de circunstancia y volver a esperar que la navidad nos regale la gracia de pasar estos días con ellos. Así que por favor, señora ministra, señores adláteres, políticos y voceros al uso, aunque sólo sea por respeto a nuestra soledad, no disfracen los hechos, porque la realidad es ésa. Si resultan incapaces de ofrecer otra realidad, al menos no sean insensibles. Porque, si nuestros hijos disfrutan su estancia en el extranjero es más mérito de ellos, que no suyo; pues ustedes no supieron actuar con la debida visión y evitar unas circunstancias socioeconómicas que les ha abocado en una masiva emigración. Si ustedes tuvieran razón, España estaría plagada de jóvenes ingleses, alemanes, nórdicos, americanos, australianos o japoneses, hinchándose a visitar museos, emborrachándose de flamenco y arte, cautivándose con su correspondiente inmersión cultural. Eso, por mucho que les pese, no es así. Ni de lejos. La juventud es básicamente estudio o trabajo. Pero en desigual reparto. Mientras los nuestros se aferran al primero para posponer el segundo, los de más lejos disfrutando del primero, dejan para los nuestros el gozoso papel de ser mano de obra sobradamente formada y barata. Así que luego sucede lo que sucede, que la muchachada, allende los Pirineos, para sus estudios, no elige nuestras universidades; por mucho que ustedes las “tinten” de excelencia; ellos todavía prefieren las suyas, Y con el trabajo sucede tres cuartos de lo mismo, pues las empresas en las que trabajan o quieren trabajar, por resultar punteras en tecnología o innovación, tristemente hay que reconocer que no se ubican en nuestras capitales de provincia, sino en las propias de sus estados originarios. Allá es donde les mandamos los más preciados valores que hemos engendrado, con la no siempre reconocida esperanza de que los sepan valorar.

Pero eso sí, aún nos queda la Navidad. Y su compañía, porque les tendremos aquí con nosotros. Podremos hacerlos un poco más nuestros. Y ellos se dejarán hacer. Sabemos que en Navidad, si se vuelve a casa, es porque en ella es donde se encuentra el verdadero calor, calor de hogar. Ese, que allá por enero, cuando repueblen los andenes, llevarán impregnado en sus maletas y henchirá sus mochilas. El calor, el cariño, de los suyos. ¿Sabes por qué? Porque venían a por él. Así van, orgullosos y gozosos de sentirse por encima de todo, nuestros. Feliz navidad a todos.

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ElMundoArtículo publicado por EL MUNDO. Edición Cantabria. Tribuna de Cultura (pág. 10) el día 30.12.2014 (descargar en pdf)

En septiembre, de vuelta al cole otra vez….

Un año tras otro, siempre lo mismo,… sensaciones, caprichos, inquietudes, revuelos familiares, compras, cambios,… forrar libros, preparar carteras, actualizar el uniforme, completar los estuches, acomodar los hábitos, volver a las viejas y buenas costumbres,… todo un rollo,… Bien venido y bien recibido, porque en cierto modo septiembre, lo que si consigue es normalizarnos; es decir, en esta época, coincidiendo con la vuelta al cole, hacemos que nuestra vida se formalice. Y si eso es así, se debe a que desde finales de junio, ya no ha sido normal nada. Los días laborables parecían domingos, los domingos, también; los días festivos, los descubríamos a media mañana, en la calle solitaria, precisamente al ir a comprar el pan o la prensa (porque afortunadamente, en verano, se vuelven a leer los periódicos); las comidas tenían horarios extraños, las siestas y las noches también; las tareas y todas las rutinas, estaban alocadas, parecían justificar toda distracción y no pasaba nada por desayunar con el almuerzo, comer en la merienda, cenar a deshora y, si se terciaba, no cumplir siquiera las obligaciones (salvo las estrictamente necesarias). Por eso acabamos siendo tan condescendientes, incluso con los pequeños de la casa. En verano, no hay problema, porque la transgresión es sinónimo de vacaciones: podemos hacer las cosas de cualquier manera, que nunca pasa nada.

Pero, en septiembre,… ¡ay, septiembre…!, es un mes en el que todo cambia. Porque en los hogares, sí, en todos, como les decía, la vida, no sin esfuerzo, se encarrila. Vuelve a lo que nunca debió dejar de ser. Y eso nos altera por completo (¡vaya paradoja!). Lo bien que nos sentimos, aunque en principio pareciera que llegábamos con el rumbo perdido. Lo que ha sido, ya no puede ser y, lo que tiene que ser, aún no lo tenemos asumido. La vuelta al cole institucionaliza precisamente ese cambio de rumbo, que durante unos días, nos pilla (a todos) con el pie cambiado. Circunstancia que algunas entidades comerciales, aprovechan para ofrecer el mejor de los servicios con el que resolvernos todos los problemas: desde el tema del uniforme, a la más completa dotación del equipaje escolar. Sus anuncios nos emboban con una tentación tan dulce que, una vez la vorágine haya pasado, descubriremos el acopio de productos innecesarios, de más o incluso de menos, que hemos sido capaces de atesorar. Es más, al pasar revista, es cuando nos daremos cuenta de todo lo que precisamente, olvidamos comprar y ahora, que ya es tarde, echaremos en falta… lo imprescindible, para la escuela. Y para la vida, pues cada curso, lo personal también necesita su intendencia.

La cuestión es que estamos ante un mes, voraginoso en exceso. Y, aunque sólo sea por higiene mental, no nos conviene que lo sea. La vuelta al cole debiera tener otro planteamiento. Debiera tenerlo. Al menos no es necesario que resulte traumática, ni problemática. Ha de suponer un acopio de ilusión para los escolares y, para nosotros, orden en el hogar, serenidad en la vida familiar y cordura en la sociedad. Sí, también un poco de cordura, porque la pasión pseudocomercial, acaba convertida en un problema de nervios para todos en la familia. ¡Qué ganas tengo ya, que empiece el colegio!… En su fuero interno, ¿quién no lo ha pensado alguna vez? Unos, intuitivamente, otros a gritos, todos, lo sentimos y hasta lo decimos, sin darnos cuenta que con esa expresión, se va mermando el cúmulo de energía positiva recopilada durante el verano y, lo dejamos en la reserva para el resto del año.

O, más bien, inevitablemente, de ese modo habrá de ser. Ya que tras el relajo estival, la experiencia indica que cada año se repite la misma vuelta a la rutina, un regreso por inmersión, paulatino, perezosamente y espontáneamente, alcanzado. Sabemos que es cuestión de tiempo y, en cierto modo, nos lo tomaremos, para ir poco a poco consiguiendo esa anhelada tranquilidad. Y con ella, nuestro sentido crítico se irá activando, el ritmo de la vida cotidiana se acelerará de manera incontrolada, el lenguaje parecerá dispararse y, cuando menos lo esperemos, la normalidad ya campeará a sus anchas por nuestra vida, reduciendo las recientemente pasadas vacaciones, a un lejano y casi inalcanzable espejismo. Con servil sometimiento, aceptaremos ese largo peregrinar del invierno, que al frente, ocupa toda nuestra visión, la pantalla por completo y, que nos acompañará hasta que podamos repetir el ciclo una vez más,… el año próximo.

De momento, tenemos por delante un mes muy, muy intenso. Todos. Los niños por la ilusión que se vislumbra, tras cada página que hojean. Los adultos, remembrando esas tiernas sonrisas, que evoca el recuerdo de las que otrora también se saborearon y, nuestros mayores, proyectando la satisfacción de la vida felizmente entregada. Así que para todos tiene y, resulta un mes de cierta anhelo contenido. El comienzo de un nuevo curso, en cierto modo, parece un cumpleaños global pues seguramente, así lo sentimos, en estas fechas, cada año. Por proximidad, o por lejanía, todos, en septiembre, es cuando pasamos la hoja del calendario y cumplimos.

Por eso, es tan importante la referencia del cole. Y así me gustaría que, amables lectores, lo vierais. Con inquieta satisfacción, pues al igual que cada septiembre el calendario lanza una nueva página al viento, en la familia, los zapatos y el uniforme mudan la talla, los libros engordan un poquito y, la compra del material escolar, nos confirma la autonomía que han ido consiguiendo los que identificábamos como «los pequeños de la casa». Cada septiembre descubrimos con sorpresa que han crecido y, en algunos casos, que ¡son enormes!,… Es la vida, el continuo deambular que protagonizamos juntos, una secuencia que crece a nuestro propio ritmo. O quizás sea que nos sentimos más y más mayores. De cualquier modo, me quedo con la añoranza de lo que hemos ido descubriendo, cada septiembre escondido en todas y cada una de las primaveras celebradas, por la ilusión descorchada con todas las vueltas al cole que hemos tenido el gusto de presenciar. Hoy, mejor que nunca, podemos decir alto y claro, que merece la pena haberlas vivido.

¿Realmente vivimos la era internet?

Recientemente, por el hecho de estar impartiendo un curso formativo en esta tierra que tanto significa para mí, tuve ocasión de testear un problema que me ha parecido bastante grave, aunque seguro que habrá lectores que no le concederán mayor importancia. Intentaré explicarme.

wifiUno de los recursos que resulta imprescindible, para la comunicación cotidiana, es internet. Hoy no se concibe nuestra vida al margen de la red de redes, de modo que todos, estamos conectados a ella, de forma continua. ¿Alguien se imagina vivir sin comunicación a través del móvil? Prácticamente imposible. Al menos, los que perviven, son una exigua minoría. Y del mismo modo, allá donde nos encontremos, sobre todo trabajando, necesitamos estar conectados también a internet… No he dicho hasta aquí, nada nuevo. Es una realidad.

Pues bien, ¿cuál es, pues, el problema? ¿No tener conexión? Eso, de momento, no genera conflicto. Salvo, como era mi caso, que me encontraba en un Centro educativo (un instituto que considero «al día») y al solicitar un enlace wifi (guayfay dicen los más puestos en el tema), me indican que no lo hay. He de confesar que en cierto modo, estoy muy acostumbrado a que me den esa respuesta, aunque me moleste, pues son frecuentes los espacios sin cobertura, trenes, autobuses, centros públicos de cultura (nuestra capital es la excepción), centros de ocio, centros comerciales, (la lista necesitaría varias páginas de este periódico)… Incluso, muchos de ellos, pese a anunciarlo, a la hora de la verdad, te quedas colgado. Como aquí; aunque esta vez, no. No me da igual, ni mucho menos. Estoy en un Centro Educativo, vivimos en el siglo veintiuno, en el primer mundo, en un país que alardea de contar con varios millones de smartphones, tablets, ipads, conexiones inalámbricas, redes,… (salimos a uno y pico por barba, de media). Un lugar así, no me entra en la cabeza que pueda estar sin cobertura en la red. Por la importancia y por la necesidad que, como el honor en el ejército, se le supone, en este lugar, la conexión es… básica, imprescindible. Una instalación, que el ministerio, lo mismo que la consejería, tachan de moderna y alardean de tener perfectamente actualizada, resulta que no tiene algo tan elemental como es una conexión a la red. Que la tengo yo, integrada en mi móvil. No me lo puedo creer. Bueno, matizo, en realidad, sí la tienen, pero cerrada. Para entendernos, como el canal plus. Acceden a ella, unos pocos y en circunstancias controladas.

Perdonarme, pero sigo sin comprenderlo. Internet, hoy nos acompaña cotidianamente, para todo. Como una verdadera lapa va pegado a nosotros. Las comunicaciones, informaciones, relaciones, formaciones, documentaciones, creaciones y todas las -iones que se nos ocurran, nos las pasan indefectiblemente por el router. Salvo el paseo que se dan nuestras conversaciones por las antenas de telefonía, hoy día, toda la comunicación la captamos, o la emitimos, codificada. Por eso precisamente, me parecía imposible no contar con acceso libre a la red en un centro educativo. «Serán todos los alumnos los usuarios», como se hace en ciertos contextos, me decía yo. Pues no. Lo tendrán como si de «un recurso habitual de enseñanza, o aprendizaje, se tratase». Pues tampoco. No se limitarán a educar a los alumnos, y conseguirán con su premeditación que se haga un buen uso, de la red, potenciando el inmenso poder formativo que se le atribuye. Menos aún. No lo sé, no me encaja.

Me han vendido un siglo veintiuno caracterizado como «de las comunicaciones», también desde la perspectiva pedagógica. Son tantas las posibilidades, con la imagen, el sonido, el acceso a las fuentes de datos, la vinculación vicaria, la interacción que trasciende el espacio y el tiempo, los medios que potencian la creatividad, con una realidad que ya no es real, sino virtual, o incluso aumentada… son tantas y tantas las posibilidades,… y. todas tan educativas,… que duele ver cómo se cercenan con hechos anodinos, absurdos y poco rentables como son privatizar el acceso a los pocos dígitos que conforman la clave o estrechar incoherentemente el ancho de su banda (me refiero a la conexión, lógicamente),… Lo siento, pero no entiendo estas limitaciones. Mi planteamiento, pedagógico, va en sentido contrario; pienso que abrir las puertas a la comunicación, de par en par (free se dice en la terminología propia), siempre enriquece, favorece el desarrollo y estimula la iniciativa. Soy más de educar, que de limitar, de estimular, que cohibir, de una apertura constante, como fortaleza del sentimiento, riqueza del ser. Vamos, que me gusta aquello de «enseñar a pensar»… Puedo estar equivocado, pero me inquieta suponer esa educación paralela, que discurre al margen de la tecnología. La encuentro retrógrada. Por eso no me gusta, y no la quiero.

Termino apelando con mi reflexión a cuantos ostentáis funciones de responsabilidad en el sistema educativo. Que sois muchos: ¿pensáis que puedo estar equivocado?, ¿encontráis extraño, suponer que hoy la educación puede y debe beneficiarse del potencial tecnológico que nos rodea e, incluso, invade?… Porque si no estoy tan equivocado, vosotros compañeros de vocación que sois capaces de albergar el mejor de los sentimientos por vuestros alumnos, iréis actualizando de modo continuo el conocimiento y el potencial, siempre exiguo, con el que se cuenta a nivel tecnológico, las metodologías con las que se enseña el lenguaje, las matemáticas, la historia o las ciencias, explotaréis al máximo los recursos de internet, el acceso a las wikis, el uso de las redes, los contactos multicanal, la exploración de iniciativas un tanto inverosímiles, serán vuestros recursos cotidianos, las conocidas «pedeís» (pizarra digital interactiva), superarán la primera de sus siglas, para discurrir por los derroteros de la tercera, los libros se podrán navegar y la creatividad, campará a sus anchas por vuestras aulas, lo mismo que por el patio,… Hay tanto que hacer, y hay tanto que se puede hacer,… que todo parece poco, ¿verdad?

Ánimo a todos, a vosotros docentes, pero también directores, coordinadores, profesorado, gerentes, que sois los que hacéis el día a día mejor a nuestros pequeños y jóvenes, porque está en vuestras manos la cultura del futuro y con ella os jugáis mucho, lo vuestro, lo nuestro y lo de todos; a los sindicatos, y movimientos asociativos, que buscáis una educación con mayúsculas en nuestras aulas, a los padres que aspiráis a darles a vuestros hijos lo mejor, y hasta al Consejero de Educación con todo su equipo, que tenéis en vuestras manos la clave. A todos toca arrimar el hombro… Os animo a trabajar, abrir esa conexión que hoy aparece bloqueada, de modo que mañana,… se bloquee, pero de verdad. Entonces conseguiréis que resulte rentable, también en términos educativos. Es fácil, os lo aseguro. Cuestión de prioridades, como se suele decir.

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ElMundoArtículo publicado por EL MUNDO. Edición Cantabria. Tribuna de Cultura (pág. 9) el día 13.08.2014 (descargar en pdf)

Elogio de la lectura

Parece obligado, en una fecha como esta de hoy, hablar de lectura. Para mí se convierte en una necesidad. Necesito hablar de lectura, como tengo ganas de fiesta. Por eso me invade este ataque de ilusión, que provoca todo mi intelecto y hace que la imaginación se me dispare: siento unas ganas enormes de abrir las ventanas, con la esperanza de que los libros de la biblioteca salgan todos volando a darse un paseo por las nubes mientras observan el bullicio que hay hoy en mi barrio o si no, la ciudad a vista de pájaro. Resultaría, cuanto menos curioso ¿verdad? Con la misma lentitud que cae el confeti en los desfiles o el arroz en las bodas, podríamos contemplar, en cámara lenta, la lluvia de letras que todos ellos iban a provocar, inquietos por la emoción del momento. No me digáis que no es una forma curiosa de divertirse. Al fin y al cabo, están de fiesta, es su día.

Pero no va a suceder, no. Podéis estar tranquilos, que no seré yo quien provoque esa debacle. Entre otras razones, porque no me atreveré a abrir las ventanas, no vaya a ser que ocurra lo que os cuento y acabe por llevarme un susto, un gran susto, de irrealidad. De momento, me quedaré tranquilo, aquí en mi ya raído canapé, frente a la chimenea, con la luz de la fogata proyectando tenue la sombra de mi silueta en la pared, mientras paseo la mirada, perdida por los estantes y evoco los recuerdos mecidos en esos ritmos que el jazz siempre me regala. Comprenderéis que en tal estado, no me costará ir echando con gran deleite, la imaginación, los recuerdos, a volar. Y en cuestión de lectura tengo tantos, que brotan a borbotones, … ¡qué digo!, a chorro. No en vano, sin exagerar ni un ápice, os diré que ésta ha resultado mi auténtica razón de ser, el motivo de una existencia que, a base de aromas de papel, ha ido tejiendo con mimo mi afectividad. Sí, es así, como os lo cuento: los mejores y más entrañables momentos de la vida, aparecen en mi memoria, acompañados de algún libro, de una narración, siempre con la manos en… una buena lectura. Ahora bien, con un pequeño matiz, que explica la nobleza de esta evocación. Todos, todos ellos, aparecen hilados con el destello de la ilusión. Leer, siempre me ha gustado y, lo mismo que la escritura, ha sido para mi una necesidad,… vital.libros

Un libro, la prensa del día o cualquier revista, impresa o electrónica, me enganchan por igual. Una narración o un escrito, supone para mí una provocación, porque me permite reflexionar, evadirme; lo encuentro sencillamente enriquecedor. Me deleita. Esa es la palabra que mejor refleja mi sensación. La lectura me de-lei-ta, lo mismo en soledad, compartida, o sometida al juego del diálogo. Y me ayuda, siempre me inspira el debate o acompaña alguna que otra acalorada discusión. De cualquier forma, he de reconocer su aporte, por la recreación o por el conocimiento que me supone. Resulta motivadora del aprendizaje, disculpada en el encuentro, justificada en la ceremonia. Es un gran deleite, ya sea declamada o participada al grupo; ¡qué mas nos da!, si es disfrutada, deseada y querida. Hay ocasiones en las que puede parecerme incitadora al relax, lo mismo que provocadora, estimulante, propensa para la acción. Como iniciativa, sabemos que sirve para regalar, quedar bien y hasta ser prestada, pero una vez conocida, somos capaces de perseguirla, añorarla, venerarla… e incluso, despreciarla o venderla. Se hace la encontradiza o nos la topamos de sopetón en cualquier estante, o en un banco, o en la sala de espera, o en el autobús, o en el quiosco, o en el centro comercial, o en un mural… Llega de manos del viajero que nos acompaña en el autobús, aparece en el noticiario televisivo o, cuando la ocasión lo merece, consigue adueñarse por completo de la programación. ¿Tiene música?, por supuesto, aunque pueda ser capaz de interpretar hasta el silencio, llenar la soledad y también aislar el bullicio (sí, aquel, el mismo que al comienzo de este elogio, había en mi barrio). Y cuando no llego a pillarle su lógica, acabo por aceptarla tal cual es. Me trae la diversión y acompaña la meditación. Interpreta el sentimiento, consiguiendo que me llegue a entender, incluso a mi mismo. Surge con espontaneidad en la casa del amigo o tras la curiosidad del visitante; y desaparece con la candidez del sueño. Por sorpresa puede atacarme agazapada en la cotidianidad para, con alevosía, luego faltarme cuando sabe que más la deseo. Porque va y viene a voluntad; pero he de reconocer que, siempre se queda, se queda conmigo, adherida a mi ser, sin desprendérmela. Son muchos, muchos los momentos y las razones como he tenido en mi vida para leer…, tantos que sería capaz de llenar esta página de motivos, diversos y variados. No obstante, entre todos ellos, me quedo únicamente con tres, que sobresalen sobre los demás, henchidos por la emoción que los alimenta: las lecturas que se me quedaron perdidas en la infancia y que algún día estoy seguro que recuperaré; esas otras, muchas que fueron ansiadas en la juventud, por la necesidad imperiosa de alimento que emanaban todas ellas y, ¡cómo no!, las más entrañables, las compartidas en el regazo del hogar. Efectivamente, por encima de todas, son estas tres, las lecturas que, de manera intensa, reincidente, aparecen con especial sentimiento en mi corazón. Dejarme que os las comente, pues de algún modo, ahora lo necesito.

De las lecturas de la infancia perdura aún en mí el aroma de las sábanas, el calor húmedo del invierno y el destello matutino del sol primaveral. ¡Se me quedaron en sus amaneceres prendidas, tantas ilusiones…! He de reconocer que no fueron demasiadas, sólo las que me iba facilitando el préstamo de vecinos, amigos o conocidos. Entonces (¡qué melancólico se siente uno al expresarse de este modo!), la literatura no circulaba con facilitad, por lo que era codiciado cualquier libro que se pudiera atesorar. Así, lo guardábamos como un auténtico tesoro, si bien, el simple hecho de compartirlo, le confería nobleza a la propiedad. Sin lugar a dudas. En esa época tuve especial debilidad por los clásicos de aventuras, cuyas obras, no sé por qué, entonces las denominaban juveniles. Así, no era extraño acabar mezclando personajes de Julio Verne, Twain o cualquiera de los grandes imagineros de todos conocidos (grandes de verdad, grandes). Por la provocación creativa que suponían sus aventuras, me cautivaron. Os aseguro que las disfruté con total intensidad, todas y cada una. Eso sí, la extemporaneidad del momento y una exacerbada imaginación, eran capaces de hacer que me sintiera el protagonista en todas. Por supuesto que el contexto ayudaba: las mieses cálidas del verano, la frescura que en mi tierra desprende cualquier remanso del río o la brisa que atempera la meseta de la montaña, contribuyeron al goce, testigos casuales de muchas de mis horas de lectura fugitiva, huidiza, intensa. Y de este modo, experimentando lo que eran capaces de provocar en mí, páginas y más páginas con olor a celulosa, se fue fraguando esta sencilla, pero noble, veneración que siento por lo escrito. En realidad, todo me valía. La experiencia me iba demostrando que tras el cartoné de cada portada (sólo muy mayor tuve ocasión de palparlas en cuero), me aguardaba una experiencia satisfactoria. Una tras otra, todas, todas las lecturas me iban gustando. A cada cual más. Y por eso, he de confesar que guardo, entre los algodones del deleite, los sentimientos de tantas vivencias infantiles. De modo que no os extrañe la dependencia pacientemente adquirida con tal práctica, pues aún hoy me sigue invadiendo una imperiosa necesidad de enfrascarme en cualquier aventura, como preámbulo del reparador descanso diario. Todo ello, se ha ido decantando con las dulces recreaciones de la infancia.

Las lecturas de la juventud, tuvieron otro cariz muy distinto; contribuyeron a alimentar sobremanera mi irrefrenable ansia de saber, una necesidad como no he vuelto a tener en la vida, por enriquecer mi intelecto. Dio la casualidad que el único medio del que disponía en aquel momento era la literatura. Así que resultó ser la ventana por la que me asomé al mundo; y debió gustarme lo que vi, pues desde entonces no he dejado de mirar por ella. La calificaría como una época dorada, por muchas razones. La literatura, una más. Es una época en la que desflora el saber, ya que puedes entrar en contacto con los grandes pensadores y también con los pequeños. La historia nos ha deparado tantos y de tan diverso cariz, que sin lugar a duda, algunos de esos nombres ilustres depositaron con fuerza, su impronta en vosotros; en mí también, como es lógico. Y por eso, a todos ellos, y a su conjunto de obras, y a alguna en particular, debo cualquier limitación que pueda encontrar hoy mi pensamiento, lo crítico que en ocasiones resulte mi discurso y lo razonable que me muestre en el diálogo. Pues con ellos aprendí a sufrir, amar y, sobre todo, soñar. En su mano volaron mis sueños, lo mismo que en su regazo pude contener lágrimas, desvanecer miedos y ahuyentar temores. La seguridad, la entereza, la sensibilidad y tantas dudas, todos ellos me enseñaron a ponerle nombres, que es como aprender a vivir. Por eso, digo que dichas lecturas tuvieron tanta importancia y me marcaron tanto.

Por último, están las lecturas que surgieron compartidas en la familia. Quizás las más entrañables y, por supuesto, las auténticamente emotivas. Nada resulta más agradable que la experiencia amorosa en el regazo. Porque lo salpica con motitas de gozo al vivirlo en familia, con tus propios hijos. En realidad, en el hogar, la lectura no es más que una disculpa, que justifica toda oblación. Ese ratito al acostarse, juntos, al abrigo del cuento,… uuuuumm… aún los saboreo, todos y cada uno. ¡Auténtico derroche imaginativo!, verdadero derrame de sensibilidad. Esas, esas, son las lecturas que nunca olvidaré. Como estoy seguro que os sucede a todos vosotros. El binomio lectura-cariño, siempre funciona, multiplica las sensaciones, emulsionándolas vaporosamente, dejándolas adheridas a la piel (se me eriza el vello sólo con rememorarlo). Así que, lógicamente, acaban por resultar tan importantes, vitales, únicas. El tiempo me ha devuelto todos y cada uno de esos minutos dedicados al calor del regazo, allanando el encuentro con aquella pequeña, hoy adulta. Ese paso del tiempo, no hay sido capaz de erosionar la capacidad de diálogo que juntos fuimos decantando en aquellos frugales encuentros literarios. Hoy, ya son gozo, vida.

Termino, que ya está bien. Lo hago con dos palabras, una de agradecimiento y otra de satisfacción. Agradecimiento, a vosotros, por acompañarme pacientemente hasta este último párrafo, y permitirme evocar la esencia de mi sentimiento. Pocos ratucos hay tan placenteros como éste. Y satisfacción porque la lectura, mis lecturas, la causa de esta rememoración, una vez más, han sido capaces de provocar lo más auténtico de mi ser. Claro, que no extraña, porque ya habéis visto que ellas mismas, surgieron también auténticas y como tal quedaron incrustadas en lo más íntimo de mi ser. Por eso, hoy, con sinceridad y convicción, no puedo más que, mirando en todas direcciones, proclamar éste, mi elogio de la lectura.

Santander, 23 de abril de 2014. Día Internacional del Libro (Unesco)

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ElMundoArtículo publicado por EL MUNDO. Edición Cantabria. Tribuna de Cultura (pág. 2) el día 23.04.2014 (descargar en pdf)

Ellos, cada día, hacen más social este mundo

Si una característica tuviéramos que señalar, para identificar la misión (y en ocasiones, también, la pasión) que mueve a las instituciones que en nuestro entorno realizan una labor social, no podríamos hacerlo, pues habría que otorgarles no una sino dos, un verdadero par. Sus mejores (y mayores) cualidades, entre otras muchas, han de ir inevitablemente unidas: la humildad y la convicción de su bondad.
Precisamente, humildad. Cuanto más social, más silenciosa resulta la labor, sincera, necesaria, callada y de profundo compromiso. Moralmente intachable y éticamente comprometida. No es necesario ir muy lejos para encontrar colectivos enteramente comprometidos. Están al alcance de la mano. Son vecinos, tuyos, míos. Y no hablamos de grupos de carácter religioso, ni con la ausencia de lo global, que no es. Los podemos señalar con nombres y apellidos, conocemos sus caras, sus manos, sus miradas. Porque son habituales; no en vano comparten con nosotros, cada mañana, el ascensor, el tren, el autobús o la espera en el paso del semáforo, cogen este mismo periódico, van al médico y hacen cola en el supermercado. Cada día, con su mañana, tarde y noche, con fines de semana, festivos, nocturnidad y constancia, les miramos de frente, captamos la mirada, limpia y seria de estos jóvenes. Y sepan ustedes que joven hay que ser para, con independencia de los años que señale el dni, estar convencido de poder cambiar el mundo, liarse la manta a la cabeza y comprometerse con el prójimo, depositando jirones de ternura, bondad y cariño, en el corazón del que es extraordinario, precisamente por menos favorecido. Desde su convicción altruista, en diferentes pueblos y también en los barrios de la capital, son bastantes los que optan por dirigir su vida, en esa dirección y contribuyen con trabajo, con presencia y entrega siempre voluntariosa, con resolución, a conseguir un mundo un poco mejor. Hacen de lo social, su profesión. Nos sorprenden por su simplicidad: lo único que tienen es ilusión, empeño, juventud, y un corazón tan abierto que van por ahí dejándolo a cachitos, en miradas, a manos tendidas, con sillas de ruedas, bastones, bandejas, camas y hasta sonrisas, las de su mundo próximo, inmediato, conocido, un mundo más real que cualquier otro. Ellos, sólo ellos, son los culpables de que podamos encontrarlo cada día un poco más humano. Y son muchos. Nos sorprendería saber cuántos. Pero, claro, pasan desapercibidos. Su labor también.
Lo social no les gusta ni a los políticos. Será porque los desfavorecidos, necesitados, no aportan. Por no aportar, ni votos, por eso son colectivos que caen rápidamente de sus presupuestos. Los mayores, cada vez son más mayores, los discapacitados, aprenden más y mejor, tanto que se normalizan, estamos viendo cómo las conductas disruptivas se controlan con gran efectividad y sus colectivos llegan a integrarse con naturalidad, la misma con la que conviven en el entorno cotidiano. De modo que nos pasan desapercibidos, pero claro, no basta con altruismo. El que ya están recibiendo de sus cuidadores, de los educadores, mediadores y animadores, de muchos orientadores, voluntarios y profesionales de lo social, capaces de satisfacer todas y cada una de las necesidades que el colectivo requiere: convivencia, cultura, desarrollo, estimulación, fisioterapia, interculturalidad, geriatría, alfabetización, sociabilidad,… Programas y proyectos, que con absoluta efectividad, deben ir añadidos a la cotidianidad de sus necesidades fisiológicas, alimentarias, sanitarias, higiene y atención. Como pueden suponer, los que se dedican a lo social, no se aburren. Son muchos los frentes que tienen abiertos, y que la sociedad no percibe como cubiertos. A no ser que no lo sean, porque entonces, molestan y claro, se evidencian. Imagínense por un momento que alguno de los estos colectivos perdieran esa atención. Visibilizarlos justificaría cualquier partida que administrativamente se les dedicara. Pero, claro, ahora, la mayor, en ocasiones la única, la reciben del altruismo de nuestros jóvenes.
Y esto nos enlaza con la segunda de sus cualidades. Su bondad, la gratuidad con que convierten en normal acciones, actividades, trabajos, que vistos en su particularidad, cualquiera calificaríamos de extraordinarios. No tenemos más que pasar una tarde en una residencia, o cruzarnos con un grupo de jóvenes que sacan de paseo a niños o mayores con alguna discapacidad, para enterarnos del modo en que son atendidos tantos niños, jóvenes y no tan jóvenes que llevan su vida en el filo de la exclusión; cárceles, drogas, violencias de diversos tipos, adicciones, limitaciones o excesos. Sólo a quien le toca, o simplemente conque le roce, también, sabe lo que esto supone. A nosotros, alguna vez, nos tocan el bolsillo, pero a estos jóvenes, que trabajan con ellos, lo que les han tocado, como digo, ha sido el corazón.
Terminemos levantando nuestra voz, reclamando una mayor atención para ellos. Y no sólo la que nos gustaría que les dieran los responsables políticos dotando de contenido las partidas presupuestarias, que sí, es necesario. Necesitan también el reconocimiento de toda la sociedad. Esta cultura del ocio, de la sociabilidad, de lo social, que ahora vivimos, es necesario que responda con responsabilidad de estos colectivos que ya se integran en la cotidianidad de la convivencia. En cada ayuntamiento, en cada asociación, en cada barrio, pueblo, grupo o asociación, todos y cada uno de nosotros, hemos de saber que atender estos colectivos debidamente, también nos beneficia. A ti, a mí, a todos, a cada familia, en uno u otro momento de la vida. Toda inversión será poca, pues ellos corresponderán, tarde o temprano y nos lo van a devolver en forma de atención y cariño. No nos cabe ninguna duda. Por eso, los necesitamos, porque son los únicos que cada día, hacen más social este mundo.

José Quintanal Díaz

Publicado en  EL MUNDO  edición CANTABRIA, el día 6 de Noviembre de 2013 (pdf)

La otra vuelta al cole

     Es tanta la publicidad con la que estos días nos bombardean la vuelta al cole, que acabamos por creernos su importancia. Se le confiere prioridad a la compra de los libros, del uniforme, la mochila, el ordenador o tantas otras cosas que precisamente, estas campañas consiguen el objetivo de «no desviar» nuestra atención del tema. Sí, lo digo bien, pues desvían la atención de lo educativo, para hacernos vivir una vuelta que los propios medios califican de no-traumática. Un año tras otro, hemos ido descubriendo lo problemático que puede resultar este cambio para todos…, para los niños, para sus padres, para los maestros… En algunos casos, parece tan fuerte la tormenta que llega con el mes de septiembre, que la inundación acaba por cubrirnos hasta la altura del bolsillo. Vamos, que queramos o no, hay que suavizar la inmersión escolar, para salir a flote. Menos mal que la moderna ciencia psicológica es capaz de echarnos un capote con el que cubrirnos al menos la cabeza y así, aguantar tal chaparrón…

     Aunque no lo crean, en cierto modo es así. El tema resulta tan importante, que esos «expertos» llegan para ayudarnos a resolver todos estos conflictos internos y así evitan que pueda ser traumático para los ciudadanos de a pie y a las empresas que viven de ello, también. Porque los damnificados somos… ni sé cuántos. Lo mismo empresarios que simples ciudadanos. Para muchos negocios, algunos grandes pero otros, quizá la mayoría, pequeños y hasta pequeñitos, familiares, terminar el mes de septiembre con cierto equilibrio en su balanza de pagos, supone respirar en ese último trimestre del año (y comer, y mandar a sus propios hijos al cole, y vestir y…, en algunos casos, hasta dormir). Para ellos, esta campaña es la clave de su subsistencia, les supone llegar a navidad. Así que no busquen grandes eslóganes que nos animen, porque un motivo así nos basta; septiembre resulta fundamental para muchos. Ahora, volvamos a la cuestión escolar y familiar, que es lo que nos ocupa.

     Sea como fuere, todos sin excepción, pasamos por el aro, yendo a la compra. Resulta interminable la lista: boli, rotus, tijeras, sacapuntas, regla…. hay todo un sinfín de cosas necesarias para ir al cole. Incluso, puede ser peor aún, si son los propios niños los que nos acompañan al centro comercial para realizar el avituallamiento, pues tienen un conocimiento más detallado de lo inservibles que están los materiales del curso anterior… Vamos, que acabaremos hasta etiquetando mecánicamente los libros que se forrarán con la última tecnología en plásticos, que no necesita ya cello transparente para fijar el protector. Y por ende preguntándonos cómo pusimos sobrevivir a los clásicos rollos de papel de forro, a la goma de milán y a la cajita de pinturas de madera. Hoy, se ha dado la vuelta incluso a la historia, en beneficio de una nueva economía escolar que contribuye a la modernización de la estructura familiar. Y eso que no mencionamos el pendrive, la caja de folfers o el hub de siete entradas. Esto último queda para los más avanzados, los mayores, vamos los que llevan un kit oficial que incorpora móvil-cuatro-ge.

     Esta es una vuelta al cole muy diferente. El problema que vemos en la campaña, que puntualmente nos llega todos los años a finales del mes de agosto, no es únicamente de carácter económico. También hay una vertiente social, quizás la que más debiera preocupar, no tanta campaña publicitaria… Podemos desentrañar su contenido valorando el protagonismo que corresponde a cada uno. Serán únicamente cuatro palabras:

     Una. La vuelta al cole, en primer lugar han de protagonizarla los propios alumnos, los niños y jóvenes, que están directamente afectados. El colegio les exige un estilo de vida, cotidiana, muy diferente al que hayan venido disfrutando en vacaciones. Han de disciplinarse los horarios, afinando hasta la puntualidad; organizar las jornadas, en virtud de sus tareas o responsabilidades que sea necesario cumplir; considerar la importancia del descanso, los buenos hábitos y la higiene saludable; y hacer que orden, esfuerzo o compromiso, sean vocablos que se incorporen con naturalidad. Los «mayorcitos» ya deben ser autónomos en su logro; en el caso de los alumnos pequeños, el compromiso del cambio radica en sus padres. Esta sí que es, por encima de las campañas, los materiales o la ropa, «su» campaña, su cambio.

     Dos. Los padres, porque también ellos «vuelven», no pueden inhibirse de su responsabilidad educadora. Ahora menos que nunca, el comienzo del curso resulta clave para sus hijos. Supone un cambio de tal importancia que en ocasiones acarrea desconcierto, indefensión, desorientación,… Es necesario estar ahí, para acompañarlos, orientar, canalizar, y ayudar su «réentrée». Y ya de paso, vendrá muy bien sentar buenos principios y así disciplinar los hábitos cotidianos y poner orden en la estructura familiar. Esto será educar.

     Tres. de un modo genérico, porque trasciende la obligación paterna y a materna, esa responsabilidad educadora corresponde a todos y cada uno de los miembros de la familia. A cada uno le pedimos que asuman su papel, en el contexto que le corresponda. Padres, tíos, abuelos, hermanos,… todos, y cada uno, educamos. Es necesario coincidir en los objetivos, de modo que todos sumemos con cada aportación. Nadie puede inhibirse. Cada palabra, cada gesto, cada permiso o cada mandato, el beso o la regañina, bien hechos, educan. Todos, todos, todos, tú y yo también. Nuestra actitud, en cada momento, educa, cada ejemplo también, el diálogo se construye y la buena educación la conforman muchos pequeños detalles, momentos y actitudes.

      Y cuatro, no podemos dejar fuera de esta responsabilidad a la sociedad en general. La vuelta al Cole, requiere un nuevo respeto social, a los maestros, a la profesión. En este momento como nunca, las cosas deben estar en su lugar, y entre todos hemos de conseguir que los conocimientos sean más importantes que los lápices con los que se escriben, los libros nos lleven a escudriñar su contenido, que los blogs nos sorprendan por su originalidad y que, al fin, las ideas acaben por encima dell nivel social de quienes las sustentan.

     El cole, ese cole al que nuestros niños ahora parece ser que vuelven, alberga nuestro futuro, y por tanto, es ahora cuando podemos hacer que ese mañana resulte multicolor. Hagámoslo, entre todos.

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Artículo publicado en El mundo Edición Cantabria
martes, día 3 de septiembre de 2013. Pág. 2 TRIBUNA / EDUCACIÓN / JOSÉ QUINTANAL.

Tres euros sobre el cielo…*3€SC*

– Son tres euros, me dice, escudándose en la mejor de sus sonrisas.

– Vaya, ya veo, que aquí el agua está por las nubes…

Parecía relajarse tras la primera impresión, provocada por mi inicial cara de asombro.

– («Por lo menos se lo toma a risa», debió pensar, por la broma que incluía el comentario), pero no quedaba muy conforme, o quizás fuera que la conciencia estaba aliándose en la travesura, remordiéndola,… porque de inmediato enlazó un espontáneo…

– Yo no marco el precio… Me explicó, parapetada tras su dentadura nacarada.

– Sí, claro, supongo…

La escena tiene lugar en un avión. Un avión de los modernos, de esos que llaman de «low cost», que traducido no significa otra cosa más que «bajo coste». A las pruebas me remito… Ya, ya,…

Tomo mi botellín, medio litro de refrescante y cristalina agua. De una fuente,… de procedencia desconocida. No importa, ¡a estas alturas, no vamos a andar con remilgos!

Y como corresponde en estos viajes, el recogimiento del asiento invita al pasajero a la introversión, a la reflexión. No puedo (ni quiero) evitarlo: ¿por qué tenía necesidad una señorita tan simpática de justificarse? Está claro que reconoce el abuso al que se presta, impunemente, aunque con cierto remordimiento. Pero lo hace. No le queda más remedio. ¿O sí? Un puesto de trabajo, hoy día ya no tiene precio. Y más éste, que está por las nubes, como mi agua: lo tomas o lo dejas…

Y esto, es lo mismo que nos pasa a todos. Quizás hasta con la misma impunidad, semejante limitación y escasez,… de remordimiento; somos capaces de pasar por alto, constantemente, cotidianamente, numerosas injusticias, acompañando la comida sin perder el apetito, mirando a otro lado y expresando suavemente ese mismo «no es culpa mía». Pero la verdad es que ahí están, no las vemos pero ahí siguen: el bebé que sufre, el inmigrante desvalido, el anciano solitario, el joven adicto, la mujer vejada, la familia desestructurada, los jóvenes emigrados, el parado que mendiga,… Todo lo achacamos a la crisis, de la que nadie tiene la culpa. La violencia, que ninguno provocamos, el rencor del que sorprende su presencia, el robo, en el que no se participa, aunque el hurto no nos esquiva, la degradación y hasta la degeneración,… perdemos valores, pero seguimos el viaje con tranquilidad, pues al fin y al cabo, «ninguno de nosotros tampoco hemos puesto las reglas».

¡Qué pena!, valer para tan poco, servir sólo para esto es pobre, muy pobre, pensaba en el avión, mirando a la señorita de la sonrisa de nácar… Sólo es una más, entre tú y yo, el grupo, todos. La impunidad es tanta, y tan difícil salirse de la norma, que se nos está empobreciendo hasta la sociedad,… Eso sí, continuamos el viaje, bien frescos.

HAGAMOS UN PACTO, PERO CON EDUCACIÓN

Una vez más, hemos de asistir atónitos a un debate, con el correspondiente revuelo; porque eso sí, aquí todos tenemos derecho a opinar, desde el ministro, que para eso lo es, hasta el último ningundi, como puedo ser yo, y más si se trata de un tema por el que todos pasamos alguna vez, unos en su papel de alumnos, otros padres o si no, los abuelos que llevan a los nietos al cole. El caso es que la manipulación, el sectarismo o la opinión, unas veces pública y otras particular, en tertulias lo mismo que en los papeles, hacen que la Educación vuelva a estar en liza. Y como siempre, con una nueva propuesta legislativa; van ya no sé cuántas (aunque si he de ser sincero, sí sé cuántas van y prefiero no saberlo), todas con los mismos argumentos, similares protagonistas y desenlaces nada dispares entre una y otra. La cosa es que seguimos con lo mismo; no se avanza El problema ahí está, nuestros pequeños y jóvenes siguen creciendo, y este país no acaba de canalizar el verdadero problema de la educación, que más adelante les diré cuál es (por supuesto, desde mi humilde opinión).

Como sucede en estos casos, siempre hay quiénes hablan bien de la norma y también están sus detractores. Todos armados de razón y de razones, lo hacen con empeño y ahínco para ganar posiciones en el contexto sociopolítico e incluso con intención (e interés) de movilizar lo que se ha dado en llamar (y yo dudo que lo sea) la opinión pública. Quienes la justifican, desde luego que arguyen razones fundadas que básicamente, apuntan en una triple dirección: en sentido económico,  social e individual. Veámoslas.

Con su planteamiento económico, nos ofrecen una interpretación del problema educativo más que nada integradora; una visión de futuro bien clara pues, con la que está cayendo, todos sabemos que es importante y necesario acomodar la formación de nuestros jóvenes para que puedan responder  más adelante, a la exigencias del contexto socioeconómico (así lo llaman algunos, si bien otros le dicen directamente mercado laboral), que será el único capaz de satisfacer la demanda profesional del futuro (la satisfacción de las necesidades de otra índole, se pospone). Una vez más nos enfrentamos al dilema escuela competitiva/inclusiva, pero versión dospuntocero. Parece ser que hoy, el ser humano, aunque también necesite de la mente y, por supuesto, del corazón, le confiere al asunto del comer cierta prioridad.

En segundo lugar, la educación, aún más que nunca, justifica la imperiosa necesidad de un cambio, que depare una transformación social mayor, una nueva cultura, la llamada cultura del esfuerzo. Y no sólo para los jóvenes, sino en general, para todos. Lo que ocurre que como ellos son los que tienen la línea del horizonte más alejada, copan la atención de su transformación cultural. Pero nos vendría de perlas un repaso a todos. Sólo tenemos que echar un vistazo alrededor, para encontrar que la seguridad, el fraude, el engaño o la justificación son metas, objetivos personales que contribuyen al logro, facilitando una vida cómoda y fácil. Así, ¿quién va a preferir el trabajo, la coherencia, el rigor o la curiosidad? Con ese ambiente, ¡cómo no van a aparecer nuevos dioses como el hedonismo, le egoísmo, o todos los «-ísmos» que se nos ocurran! La educación aquí emerge como único elemento regenerador, si lo que se trata es de transformar la cultura social.

Por último, en el plano individual, hemos de apelar a lo más personal, donde siempre es necesario  demostrar mayor responsabilidad en la educación de los hijos. No les asiste la razón, a quienes reclaman la gratuidad, o una cualquier otro ideario, que en realidad ya poseen y se les respeta, cuando por el contrario, ni se les pasa por la cabeza la importancia, o la posibilidad, de exigir un mínimo rigor profesional en la formación (también informal) de los pequeños, o valorar cuanto la televisión, las redes que se llaman, tampoco sé por qué, sociales, o la cotidianidad de la vida social van decantando con paciencia calculada en ellos. Pero hemos de reconocer que la implicación familiar hoy, ya no es importante, sino básica, como la propia educación. Y en eso tendríamos que estar todos implicados.

Como puede apreciarse, este triple planteamiento, justifica la orientación del cambio y, de algún modo, también su necesidad. Pero en el otro bando, el de aquellos que se muestran críticos con la ley, también se aporta un análisis de la situación bien fundado. En el plano economicista de la legislación, se aboga por una legítima defensa de la igualdad; interpreto que se trate no sólo en el acceso a la educación, sino también en su proceso y, por supuesto, en el egreso. Formarse es importante y todos tenemos ese derecho a recibir una formación… ¿en igualdad? En este punto me planteo si acaso lo importante se transforme en fundamental, cuando lo percibimos en términos de equidad; lo que supondría que la educación que a todos se ofreció, aunque no se recibió por igual, sino en virtud de la propia capacidad (con ciertas reminiscencias bíblicas, parece que hoy se impone el término «talento»), la implicación o el empeño de cada uno. De este modo el fruto (o el producto, por utilizar la terminología apropiada), más que uniforme, resulta equitativo; y el aparente desequilibrio, eleva de modo natural el nivel de logro, devengándonos profesionales comprometidos, además de bien formados, abiertos al futuro, en constante proceso de transformación, que es sinónimo de actualización, evolución, crecimiento (un término que económicamente gusta más), para lo cual también es necesario formarse. De modo que aquello que se planteaba como un derecho obvio, resulta una responsabilidad, que en su salida profesional marcará las posibilidades de cada uno.

En el plano social, frente a cualquier sectarismo, del tipo que sea, se le reclama que la educación contribuya a un desarrollo moral de la convivencia. El respeto a la persona, como miembro del grupo, implica no sólo su aceptación, sino otorgarle al sujeto la posibilidad de integrarse de modo efectivo en la vida cotidiana (hablaríamos de compromiso), aceptando algo más que su presencia, pues como tal, su carácter, y su cultura, es valiosa contribución, siempre necesaria. Y la educación ha de favorecerlo, generando medios, recursos y procederes adecuados.

Por último, en el plano individual, conscientes de que la diferencia existe entre nosotros, también es normal que una normativa de este calado, tome en consideración la personalidad de cada uno, valorando su particular contribución al medio, la cual lógicamente, ha de ser respetada. Y cuando se habla de respeto, se refiere a la individualidad, que tanto enriquece a todos; se refiere a la autonomía, que al ser humano se le ha de considerar, aceptar e incluso potenciar; se refiere a la dignidad, por la cual todo individuo puede y debe recibir un trato diferente; se refiere a exigir responsabilidad, que supone una aceptación de derechos y la obligación de unos deberes; se refiere a tolerancia, diálogo, ejercicio y actividad, a tomar en cuenta todo cuanto de personas tenemos, y lo que nos hace aún eso, mejores, mejores personas. Todo esto, también se educa; y también debe aparecer en un programa educativo que se precie.

Y ahora, habiendo valorado ambos planteamientos, ¿no creen ustedes que sus posiciones no están para nada enfrentadas, sino todo lo contrario? Si es así, si ustedes, pacientes lectores, al igual que yo, lo ven así,… no voy a caer en el evidente corolario de preguntarme por qué no se demuestra mayor educación, integrando todo este planteamiento en una postura común, uniforme; pero no me resisto a la tentación de reclamar, exigir, que si, como parece, se complementan,… procédase, compleméntense. Claro, que lo entiendo; no es nada fácil, requeriría apartar prejuicios, intereses y rencores. Pero es así; esta parece ser la solución que al principio les anunciaba: voluntad, interés, necesidad de mirar en una misma dirección. Y ganas, capacidad o voluntad de entendimiento; díganlo como quieran. Pues eso. Lo que se ha dado en llamar un gran pacto por la educación. Que no se sabe por qué, resulta algo etéreo, siempre se menciona, todos lo quieren y nadie lo logra. Pero lo cierto es que este parece ser el camino. ¿A que sí? ¿A que ustedes también lo piensan? Pues, aunque lo veamos todos tan claro, lo cierto es que no se nos encamina por esa senda. No me quiero imaginar por qué, pero me preocupa; me preocupa que nuestros pequeños y los no tan pequeños, todos ellos, estudiantes de pro, que en términos de economía son nuestros clientes, en el plano social resultan un sector importante y clave de la sociedad y considerados de un modo particular son mis seres queridos, mis alumnos, la razón de ser de una profesión, a la que tanto quiero, y tanto debo,… digo que, estos pequeños, ahí están. Todos los días entran en el aula. Y me gustaría que salieran con la mejor de las disposiciones, y de las  producciones, con el mayor de los aprendizajes: el deleite de su convivencia y la inquietud por el conocimiento; en otras palabras, con la satisfacción de sentirse realmente bien, bien educados. Ellos lo merecen.

Memoria y reconocimiento individual, ahora mismo…

Tantos son los recuerdos que una llega a atesorar, tras muchos años de escuela… Ahora que ya disfruto la jubilación, ese dorado descanso que siempre había dibujado con lápiz de colores, y el paso del tiempo me fue transformando, primero en sepia, luego en en blanco y negro, afloran en el recuerdo escenas… reales, presentes, intensas, que han ido acompañándome y que ese mismo paso del tiempo no ha conseguido tamizar, diluir, en la experiencia acumulada. Hoy descubro que la vida en la escuela ha sido tan profusa en sentimientos, y la entrega, de maestros lo mismo que de alumnos, tan sincera, que la simple rememoración, se me hace realidad, vivida, y la debo expresar en primera persona del presente de indicativo. El ayer y el hoy se mezclan, y me confunden. Pero nunca lo hacen en términos de pedagogía, sino que son las ciencias humanas de la relación personal las que marcan todo mi magisterio. Incluso con cierto atropello, de modo apresurado, lanzo mi mano al frente, y en el aire retuerzo el gesto del puño, cerrándolo para, metafóricamente, atrapar ese tiempo pasado que dicen, siempre fue mejor. Me gustaría recuperar cuanto haya perdido, mejorar lo que generó insatisfacción, cambiar tantas lacras e incluso, perfeccionar… todo, porque todo, todo, se puede mejorar. ¡Ay!, cuán duro me resulta enfrentar ese tiempo irrecuperable, y encararlo en presente.

Discúlpenme ustedes, que no me haya presentado. Como una premonición, mi nombre es Soledad, pero me gusta que me digan «Sole» (Solita, no, por favor). Y se preguntarán ustedes, ¿quién es Sole? Está claro que yo. Habrán adivinado que he sido… ¿Por qué me habrá entrado ahora esa manía de hablar en pasado? Desde hace unos meses, concretamente, desde el verano pasado, mi lenguaje pareció volverse más rancio,y romper con una realidad que siempre encaré en presente. De modo que ahora,  toda referencia a la que fuera mi vocación, y profesión,  una entrega realizada con convicción y pureza en todos y cada uno de los pasos de su recorrido, de golpe, y, así, de golpe, sin saber por qué, me transforma el tiempo verbal, y espontáneamente, ahora lo conjugo en pasado. Me preocupa el tema….

¡Pues no! Qué contra. Será duro romper con la rutina después de tanto tiempo (aunque mis allegados me han oído negarlo, lo es, cuesta mucho), y quedarte cierto día, y el otro, y todos los siguientes ya, en casa. Dicen que es momento de júbilo. Pero no sé qué gracia le encuentran al tema; yo, por mi parte, me niego a ceder un ápice de mi sentimiento. Y el primero y fundamental, es que soy, me siento y por siempre, seré: Sole, esa profesora, pequeñita, a la que la vida le robó quince centímetros de altura, y que no ha dejado de reclamar lo que consideraba suyo. Amiga de mis amigos, compañera fiel, sincera y honrada por ellos. Pero por encima de todo, maestra (no puedo decir maestraescuela, porque esa especie, hace tiempo que la modernidad la extinguió; pero sí… maestra). ¡Qué bonita palabra! La he perseguido toda una vida…. Y ahora no voy a consentir que me la quiten. Pienso seguir siendo maestra por siempre jamás.

Comencé mi andadura cuando la vocación no se sabía qué connotaciones debía tener. Estudiar, no era más que una manera noble, digna y hasta elegante, de salir del pueblo. Sucedió tan pronto en mi vida, que los recuerdos de la infancia se fueron diluyendo con suavidad en el manantial de la adolescencia. Ahora, en la distancia del tiempo, me doy cuenta que, en cierto modo, pese a la inmadurez que me empujaba, yo sí debía tener cierta vocación. A mi modo. Y lo digo porque aún hoy, la Escuela, esa  ESCUELA, con mayúsculas, me llama; todos los días me sigue llamando de la misma manera. Quienes entonces me conocieron, decían que tenía buena mano para los niños; yo les digo que el paso del tiempo no lo ha perturbado… Entonces, simplemente me gustaban. No sé si fuera debido a un retraso de la infancia, o que aún no la había disfrutado suficientemente, el caso es que lo pasaba en grande jugando con ellos. Y ellos conmigo. Así que, como los entretenía, decían que se me daban bien. Esta ha sido una habilidad que he cuidado sobremanera toda mi vida. Los niños, incluso cuando éstos ya fueron adultos y también trabajé en la universidad, no dejaron de ser, en cierto modo, mis niños. Por eso digo que me gustan, y me siguen gustando de todos los tamaños, sexo, religión, raza y condición. Siempre he tenido buena mano para entretenerlos, y sacar lo mejor que cada uno llevaba dentro. Esta fue la forma que tuve de afrontar los estudios de magisterio, profesión a la que luego dediqué gran parte de la vida, y también el modo que tuve de encarar la mía propia, que siempre acompañó al magisterio: buscar el lado bueno, aflorar las destrezas, y reconocer que cuantas virtudes acompañan a cada ser humano, hacen más… llevadera la relación, y agradable la convivencia. Quizás por eso me refugié en lo que llamaban una vocación. Para mi fue el modo de pintar la vida con los colores del arco iris: estar siempre con los niños, rodeada de jóvenes, que son los que hacen ruido, en el bullicio. Nunca fue conmigo aquello del solaz y el sosiego.

Las malas lenguas me califican persona un poco (bastante) guerrera. Ellos no saben que, en realidad, lo que mejor se me daba siempre, era huir del conflicto. Con ese sentido conciliador y pacifista, protagonicé cuantas movidas pude y me dejaron. Era sencilla, sí, abierta y correndona, también. ¡Qué le vamos a hacer! Nací para vivir la vida con intensidad. Y lo he cumplido, sola o acompañada, según correspondía en cada momento, le apliqué a la vida toda la emoción y la intensidad que pude. Por supuesto que con discreción. Yo no era de grandes estridencias. Prudente. Estoy segura que esto, fue una ventaja en mi vida profesional, porque me permitió empatizar siempre con los alumnos: los comprendía, y compartía su inquietud.

En el magisterio, tuve la dicha de vivir en situaciones muy dispares, en contextos distintos y, sobre todo, conocer a personas muy, muy interesantes. Primero como estudiante, luego, como maestra que estudiaba, después como estudiante que trabajaba, más allá, una docente algo especial, luego, profe, siempre con iniciativas, aires nuevos, porque me atraía la vida con tal intensidad, que lo practicaba todo, y claro, no dejaba de sorprenderme a mí misma y a los demás. Eso sí, nunca perdí la cabeza, ni la razón. Todo lo hice, o al menos yo así lo entendía yo, con mesura. Y dentro de lo razonablemente útil.

De este modo, las experiencias se me han ido acumulando. No tenía tiempo para digerirlas debidamente. La reflexión me llevó a ocuparme siempre de lo inmediato. Y doy fe que nunca, nunca, dejé de mantener una actitud reflexiva en la pedagogía. Leí a los clásicos. A los otros, alguno, también. Debatí cuantas novedades asomaron a mi vida. Y ese debate me hizo acomodar, con el tiempo, la forma ver aquello que nunca mutó dentro de mí: el cariño y la comprensión por el que aprende. Me mostré abierta a los signos de los tiempos. Mi fe en el ser humano, superó todas las inquietudes, y cuestionamientos que aparecieron en un momento u otro. Ya veis, nada ha cambiado. Todavía hoy me gustaría conjugar la vida en futuro, rodeada de niños. No os engañéis, ellos son el único motor de la vida. Nada mejor que una jubilada, para saberlo.

El paso por la universidad tampoco consiguió modificar mi planteamiento aunque me deparó experiencias nuevamente sorprendentes. Al haber dedicado mis primeros años de experiencia docente a la escuela básica, cuando accedí a la superior, era tarde para lo que entonces se acostumbraba. Pero me acogieron; no sé si fue porque les caí bien, o porque les interesaba mi bagaje. La cosa es que he dedicado los últimos veinte años a la Facultad. Allí me encontré otro mundo, que tuve de entrada que comprender. Aceptarlo ya me costó un poco más (el espíritu rebelde, ya sabéis…). Lo cierto es que estaba muy confundida. Idealizaba la excelencia del saber, y por eso llegaba convencida de aportar cuanto se debía saber de la práctica; lo suficiente como para estar debidamente cualificada y poder teorizar en torno a la pedagogía del momento. Descubrí otra universidad. La cátedra siempre me resultó muy grande, e inaccesible; pero no por falta de capacidad, sino porque la academia tiene sus propias reglas y quienes me conocen saben que mi espíritu indómito choca con esta estructura. ¡Qué le voy a hacer! Mis convicciones siempre evitaron cualquier displicencia con la norma. En cambio, la convivencia nunca se me dio mal, al menos con los compañeros. Y debatir con ellos, incluso haciéndolo en tono científico, siempre me gustó. Hasta el extremo de buscarlo con cierta ansiedad. Tanto es así que lo mucho que aprendí, compensa el esfuerzo. Pero la ambición que el poder y el saber generan en el ser humano, acababa por chirriarme. Perfeccioné el ser; el poseer, en mi caso no iba más allá del mero conocimiento. Así que ese periodo universitario, redujo mis facultades, a expresiones puramente humanas, y humanistas. Hoy, con la mirada vuelta, de nada me arrepiento. Muy al contrario, mis publicaciones y mis clases, dan fe de un paso efímero, nada elocuente y bastante convencida de cuanto hice. También conservo amigos. Sobre todo eso, amigos, y de ellos me he llevado su cariño, su entrega y la fidelidad que siempre me profesaron.  Nada mejor puedo desear, pese a que mi duelo interno siga reclamándome que podía haber luchado con mayor ahínco y convicción por cambiar las cosas, yo me digo, no sin cierta sumisión, que ésa es tarea de jóvenes. Me quedo ahora con la memoria.

La memoria es el reducto que algunos, yo creo que por mantener el tono rebelde, consideran el descanso del guerrero. Por eso se defiende y hasta se justifica. En la distancia resulta agradable contemplar el pasado; verlo con cierta satisfacción y hasta creer que se hizo todo lo que se tenía que haber hecho. Así lo creo. y además, estoy convencida de ello. Ahora que el futuro descuenta mi tiempo, poniendome  en el retrovisor la vida, ésta se me antoja aún más placentera. El pasado, como si de un monitor se tratara, me ofrece en imágenes, todos y cada uno de los recuerdos, en tecnicolor, panavisión y hasta surround. Nitidez digital, incluso en 3D. Puedo tocarlas y sentirlas todas ellas, porque son mías. Evocan la que ha sido una existencia entregada a la enseñanza, que  me he empeñado en protagonizar. Y de este modo hoy, con este relato, pretendo recuperar la memoria, con sentido, como reconocimiento individual, y ofrecerla a cuantos pueda interesar. Lo hago del mismo modo como fue mi magisterio: oblación gratuita. Pues yo, por mi parte, al evocarla, me siento ya cumplida. Disculpad este absceso de individualidad; mi ego lo necesitaba. Prometo no repetirlo

London, 4-mayo-2013.