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¿Realmente vivimos la era internet?

Recientemente, por el hecho de estar impartiendo un curso formativo en esta tierra que tanto significa para mí, tuve ocasión de testear un problema que me ha parecido bastante grave, aunque seguro que habrá lectores que no le concederán mayor importancia. Intentaré explicarme.

wifiUno de los recursos que resulta imprescindible, para la comunicación cotidiana, es internet. Hoy no se concibe nuestra vida al margen de la red de redes, de modo que todos, estamos conectados a ella, de forma continua. ¿Alguien se imagina vivir sin comunicación a través del móvil? Prácticamente imposible. Al menos, los que perviven, son una exigua minoría. Y del mismo modo, allá donde nos encontremos, sobre todo trabajando, necesitamos estar conectados también a internet… No he dicho hasta aquí, nada nuevo. Es una realidad.

Pues bien, ¿cuál es, pues, el problema? ¿No tener conexión? Eso, de momento, no genera conflicto. Salvo, como era mi caso, que me encontraba en un Centro educativo (un instituto que considero «al día») y al solicitar un enlace wifi (guayfay dicen los más puestos en el tema), me indican que no lo hay. He de confesar que en cierto modo, estoy muy acostumbrado a que me den esa respuesta, aunque me moleste, pues son frecuentes los espacios sin cobertura, trenes, autobuses, centros públicos de cultura (nuestra capital es la excepción), centros de ocio, centros comerciales, (la lista necesitaría varias páginas de este periódico)… Incluso, muchos de ellos, pese a anunciarlo, a la hora de la verdad, te quedas colgado. Como aquí; aunque esta vez, no. No me da igual, ni mucho menos. Estoy en un Centro Educativo, vivimos en el siglo veintiuno, en el primer mundo, en un país que alardea de contar con varios millones de smartphones, tablets, ipads, conexiones inalámbricas, redes,… (salimos a uno y pico por barba, de media). Un lugar así, no me entra en la cabeza que pueda estar sin cobertura en la red. Por la importancia y por la necesidad que, como el honor en el ejército, se le supone, en este lugar, la conexión es… básica, imprescindible. Una instalación, que el ministerio, lo mismo que la consejería, tachan de moderna y alardean de tener perfectamente actualizada, resulta que no tiene algo tan elemental como es una conexión a la red. Que la tengo yo, integrada en mi móvil. No me lo puedo creer. Bueno, matizo, en realidad, sí la tienen, pero cerrada. Para entendernos, como el canal plus. Acceden a ella, unos pocos y en circunstancias controladas.

Perdonarme, pero sigo sin comprenderlo. Internet, hoy nos acompaña cotidianamente, para todo. Como una verdadera lapa va pegado a nosotros. Las comunicaciones, informaciones, relaciones, formaciones, documentaciones, creaciones y todas las -iones que se nos ocurran, nos las pasan indefectiblemente por el router. Salvo el paseo que se dan nuestras conversaciones por las antenas de telefonía, hoy día, toda la comunicación la captamos, o la emitimos, codificada. Por eso precisamente, me parecía imposible no contar con acceso libre a la red en un centro educativo. «Serán todos los alumnos los usuarios», como se hace en ciertos contextos, me decía yo. Pues no. Lo tendrán como si de «un recurso habitual de enseñanza, o aprendizaje, se tratase». Pues tampoco. No se limitarán a educar a los alumnos, y conseguirán con su premeditación que se haga un buen uso, de la red, potenciando el inmenso poder formativo que se le atribuye. Menos aún. No lo sé, no me encaja.

Me han vendido un siglo veintiuno caracterizado como «de las comunicaciones», también desde la perspectiva pedagógica. Son tantas las posibilidades, con la imagen, el sonido, el acceso a las fuentes de datos, la vinculación vicaria, la interacción que trasciende el espacio y el tiempo, los medios que potencian la creatividad, con una realidad que ya no es real, sino virtual, o incluso aumentada… son tantas y tantas las posibilidades,… y. todas tan educativas,… que duele ver cómo se cercenan con hechos anodinos, absurdos y poco rentables como son privatizar el acceso a los pocos dígitos que conforman la clave o estrechar incoherentemente el ancho de su banda (me refiero a la conexión, lógicamente),… Lo siento, pero no entiendo estas limitaciones. Mi planteamiento, pedagógico, va en sentido contrario; pienso que abrir las puertas a la comunicación, de par en par (free se dice en la terminología propia), siempre enriquece, favorece el desarrollo y estimula la iniciativa. Soy más de educar, que de limitar, de estimular, que cohibir, de una apertura constante, como fortaleza del sentimiento, riqueza del ser. Vamos, que me gusta aquello de «enseñar a pensar»… Puedo estar equivocado, pero me inquieta suponer esa educación paralela, que discurre al margen de la tecnología. La encuentro retrógrada. Por eso no me gusta, y no la quiero.

Termino apelando con mi reflexión a cuantos ostentáis funciones de responsabilidad en el sistema educativo. Que sois muchos: ¿pensáis que puedo estar equivocado?, ¿encontráis extraño, suponer que hoy la educación puede y debe beneficiarse del potencial tecnológico que nos rodea e, incluso, invade?… Porque si no estoy tan equivocado, vosotros compañeros de vocación que sois capaces de albergar el mejor de los sentimientos por vuestros alumnos, iréis actualizando de modo continuo el conocimiento y el potencial, siempre exiguo, con el que se cuenta a nivel tecnológico, las metodologías con las que se enseña el lenguaje, las matemáticas, la historia o las ciencias, explotaréis al máximo los recursos de internet, el acceso a las wikis, el uso de las redes, los contactos multicanal, la exploración de iniciativas un tanto inverosímiles, serán vuestros recursos cotidianos, las conocidas «pedeís» (pizarra digital interactiva), superarán la primera de sus siglas, para discurrir por los derroteros de la tercera, los libros se podrán navegar y la creatividad, campará a sus anchas por vuestras aulas, lo mismo que por el patio,… Hay tanto que hacer, y hay tanto que se puede hacer,… que todo parece poco, ¿verdad?

Ánimo a todos, a vosotros docentes, pero también directores, coordinadores, profesorado, gerentes, que sois los que hacéis el día a día mejor a nuestros pequeños y jóvenes, porque está en vuestras manos la cultura del futuro y con ella os jugáis mucho, lo vuestro, lo nuestro y lo de todos; a los sindicatos, y movimientos asociativos, que buscáis una educación con mayúsculas en nuestras aulas, a los padres que aspiráis a darles a vuestros hijos lo mejor, y hasta al Consejero de Educación con todo su equipo, que tenéis en vuestras manos la clave. A todos toca arrimar el hombro… Os animo a trabajar, abrir esa conexión que hoy aparece bloqueada, de modo que mañana,… se bloquee, pero de verdad. Entonces conseguiréis que resulte rentable, también en términos educativos. Es fácil, os lo aseguro. Cuestión de prioridades, como se suele decir.

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ElMundoArtículo publicado por EL MUNDO. Edición Cantabria. Tribuna de Cultura (pág. 9) el día 13.08.2014 (descargar en pdf)

Ellos, cada día, hacen más social este mundo

Si una característica tuviéramos que señalar, para identificar la misión (y en ocasiones, también, la pasión) que mueve a las instituciones que en nuestro entorno realizan una labor social, no podríamos hacerlo, pues habría que otorgarles no una sino dos, un verdadero par. Sus mejores (y mayores) cualidades, entre otras muchas, han de ir inevitablemente unidas: la humildad y la convicción de su bondad.
Precisamente, humildad. Cuanto más social, más silenciosa resulta la labor, sincera, necesaria, callada y de profundo compromiso. Moralmente intachable y éticamente comprometida. No es necesario ir muy lejos para encontrar colectivos enteramente comprometidos. Están al alcance de la mano. Son vecinos, tuyos, míos. Y no hablamos de grupos de carácter religioso, ni con la ausencia de lo global, que no es. Los podemos señalar con nombres y apellidos, conocemos sus caras, sus manos, sus miradas. Porque son habituales; no en vano comparten con nosotros, cada mañana, el ascensor, el tren, el autobús o la espera en el paso del semáforo, cogen este mismo periódico, van al médico y hacen cola en el supermercado. Cada día, con su mañana, tarde y noche, con fines de semana, festivos, nocturnidad y constancia, les miramos de frente, captamos la mirada, limpia y seria de estos jóvenes. Y sepan ustedes que joven hay que ser para, con independencia de los años que señale el dni, estar convencido de poder cambiar el mundo, liarse la manta a la cabeza y comprometerse con el prójimo, depositando jirones de ternura, bondad y cariño, en el corazón del que es extraordinario, precisamente por menos favorecido. Desde su convicción altruista, en diferentes pueblos y también en los barrios de la capital, son bastantes los que optan por dirigir su vida, en esa dirección y contribuyen con trabajo, con presencia y entrega siempre voluntariosa, con resolución, a conseguir un mundo un poco mejor. Hacen de lo social, su profesión. Nos sorprenden por su simplicidad: lo único que tienen es ilusión, empeño, juventud, y un corazón tan abierto que van por ahí dejándolo a cachitos, en miradas, a manos tendidas, con sillas de ruedas, bastones, bandejas, camas y hasta sonrisas, las de su mundo próximo, inmediato, conocido, un mundo más real que cualquier otro. Ellos, sólo ellos, son los culpables de que podamos encontrarlo cada día un poco más humano. Y son muchos. Nos sorprendería saber cuántos. Pero, claro, pasan desapercibidos. Su labor también.
Lo social no les gusta ni a los políticos. Será porque los desfavorecidos, necesitados, no aportan. Por no aportar, ni votos, por eso son colectivos que caen rápidamente de sus presupuestos. Los mayores, cada vez son más mayores, los discapacitados, aprenden más y mejor, tanto que se normalizan, estamos viendo cómo las conductas disruptivas se controlan con gran efectividad y sus colectivos llegan a integrarse con naturalidad, la misma con la que conviven en el entorno cotidiano. De modo que nos pasan desapercibidos, pero claro, no basta con altruismo. El que ya están recibiendo de sus cuidadores, de los educadores, mediadores y animadores, de muchos orientadores, voluntarios y profesionales de lo social, capaces de satisfacer todas y cada una de las necesidades que el colectivo requiere: convivencia, cultura, desarrollo, estimulación, fisioterapia, interculturalidad, geriatría, alfabetización, sociabilidad,… Programas y proyectos, que con absoluta efectividad, deben ir añadidos a la cotidianidad de sus necesidades fisiológicas, alimentarias, sanitarias, higiene y atención. Como pueden suponer, los que se dedican a lo social, no se aburren. Son muchos los frentes que tienen abiertos, y que la sociedad no percibe como cubiertos. A no ser que no lo sean, porque entonces, molestan y claro, se evidencian. Imagínense por un momento que alguno de los estos colectivos perdieran esa atención. Visibilizarlos justificaría cualquier partida que administrativamente se les dedicara. Pero, claro, ahora, la mayor, en ocasiones la única, la reciben del altruismo de nuestros jóvenes.
Y esto nos enlaza con la segunda de sus cualidades. Su bondad, la gratuidad con que convierten en normal acciones, actividades, trabajos, que vistos en su particularidad, cualquiera calificaríamos de extraordinarios. No tenemos más que pasar una tarde en una residencia, o cruzarnos con un grupo de jóvenes que sacan de paseo a niños o mayores con alguna discapacidad, para enterarnos del modo en que son atendidos tantos niños, jóvenes y no tan jóvenes que llevan su vida en el filo de la exclusión; cárceles, drogas, violencias de diversos tipos, adicciones, limitaciones o excesos. Sólo a quien le toca, o simplemente conque le roce, también, sabe lo que esto supone. A nosotros, alguna vez, nos tocan el bolsillo, pero a estos jóvenes, que trabajan con ellos, lo que les han tocado, como digo, ha sido el corazón.
Terminemos levantando nuestra voz, reclamando una mayor atención para ellos. Y no sólo la que nos gustaría que les dieran los responsables políticos dotando de contenido las partidas presupuestarias, que sí, es necesario. Necesitan también el reconocimiento de toda la sociedad. Esta cultura del ocio, de la sociabilidad, de lo social, que ahora vivimos, es necesario que responda con responsabilidad de estos colectivos que ya se integran en la cotidianidad de la convivencia. En cada ayuntamiento, en cada asociación, en cada barrio, pueblo, grupo o asociación, todos y cada uno de nosotros, hemos de saber que atender estos colectivos debidamente, también nos beneficia. A ti, a mí, a todos, a cada familia, en uno u otro momento de la vida. Toda inversión será poca, pues ellos corresponderán, tarde o temprano y nos lo van a devolver en forma de atención y cariño. No nos cabe ninguna duda. Por eso, los necesitamos, porque son los únicos que cada día, hacen más social este mundo.

José Quintanal Díaz

Publicado en  EL MUNDO  edición CANTABRIA, el día 6 de Noviembre de 2013 (pdf)

La otra vuelta al cole

     Es tanta la publicidad con la que estos días nos bombardean la vuelta al cole, que acabamos por creernos su importancia. Se le confiere prioridad a la compra de los libros, del uniforme, la mochila, el ordenador o tantas otras cosas que precisamente, estas campañas consiguen el objetivo de «no desviar» nuestra atención del tema. Sí, lo digo bien, pues desvían la atención de lo educativo, para hacernos vivir una vuelta que los propios medios califican de no-traumática. Un año tras otro, hemos ido descubriendo lo problemático que puede resultar este cambio para todos…, para los niños, para sus padres, para los maestros… En algunos casos, parece tan fuerte la tormenta que llega con el mes de septiembre, que la inundación acaba por cubrirnos hasta la altura del bolsillo. Vamos, que queramos o no, hay que suavizar la inmersión escolar, para salir a flote. Menos mal que la moderna ciencia psicológica es capaz de echarnos un capote con el que cubrirnos al menos la cabeza y así, aguantar tal chaparrón…

     Aunque no lo crean, en cierto modo es así. El tema resulta tan importante, que esos «expertos» llegan para ayudarnos a resolver todos estos conflictos internos y así evitan que pueda ser traumático para los ciudadanos de a pie y a las empresas que viven de ello, también. Porque los damnificados somos… ni sé cuántos. Lo mismo empresarios que simples ciudadanos. Para muchos negocios, algunos grandes pero otros, quizá la mayoría, pequeños y hasta pequeñitos, familiares, terminar el mes de septiembre con cierto equilibrio en su balanza de pagos, supone respirar en ese último trimestre del año (y comer, y mandar a sus propios hijos al cole, y vestir y…, en algunos casos, hasta dormir). Para ellos, esta campaña es la clave de su subsistencia, les supone llegar a navidad. Así que no busquen grandes eslóganes que nos animen, porque un motivo así nos basta; septiembre resulta fundamental para muchos. Ahora, volvamos a la cuestión escolar y familiar, que es lo que nos ocupa.

     Sea como fuere, todos sin excepción, pasamos por el aro, yendo a la compra. Resulta interminable la lista: boli, rotus, tijeras, sacapuntas, regla…. hay todo un sinfín de cosas necesarias para ir al cole. Incluso, puede ser peor aún, si son los propios niños los que nos acompañan al centro comercial para realizar el avituallamiento, pues tienen un conocimiento más detallado de lo inservibles que están los materiales del curso anterior… Vamos, que acabaremos hasta etiquetando mecánicamente los libros que se forrarán con la última tecnología en plásticos, que no necesita ya cello transparente para fijar el protector. Y por ende preguntándonos cómo pusimos sobrevivir a los clásicos rollos de papel de forro, a la goma de milán y a la cajita de pinturas de madera. Hoy, se ha dado la vuelta incluso a la historia, en beneficio de una nueva economía escolar que contribuye a la modernización de la estructura familiar. Y eso que no mencionamos el pendrive, la caja de folfers o el hub de siete entradas. Esto último queda para los más avanzados, los mayores, vamos los que llevan un kit oficial que incorpora móvil-cuatro-ge.

     Esta es una vuelta al cole muy diferente. El problema que vemos en la campaña, que puntualmente nos llega todos los años a finales del mes de agosto, no es únicamente de carácter económico. También hay una vertiente social, quizás la que más debiera preocupar, no tanta campaña publicitaria… Podemos desentrañar su contenido valorando el protagonismo que corresponde a cada uno. Serán únicamente cuatro palabras:

     Una. La vuelta al cole, en primer lugar han de protagonizarla los propios alumnos, los niños y jóvenes, que están directamente afectados. El colegio les exige un estilo de vida, cotidiana, muy diferente al que hayan venido disfrutando en vacaciones. Han de disciplinarse los horarios, afinando hasta la puntualidad; organizar las jornadas, en virtud de sus tareas o responsabilidades que sea necesario cumplir; considerar la importancia del descanso, los buenos hábitos y la higiene saludable; y hacer que orden, esfuerzo o compromiso, sean vocablos que se incorporen con naturalidad. Los «mayorcitos» ya deben ser autónomos en su logro; en el caso de los alumnos pequeños, el compromiso del cambio radica en sus padres. Esta sí que es, por encima de las campañas, los materiales o la ropa, «su» campaña, su cambio.

     Dos. Los padres, porque también ellos «vuelven», no pueden inhibirse de su responsabilidad educadora. Ahora menos que nunca, el comienzo del curso resulta clave para sus hijos. Supone un cambio de tal importancia que en ocasiones acarrea desconcierto, indefensión, desorientación,… Es necesario estar ahí, para acompañarlos, orientar, canalizar, y ayudar su «réentrée». Y ya de paso, vendrá muy bien sentar buenos principios y así disciplinar los hábitos cotidianos y poner orden en la estructura familiar. Esto será educar.

     Tres. de un modo genérico, porque trasciende la obligación paterna y a materna, esa responsabilidad educadora corresponde a todos y cada uno de los miembros de la familia. A cada uno le pedimos que asuman su papel, en el contexto que le corresponda. Padres, tíos, abuelos, hermanos,… todos, y cada uno, educamos. Es necesario coincidir en los objetivos, de modo que todos sumemos con cada aportación. Nadie puede inhibirse. Cada palabra, cada gesto, cada permiso o cada mandato, el beso o la regañina, bien hechos, educan. Todos, todos, todos, tú y yo también. Nuestra actitud, en cada momento, educa, cada ejemplo también, el diálogo se construye y la buena educación la conforman muchos pequeños detalles, momentos y actitudes.

      Y cuatro, no podemos dejar fuera de esta responsabilidad a la sociedad en general. La vuelta al Cole, requiere un nuevo respeto social, a los maestros, a la profesión. En este momento como nunca, las cosas deben estar en su lugar, y entre todos hemos de conseguir que los conocimientos sean más importantes que los lápices con los que se escriben, los libros nos lleven a escudriñar su contenido, que los blogs nos sorprendan por su originalidad y que, al fin, las ideas acaben por encima dell nivel social de quienes las sustentan.

     El cole, ese cole al que nuestros niños ahora parece ser que vuelven, alberga nuestro futuro, y por tanto, es ahora cuando podemos hacer que ese mañana resulte multicolor. Hagámoslo, entre todos.

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Artículo publicado en El mundo Edición Cantabria
martes, día 3 de septiembre de 2013. Pág. 2 TRIBUNA / EDUCACIÓN / JOSÉ QUINTANAL.

Tres euros sobre el cielo…*3€SC*

– Son tres euros, me dice, escudándose en la mejor de sus sonrisas.

– Vaya, ya veo, que aquí el agua está por las nubes…

Parecía relajarse tras la primera impresión, provocada por mi inicial cara de asombro.

– («Por lo menos se lo toma a risa», debió pensar, por la broma que incluía el comentario), pero no quedaba muy conforme, o quizás fuera que la conciencia estaba aliándose en la travesura, remordiéndola,… porque de inmediato enlazó un espontáneo…

– Yo no marco el precio… Me explicó, parapetada tras su dentadura nacarada.

– Sí, claro, supongo…

La escena tiene lugar en un avión. Un avión de los modernos, de esos que llaman de «low cost», que traducido no significa otra cosa más que «bajo coste». A las pruebas me remito… Ya, ya,…

Tomo mi botellín, medio litro de refrescante y cristalina agua. De una fuente,… de procedencia desconocida. No importa, ¡a estas alturas, no vamos a andar con remilgos!

Y como corresponde en estos viajes, el recogimiento del asiento invita al pasajero a la introversión, a la reflexión. No puedo (ni quiero) evitarlo: ¿por qué tenía necesidad una señorita tan simpática de justificarse? Está claro que reconoce el abuso al que se presta, impunemente, aunque con cierto remordimiento. Pero lo hace. No le queda más remedio. ¿O sí? Un puesto de trabajo, hoy día ya no tiene precio. Y más éste, que está por las nubes, como mi agua: lo tomas o lo dejas…

Y esto, es lo mismo que nos pasa a todos. Quizás hasta con la misma impunidad, semejante limitación y escasez,… de remordimiento; somos capaces de pasar por alto, constantemente, cotidianamente, numerosas injusticias, acompañando la comida sin perder el apetito, mirando a otro lado y expresando suavemente ese mismo «no es culpa mía». Pero la verdad es que ahí están, no las vemos pero ahí siguen: el bebé que sufre, el inmigrante desvalido, el anciano solitario, el joven adicto, la mujer vejada, la familia desestructurada, los jóvenes emigrados, el parado que mendiga,… Todo lo achacamos a la crisis, de la que nadie tiene la culpa. La violencia, que ninguno provocamos, el rencor del que sorprende su presencia, el robo, en el que no se participa, aunque el hurto no nos esquiva, la degradación y hasta la degeneración,… perdemos valores, pero seguimos el viaje con tranquilidad, pues al fin y al cabo, «ninguno de nosotros tampoco hemos puesto las reglas».

¡Qué pena!, valer para tan poco, servir sólo para esto es pobre, muy pobre, pensaba en el avión, mirando a la señorita de la sonrisa de nácar… Sólo es una más, entre tú y yo, el grupo, todos. La impunidad es tanta, y tan difícil salirse de la norma, que se nos está empobreciendo hasta la sociedad,… Eso sí, continuamos el viaje, bien frescos.

HAGAMOS UN PACTO, PERO CON EDUCACIÓN

Una vez más, hemos de asistir atónitos a un debate, con el correspondiente revuelo; porque eso sí, aquí todos tenemos derecho a opinar, desde el ministro, que para eso lo es, hasta el último ningundi, como puedo ser yo, y más si se trata de un tema por el que todos pasamos alguna vez, unos en su papel de alumnos, otros padres o si no, los abuelos que llevan a los nietos al cole. El caso es que la manipulación, el sectarismo o la opinión, unas veces pública y otras particular, en tertulias lo mismo que en los papeles, hacen que la Educación vuelva a estar en liza. Y como siempre, con una nueva propuesta legislativa; van ya no sé cuántas (aunque si he de ser sincero, sí sé cuántas van y prefiero no saberlo), todas con los mismos argumentos, similares protagonistas y desenlaces nada dispares entre una y otra. La cosa es que seguimos con lo mismo; no se avanza El problema ahí está, nuestros pequeños y jóvenes siguen creciendo, y este país no acaba de canalizar el verdadero problema de la educación, que más adelante les diré cuál es (por supuesto, desde mi humilde opinión).

Como sucede en estos casos, siempre hay quiénes hablan bien de la norma y también están sus detractores. Todos armados de razón y de razones, lo hacen con empeño y ahínco para ganar posiciones en el contexto sociopolítico e incluso con intención (e interés) de movilizar lo que se ha dado en llamar (y yo dudo que lo sea) la opinión pública. Quienes la justifican, desde luego que arguyen razones fundadas que básicamente, apuntan en una triple dirección: en sentido económico,  social e individual. Veámoslas.

Con su planteamiento económico, nos ofrecen una interpretación del problema educativo más que nada integradora; una visión de futuro bien clara pues, con la que está cayendo, todos sabemos que es importante y necesario acomodar la formación de nuestros jóvenes para que puedan responder  más adelante, a la exigencias del contexto socioeconómico (así lo llaman algunos, si bien otros le dicen directamente mercado laboral), que será el único capaz de satisfacer la demanda profesional del futuro (la satisfacción de las necesidades de otra índole, se pospone). Una vez más nos enfrentamos al dilema escuela competitiva/inclusiva, pero versión dospuntocero. Parece ser que hoy, el ser humano, aunque también necesite de la mente y, por supuesto, del corazón, le confiere al asunto del comer cierta prioridad.

En segundo lugar, la educación, aún más que nunca, justifica la imperiosa necesidad de un cambio, que depare una transformación social mayor, una nueva cultura, la llamada cultura del esfuerzo. Y no sólo para los jóvenes, sino en general, para todos. Lo que ocurre que como ellos son los que tienen la línea del horizonte más alejada, copan la atención de su transformación cultural. Pero nos vendría de perlas un repaso a todos. Sólo tenemos que echar un vistazo alrededor, para encontrar que la seguridad, el fraude, el engaño o la justificación son metas, objetivos personales que contribuyen al logro, facilitando una vida cómoda y fácil. Así, ¿quién va a preferir el trabajo, la coherencia, el rigor o la curiosidad? Con ese ambiente, ¡cómo no van a aparecer nuevos dioses como el hedonismo, le egoísmo, o todos los «-ísmos» que se nos ocurran! La educación aquí emerge como único elemento regenerador, si lo que se trata es de transformar la cultura social.

Por último, en el plano individual, hemos de apelar a lo más personal, donde siempre es necesario  demostrar mayor responsabilidad en la educación de los hijos. No les asiste la razón, a quienes reclaman la gratuidad, o una cualquier otro ideario, que en realidad ya poseen y se les respeta, cuando por el contrario, ni se les pasa por la cabeza la importancia, o la posibilidad, de exigir un mínimo rigor profesional en la formación (también informal) de los pequeños, o valorar cuanto la televisión, las redes que se llaman, tampoco sé por qué, sociales, o la cotidianidad de la vida social van decantando con paciencia calculada en ellos. Pero hemos de reconocer que la implicación familiar hoy, ya no es importante, sino básica, como la propia educación. Y en eso tendríamos que estar todos implicados.

Como puede apreciarse, este triple planteamiento, justifica la orientación del cambio y, de algún modo, también su necesidad. Pero en el otro bando, el de aquellos que se muestran críticos con la ley, también se aporta un análisis de la situación bien fundado. En el plano economicista de la legislación, se aboga por una legítima defensa de la igualdad; interpreto que se trate no sólo en el acceso a la educación, sino también en su proceso y, por supuesto, en el egreso. Formarse es importante y todos tenemos ese derecho a recibir una formación… ¿en igualdad? En este punto me planteo si acaso lo importante se transforme en fundamental, cuando lo percibimos en términos de equidad; lo que supondría que la educación que a todos se ofreció, aunque no se recibió por igual, sino en virtud de la propia capacidad (con ciertas reminiscencias bíblicas, parece que hoy se impone el término «talento»), la implicación o el empeño de cada uno. De este modo el fruto (o el producto, por utilizar la terminología apropiada), más que uniforme, resulta equitativo; y el aparente desequilibrio, eleva de modo natural el nivel de logro, devengándonos profesionales comprometidos, además de bien formados, abiertos al futuro, en constante proceso de transformación, que es sinónimo de actualización, evolución, crecimiento (un término que económicamente gusta más), para lo cual también es necesario formarse. De modo que aquello que se planteaba como un derecho obvio, resulta una responsabilidad, que en su salida profesional marcará las posibilidades de cada uno.

En el plano social, frente a cualquier sectarismo, del tipo que sea, se le reclama que la educación contribuya a un desarrollo moral de la convivencia. El respeto a la persona, como miembro del grupo, implica no sólo su aceptación, sino otorgarle al sujeto la posibilidad de integrarse de modo efectivo en la vida cotidiana (hablaríamos de compromiso), aceptando algo más que su presencia, pues como tal, su carácter, y su cultura, es valiosa contribución, siempre necesaria. Y la educación ha de favorecerlo, generando medios, recursos y procederes adecuados.

Por último, en el plano individual, conscientes de que la diferencia existe entre nosotros, también es normal que una normativa de este calado, tome en consideración la personalidad de cada uno, valorando su particular contribución al medio, la cual lógicamente, ha de ser respetada. Y cuando se habla de respeto, se refiere a la individualidad, que tanto enriquece a todos; se refiere a la autonomía, que al ser humano se le ha de considerar, aceptar e incluso potenciar; se refiere a la dignidad, por la cual todo individuo puede y debe recibir un trato diferente; se refiere a exigir responsabilidad, que supone una aceptación de derechos y la obligación de unos deberes; se refiere a tolerancia, diálogo, ejercicio y actividad, a tomar en cuenta todo cuanto de personas tenemos, y lo que nos hace aún eso, mejores, mejores personas. Todo esto, también se educa; y también debe aparecer en un programa educativo que se precie.

Y ahora, habiendo valorado ambos planteamientos, ¿no creen ustedes que sus posiciones no están para nada enfrentadas, sino todo lo contrario? Si es así, si ustedes, pacientes lectores, al igual que yo, lo ven así,… no voy a caer en el evidente corolario de preguntarme por qué no se demuestra mayor educación, integrando todo este planteamiento en una postura común, uniforme; pero no me resisto a la tentación de reclamar, exigir, que si, como parece, se complementan,… procédase, compleméntense. Claro, que lo entiendo; no es nada fácil, requeriría apartar prejuicios, intereses y rencores. Pero es así; esta parece ser la solución que al principio les anunciaba: voluntad, interés, necesidad de mirar en una misma dirección. Y ganas, capacidad o voluntad de entendimiento; díganlo como quieran. Pues eso. Lo que se ha dado en llamar un gran pacto por la educación. Que no se sabe por qué, resulta algo etéreo, siempre se menciona, todos lo quieren y nadie lo logra. Pero lo cierto es que este parece ser el camino. ¿A que sí? ¿A que ustedes también lo piensan? Pues, aunque lo veamos todos tan claro, lo cierto es que no se nos encamina por esa senda. No me quiero imaginar por qué, pero me preocupa; me preocupa que nuestros pequeños y los no tan pequeños, todos ellos, estudiantes de pro, que en términos de economía son nuestros clientes, en el plano social resultan un sector importante y clave de la sociedad y considerados de un modo particular son mis seres queridos, mis alumnos, la razón de ser de una profesión, a la que tanto quiero, y tanto debo,… digo que, estos pequeños, ahí están. Todos los días entran en el aula. Y me gustaría que salieran con la mejor de las disposiciones, y de las  producciones, con el mayor de los aprendizajes: el deleite de su convivencia y la inquietud por el conocimiento; en otras palabras, con la satisfacción de sentirse realmente bien, bien educados. Ellos lo merecen.

Memoria y reconocimiento individual, ahora mismo…

Tantos son los recuerdos que una llega a atesorar, tras muchos años de escuela… Ahora que ya disfruto la jubilación, ese dorado descanso que siempre había dibujado con lápiz de colores, y el paso del tiempo me fue transformando, primero en sepia, luego en en blanco y negro, afloran en el recuerdo escenas… reales, presentes, intensas, que han ido acompañándome y que ese mismo paso del tiempo no ha conseguido tamizar, diluir, en la experiencia acumulada. Hoy descubro que la vida en la escuela ha sido tan profusa en sentimientos, y la entrega, de maestros lo mismo que de alumnos, tan sincera, que la simple rememoración, se me hace realidad, vivida, y la debo expresar en primera persona del presente de indicativo. El ayer y el hoy se mezclan, y me confunden. Pero nunca lo hacen en términos de pedagogía, sino que son las ciencias humanas de la relación personal las que marcan todo mi magisterio. Incluso con cierto atropello, de modo apresurado, lanzo mi mano al frente, y en el aire retuerzo el gesto del puño, cerrándolo para, metafóricamente, atrapar ese tiempo pasado que dicen, siempre fue mejor. Me gustaría recuperar cuanto haya perdido, mejorar lo que generó insatisfacción, cambiar tantas lacras e incluso, perfeccionar… todo, porque todo, todo, se puede mejorar. ¡Ay!, cuán duro me resulta enfrentar ese tiempo irrecuperable, y encararlo en presente.

Discúlpenme ustedes, que no me haya presentado. Como una premonición, mi nombre es Soledad, pero me gusta que me digan «Sole» (Solita, no, por favor). Y se preguntarán ustedes, ¿quién es Sole? Está claro que yo. Habrán adivinado que he sido… ¿Por qué me habrá entrado ahora esa manía de hablar en pasado? Desde hace unos meses, concretamente, desde el verano pasado, mi lenguaje pareció volverse más rancio,y romper con una realidad que siempre encaré en presente. De modo que ahora,  toda referencia a la que fuera mi vocación, y profesión,  una entrega realizada con convicción y pureza en todos y cada uno de los pasos de su recorrido, de golpe, y, así, de golpe, sin saber por qué, me transforma el tiempo verbal, y espontáneamente, ahora lo conjugo en pasado. Me preocupa el tema….

¡Pues no! Qué contra. Será duro romper con la rutina después de tanto tiempo (aunque mis allegados me han oído negarlo, lo es, cuesta mucho), y quedarte cierto día, y el otro, y todos los siguientes ya, en casa. Dicen que es momento de júbilo. Pero no sé qué gracia le encuentran al tema; yo, por mi parte, me niego a ceder un ápice de mi sentimiento. Y el primero y fundamental, es que soy, me siento y por siempre, seré: Sole, esa profesora, pequeñita, a la que la vida le robó quince centímetros de altura, y que no ha dejado de reclamar lo que consideraba suyo. Amiga de mis amigos, compañera fiel, sincera y honrada por ellos. Pero por encima de todo, maestra (no puedo decir maestraescuela, porque esa especie, hace tiempo que la modernidad la extinguió; pero sí… maestra). ¡Qué bonita palabra! La he perseguido toda una vida…. Y ahora no voy a consentir que me la quiten. Pienso seguir siendo maestra por siempre jamás.

Comencé mi andadura cuando la vocación no se sabía qué connotaciones debía tener. Estudiar, no era más que una manera noble, digna y hasta elegante, de salir del pueblo. Sucedió tan pronto en mi vida, que los recuerdos de la infancia se fueron diluyendo con suavidad en el manantial de la adolescencia. Ahora, en la distancia del tiempo, me doy cuenta que, en cierto modo, pese a la inmadurez que me empujaba, yo sí debía tener cierta vocación. A mi modo. Y lo digo porque aún hoy, la Escuela, esa  ESCUELA, con mayúsculas, me llama; todos los días me sigue llamando de la misma manera. Quienes entonces me conocieron, decían que tenía buena mano para los niños; yo les digo que el paso del tiempo no lo ha perturbado… Entonces, simplemente me gustaban. No sé si fuera debido a un retraso de la infancia, o que aún no la había disfrutado suficientemente, el caso es que lo pasaba en grande jugando con ellos. Y ellos conmigo. Así que, como los entretenía, decían que se me daban bien. Esta ha sido una habilidad que he cuidado sobremanera toda mi vida. Los niños, incluso cuando éstos ya fueron adultos y también trabajé en la universidad, no dejaron de ser, en cierto modo, mis niños. Por eso digo que me gustan, y me siguen gustando de todos los tamaños, sexo, religión, raza y condición. Siempre he tenido buena mano para entretenerlos, y sacar lo mejor que cada uno llevaba dentro. Esta fue la forma que tuve de afrontar los estudios de magisterio, profesión a la que luego dediqué gran parte de la vida, y también el modo que tuve de encarar la mía propia, que siempre acompañó al magisterio: buscar el lado bueno, aflorar las destrezas, y reconocer que cuantas virtudes acompañan a cada ser humano, hacen más… llevadera la relación, y agradable la convivencia. Quizás por eso me refugié en lo que llamaban una vocación. Para mi fue el modo de pintar la vida con los colores del arco iris: estar siempre con los niños, rodeada de jóvenes, que son los que hacen ruido, en el bullicio. Nunca fue conmigo aquello del solaz y el sosiego.

Las malas lenguas me califican persona un poco (bastante) guerrera. Ellos no saben que, en realidad, lo que mejor se me daba siempre, era huir del conflicto. Con ese sentido conciliador y pacifista, protagonicé cuantas movidas pude y me dejaron. Era sencilla, sí, abierta y correndona, también. ¡Qué le vamos a hacer! Nací para vivir la vida con intensidad. Y lo he cumplido, sola o acompañada, según correspondía en cada momento, le apliqué a la vida toda la emoción y la intensidad que pude. Por supuesto que con discreción. Yo no era de grandes estridencias. Prudente. Estoy segura que esto, fue una ventaja en mi vida profesional, porque me permitió empatizar siempre con los alumnos: los comprendía, y compartía su inquietud.

En el magisterio, tuve la dicha de vivir en situaciones muy dispares, en contextos distintos y, sobre todo, conocer a personas muy, muy interesantes. Primero como estudiante, luego, como maestra que estudiaba, después como estudiante que trabajaba, más allá, una docente algo especial, luego, profe, siempre con iniciativas, aires nuevos, porque me atraía la vida con tal intensidad, que lo practicaba todo, y claro, no dejaba de sorprenderme a mí misma y a los demás. Eso sí, nunca perdí la cabeza, ni la razón. Todo lo hice, o al menos yo así lo entendía yo, con mesura. Y dentro de lo razonablemente útil.

De este modo, las experiencias se me han ido acumulando. No tenía tiempo para digerirlas debidamente. La reflexión me llevó a ocuparme siempre de lo inmediato. Y doy fe que nunca, nunca, dejé de mantener una actitud reflexiva en la pedagogía. Leí a los clásicos. A los otros, alguno, también. Debatí cuantas novedades asomaron a mi vida. Y ese debate me hizo acomodar, con el tiempo, la forma ver aquello que nunca mutó dentro de mí: el cariño y la comprensión por el que aprende. Me mostré abierta a los signos de los tiempos. Mi fe en el ser humano, superó todas las inquietudes, y cuestionamientos que aparecieron en un momento u otro. Ya veis, nada ha cambiado. Todavía hoy me gustaría conjugar la vida en futuro, rodeada de niños. No os engañéis, ellos son el único motor de la vida. Nada mejor que una jubilada, para saberlo.

El paso por la universidad tampoco consiguió modificar mi planteamiento aunque me deparó experiencias nuevamente sorprendentes. Al haber dedicado mis primeros años de experiencia docente a la escuela básica, cuando accedí a la superior, era tarde para lo que entonces se acostumbraba. Pero me acogieron; no sé si fue porque les caí bien, o porque les interesaba mi bagaje. La cosa es que he dedicado los últimos veinte años a la Facultad. Allí me encontré otro mundo, que tuve de entrada que comprender. Aceptarlo ya me costó un poco más (el espíritu rebelde, ya sabéis…). Lo cierto es que estaba muy confundida. Idealizaba la excelencia del saber, y por eso llegaba convencida de aportar cuanto se debía saber de la práctica; lo suficiente como para estar debidamente cualificada y poder teorizar en torno a la pedagogía del momento. Descubrí otra universidad. La cátedra siempre me resultó muy grande, e inaccesible; pero no por falta de capacidad, sino porque la academia tiene sus propias reglas y quienes me conocen saben que mi espíritu indómito choca con esta estructura. ¡Qué le voy a hacer! Mis convicciones siempre evitaron cualquier displicencia con la norma. En cambio, la convivencia nunca se me dio mal, al menos con los compañeros. Y debatir con ellos, incluso haciéndolo en tono científico, siempre me gustó. Hasta el extremo de buscarlo con cierta ansiedad. Tanto es así que lo mucho que aprendí, compensa el esfuerzo. Pero la ambición que el poder y el saber generan en el ser humano, acababa por chirriarme. Perfeccioné el ser; el poseer, en mi caso no iba más allá del mero conocimiento. Así que ese periodo universitario, redujo mis facultades, a expresiones puramente humanas, y humanistas. Hoy, con la mirada vuelta, de nada me arrepiento. Muy al contrario, mis publicaciones y mis clases, dan fe de un paso efímero, nada elocuente y bastante convencida de cuanto hice. También conservo amigos. Sobre todo eso, amigos, y de ellos me he llevado su cariño, su entrega y la fidelidad que siempre me profesaron.  Nada mejor puedo desear, pese a que mi duelo interno siga reclamándome que podía haber luchado con mayor ahínco y convicción por cambiar las cosas, yo me digo, no sin cierta sumisión, que ésa es tarea de jóvenes. Me quedo ahora con la memoria.

La memoria es el reducto que algunos, yo creo que por mantener el tono rebelde, consideran el descanso del guerrero. Por eso se defiende y hasta se justifica. En la distancia resulta agradable contemplar el pasado; verlo con cierta satisfacción y hasta creer que se hizo todo lo que se tenía que haber hecho. Así lo creo. y además, estoy convencida de ello. Ahora que el futuro descuenta mi tiempo, poniendome  en el retrovisor la vida, ésta se me antoja aún más placentera. El pasado, como si de un monitor se tratara, me ofrece en imágenes, todos y cada uno de los recuerdos, en tecnicolor, panavisión y hasta surround. Nitidez digital, incluso en 3D. Puedo tocarlas y sentirlas todas ellas, porque son mías. Evocan la que ha sido una existencia entregada a la enseñanza, que  me he empeñado en protagonizar. Y de este modo hoy, con este relato, pretendo recuperar la memoria, con sentido, como reconocimiento individual, y ofrecerla a cuantos pueda interesar. Lo hago del mismo modo como fue mi magisterio: oblación gratuita. Pues yo, por mi parte, al evocarla, me siento ya cumplida. Disculpad este absceso de individualidad; mi ego lo necesitaba. Prometo no repetirlo

London, 4-mayo-2013.

La función tutorial en la escuela

Fruto de un amplio y profundo debate, analizando la consideración que tiene actualmente, la función tutorial, en nuestro curso MOOC que sobre el tema se lleva a efecto, hemos podido recoger algunas opiniones que los estudiantes del citado curso refieren acerca del tema. Me ha parecido de gran interés recoger algunas de estas contribuciones, que nos permite conocer de manera amplia y global, dicha consideración, pues sus opiniones vienen no sólo de distintos países, sino también desde aulas, niveles y experiencias muy distintas.

Documento

Mediocridad, a la orden del día

Cuando el diccionario de la Real Academia de la Lengua cita la palabra «mediocridad», se refiere a ella como aquella cualidad que caracteriza a  la «persona de poco mérito, tirando a mala». Este, y no otro, es un tipo de personas que, con mayor frecuencia, encuentro en mi entorno, vital (entorno-vital, así parece que ser que debo decir para  mencionar cuanto me rodea y conforma la vida cotidiana, es decir, mi  familia, mi gente, la prensa, la televisión, la literatura, el cine… la cultura y, por supuesto, el contexto de trabajo, que también se ha dado llamar la cultura-de-mi-entorno). Bueno, pues como digo, cada vez con mayor frecuencia, me topo con mediocres, en todos los ámbitos. Son muchos, y están en todas partes; y lo gobiernan y dirigen todo, porque sirven lo mismo para presidir la oficialidad sociocultural, que para ordenar el pensamiento mediático, dictar cátedra, o gestionar el fundamento que rige en esencia la administración. Unos aparecen disfrazados de seres políticos,  tan mediáticos ellos, capaces de convencernos de que pueden liderar el sentimiento básico del ser humano. Otros, resultan adlateres de la cultura, son tertulianos de la ordinariez, capaces de generar un pensamiento de lo más elaborado, partiendo de la nada. Luego están los críticos, antes llamados librepensadores, que van, o iban, por libre, capaces de pensar por sí mismos y, por lo tanto, también justificar sus hechos y lo contrario al mismo tiempo. Tenemos los que se erigen en defensores de las más nobles causas: humanistas, laboralistas, ecologistas, evolucionistas, y todas las istas que usted pueda conocer, ya sean locales, regionales, nacionales, internacionales y hasta culturales (que para eso se inventaron las oenegés). Esta, su dedicación es tanta, que hasta se ocupan del desarrollo del propio ser. En esa lcupación ocultan  precisamente su mediocridad. Por supuesto, no podemos dejar de lado tantos y tantos académicos, de rancia sabiduría, unos más doctos y recalcitrantes que otros (que para eso los hay que están formalmente titulados y cuentan con sus cátedras, oportunamente conseguidas). Y por último, nos quedarían por citar algunos sabihondos (que es sinónimo de profundo), de barrio, de los de toda la vida, que también los hay.
Todos, están pululando por ahí y se dejan ver con cierta facilidad, expuestos gratuitamente, listos para que «su» público, fiel hasta la admiración, los adore, venere, reverencie, defienda y hasta tutee,… y en su mejor esencia, tras libar su mismo néctar, ya todo es posible, por lo que acaban por convertirlos en un mito (palabra griega que inspiró esa otra de «meta», objetivo de todo ser humano que se precie, capaz de conseguir llegar al mismo lugar que ha llegado ese otro: total-si-no-valía-más-que-yo). De ese modo pueblan nuestra geografía gentes capaces de regatear, hacer gorgoritos, danzar, hablar, escribir y hasta grafitear, como nadie. Esto es lo que se lleva, lo moderno. No te me vayas a desbandar, y salir por peteneras, manifestándote contrario a la progresía, porque sin ella, la vida no existe. Tú, siempre, adelante, tras el mito (que como se sabe, cuando lo agitas un poco, resulta ser un timo).
 Pues, como digo, los mediocres, estos seres abundan, y el aroma de su mediocridad nos alcanza con suma facilidad, impregnando la cotidianidad de tal modo, que lo contrario, ya no sólo resulta sorprendente, sino que parece descolocado (retrógrado, le dicen). Ser mediocre no te preocupe, tú, queda bien, demuestra inteligencia, pero emocional. Aunque en lo demás no funciones, cuídate de quedar bien (lsé lo que se llama políticamentecorrecto), y no te preocupes, porque siempre vendrá detrás algún pringadillo, de esos que detestan tu «malesía», y lo cambiará, y quizás, hasta lo arregle. Ve tranquilo, que no pasa nada. Al fin y al cabo, ¿quién no se ha saltado alguna vez una norma, límite, prohibición o  costumbre? Lo importante es lo primero. Y ahora, como se dice, es tonto el último que no sepa aprovechar la coyuntura, y alzándose sobre los demás, ocupe el cargo, demostrando que sabía estar bien situado. Esta es la clave. Po-si-cio-nar-se. Así luego, sale lo que sale: la mediocridad que uno llevaba dentro, traducida en una gestión errada, una fuerza mal ejercida, acciones inadecuadas, e insatisfacción por doquier.
 Llegar a gozar de poder, por razones de ideología, posicionamiento, intereses o necesidad de medrar, es lo que trae. Lógica ineficacia, no más. Así nos pinta, porque no olvidemos que estos personajes, o personajillos, de los que hablo, en esencia, muchos de ellos, nos mandan, gobiernan, dirigen…. y la sociedad que, en base a su mediocridad, están conformando, tiene poco de buena. Por eso, precisamente, el horizonte resulta difuso, porque no sabemos (ellos no lo saben), hacia dónde nos encaminamos (desconocen la meta hacia la que nos encaminan), así que vamos dando tumbos y acabamos derrotados, pero tranquilos (que no contentos). Ellos nos lo dicen, desde la atalaya de su mediocridad, es lo que hay.

Noviembre, 2012

Este artículo fue publicado en la Edición Cantabria del Periódico El Mundo, el día 9 noviembre 2012 (pág. 2): Ver aquí

Ortografía

En el marco de este compromiso que he adoptado con la cultura, me parece obligado hacer una breve reflexión sobre la continua afrenta que está sufriendo, en la sociedad actual, nuestra ORTOGRAFÍA. Y permítaseme referirme a ella de este modo, con mayúsculas, pues creo, con total convicción, que no merece un tratamiento inferior.
La ortografía vemos cómo está resultando vituperada en la cotidianidad de nuestra vida, y lo que aún es peor, ignorada por cuantos estamentos, organismos, personajes y medios, se atribuyen al mismo tiempo, la condición de garantes del lenguaje y del buen decir. Su propia hipocresía les arropa. La cosa es que al final, nadie parece salir en su defensa y quien lo hace, sabe a lo que se arriesga.
El artículo lo ilustro con una pequeña muestra que ejemplifica esta ignominia. Son fotografías que se han captado con espontaneidad, registrando la escena en el mismo marco en el que apareció. Así como lo encontramos, de un modo natural. Lo mismo fijado con spray sobre una pared, que en la tela de la pancarta, el papel de la ilustración o el grafeno que tanta modernidad le confiere hoy a la comunicación. Toda. Esta diversidad contribuye a enriquecer el argumento, nuestra teoría, nunca intuición aunque sí convicción, de que el error, el escarnio, tiene lugar en cualquier momento, en cualquier sitio y que, además, parece dar igual. A nadie inquieta. Un sencillo “se entiende lo que dice”, nos lo justifica, y para nada evita que se afee desmedidamente la situación. Cuidar la ortografía, parece ir asociado al sentido de la corrección, la bondad, lo adecuado y perfecto. No está buen visto, resulta hasta retrógrado. El esnobismo gusta más, parece hasta ingenioso. Cuando no debiera se así. Preferiríamos que se normalizara el rigor ortográfico, de modo que París no perdiera el apéndice prosódico, para seguir siendo una ciudad con encanto, o que tuviéramos bien claro que palabras como ola, vaca o mamá, resultan bien distintas cuando se le cambia o añade alguna letra. Son tantos los vocablos que pueblan la frontera de la corrección, que la desafección alcanza casi a la totalidad de nuestro vocabulario. Por eso, nos permitimos decir, convencidos, que nuestro idioma es tan rico…  y tan frágil… precisa cuidado, intervención, mimo.
Es necesario que todos y cada uno de nosotros, asumamos el compromiso de respetarlo, si no queremos depauperarlo, o perderlo. Y del único modo que se puede preservar es conociéndolo, amándolo. En su plenitud, con brillantez. Y por supuesto, erradicar esas retahílas infundadas, que lo depauperan: las mayúsculas no se acentúan, la puntuación no es importante, las reglas están para saltárselas,… Tanta banalización, flaco favor le hace a nuestra lengua. Y a quien lo practica. Y a nosotros mismos, porque todos perdemos, afeando la calidad del lenguaje.
Octubre-2012

Volando en tren (AVE)

Mira por dónde, hoy me siento con ganas de iniciar este «diario» que lleva largo tiempo rondando mi cabeza, con la sana intención de poner un poco de crítica en alguna de las reflexiones que cotidianamente me aporta la rutina de la vida. Y lo hago dede el tren;  me gusta hacerlo aquí, entre otras muchas razones por las placenteras sensaciones que me evoca este medio de transporte.
La crítica, claro, marcada por el cariño del afecto que ya he señalado, corresponde a lo complejo que me resulta encontrar en él, perdido por los vagones, en sus gentes, o amasada en la reducida vida que emana, un poco, o un mínimo de «cultura».
Esa cultura, que yo concibo como una forma de deleitar la vida, me cuesta hoy encontrarla aquí, en el tren. Pienso que o no sabemos, los españoles, o no queremos enterarnos. Un medio de transporte, ha de ir mucho más lejos de lo que suponga una mera transposición espacio-temporal de los pasajeros, esos, a los que por efecto de la modernidad, nuestra querida RedNacional de Ferrocarriles ha transformado en clientes (llega a ofrecer un servicio de atención específico para ellos). Yo creía que el medio era capaz de dignificar el viaje y con él todo deleite comunicativo, relacional y hasta emocional. Pues no, debo estar confundido, porque hoy día, el concebido, vendido y publicitado como «moderno» AVE, ese que es capaz de llevarte a velocidad de vértigo, pierde en la esencia de sus vagones, toda relación con el ocio, la cultura e incluso la educación.
Me encuentro, como digo, ahora en él. Viajo, y escribo (evidente) y «degusto» ese aperitivoque ellos, correspondiendo al recargo que lleva implícito mi billete, me ofrecen: un café (de cuya calidad no me atrevo a hablar y que en el segundo sorbo me arrepiento de haber pedido pues, por venir sin plato y con cuchara de plástico, (¡qué minimalista!, efecto de la propia modernidad), el ajuar, en estos momentos está sorteándolo mi tablet, pues lo persigue, literalmente, por la mesita (del mismo minimalismo).
Para facilitar la reflexión, distraigo el pensamiento por el monitor, donde una amable señorita con voz de sonrisa, nos ha anunciado como alternativa, una atractiva programación: un reportaje de actualidad y una película. El primero versa sobre el mundo de la bicicleta (luego resultó ser algo rancio, pues incluso las mountainbikes esas que hay ahora, el guionista las desconocía). En cierto modo, el reportaje despertó mi añoranza (hacía mucho que no me enfrentaba al NoticiarioEspañol); la segunda, el filme, me superó: «Kung Fu Panda 2». No sé si esto es propio de este medio de transporte, pero me superó. ¿No hay mejor catálogo? Opté por hacer uso del tercer juego de auriculares que la señorita de la voz de sonrisa me ofreció, por dos intentos previos infructuosos: el resultado, mejoró, pues pude elegir entre los tres canales disponibles: uno de narraciones, otro de música clásica y el infumable de la película. Opté por el segundo, claro está.
Quizás, la tercera vía, me pregunto (ya mimetizado con el medio), y me lanzo a la navegación por las redes sociales… Imposible. Nueva consulta a la señorita que a estas alturas ya pone cara de LOGSE, pues me considera algo familiar, y pesado. Ella, sin haber perdido aún la amabilidad ni la paciencia, me indica que… el tren no dispone de wifi. «Chapeau», exclamo (bueno, en realidad, más bien me callo, pero pienso: ¡cáspitas!, así, con todas sus exclamaciones). En un país donde cualquier autobús, urbano o interurbano, kiosko o café, cuelga el archiconocido «wifi free», la vorágine ferroviaria carece de conexión. Tendrá que ser así… Así, que no me queda otra, que dar rienda suelta a mi imaginación, y ponerme a escribir.
Ya ven cómo el viaje me ha resultado provechoso. Ha inspirado mi reflexión,… aunque de inmediato, tengo que cortar; llega la señorita de la sonrisa, y con esa voz de amabilidad, ilustrada evidentemente en los derroteros de la escuela global, me sugiere vaciar la mesa… Va a servirnos un suculento desayuno (algo que todos sabemos que es ya un producto nacional): tortilla francesa, con salsa de tomate y yogur griego. uhm… Riquísimo. El café, esta vez, ni lo intento.
Así que, obligado por las circunstancias, termino, y pulso el botón de apagado, imbuido en una sola conclusión: he de cambiar de medio de transporte. de momento, aquí, y ahora, tampoco encuentro la cultura, la que yo buscaba. Al menos, hay amabilidad y paciencia. Ya puede usted servir el desayuno, amable señorita, y disculpe por la espera. Me distraje un ratito en mis pensamientos…
Septiembre-2012