Archive for the ‘Cuaderno personal’ Category

Hoy celebramos un siglo del Día del libro y también de la escritura

Santander,  23 de abril de 2026

Más allá del veintitrés de abril…

Una fecha interesante, de todos conocida y reconocida es el 23 de abril, un día recordado por muy diversos motivos. Hay lugares donde se conmemora el día de San Jorge; en Aragón por ejemplo, donde se celebra el día de su martirio (ocurrido esa fecha del año 303), significándolo como el día de la Comunidad. En Cataluña lo dedican a este mismo patrón (ellos le dicen  Sant Jordi), y lo declaran festivo, pues reivindican la cultura catalana celebrando la conciliación del amor y la literatura, regalando un libro y una rosa (costumbre ya más extendida, que se inspira en el color de la sangre derramada por el dragón derribado por el santo). En nuestro caso, la historia se encarga de significar convenientemente ese día, conmemorándolo como la fiesta del libro, una efeméride que formalizó mediante decreto el rey Alfonso XIII en el año 1926, … (leer más…)

27.05.2024

La realidad del «no retorno»

Dicho así­, con gran aparatosidad publicitaria, cualquiera que lea el título, puede interpretar que toda una generación que hace una década iniciara el éxodo para buscar el trabajo y la esperanza que en la región se les negaba, vayan a volver, como si ahora nos hubiéramos transformado en su nueva tierra prometida. Nada más lejos de la realidad. Veamos…(Leer más…)

Un musical, un libro y mucha gratitud… al Cardenal Osoro

Cardenal Carlos Osoro SierraHan pasado más de cuarenta años, cuarenta y dos, exactamente. Para calcularlos, no he tenido más que buscar en google qué año se estrenó en España la película que quizás haya sido el musical más revolucionario del siglo veinte: Jesucristo Superstar. Hoy, mi corazón está vibrando al ritmo que evocan sus primeros compases, tan conocidos, tan pegadizos… Soy consciente de estar manifestando la misma emoción que me embargara aquella tarde de abril, del año mil novecientos setenta y cinco, cuando tuve la gran suerte de asistir al estreno, con unos cuantos compañeros del instituto, en el Cine Coliseum… Como os lo cuento, han pasado más de ocho lustros, y sentado en esta grada del Regent’S Park Theatre, tampoco alcanzo a controlar la emoción. La misma. Me desborda y, cuando esto me sucede, hablo, hablo y hablo sin control. Incluso me doy cuenta que lo hago. Mi esposa, que me acompaña, paciente me escucha y, pese a que las canas ya me permiten lucir un cierto aspecto respetable, el señor del asiento de atrás, rechista con furia, para que me calle. Uf, perdón… (Leer más…)

Recuerdo de mi maestro… Don Ramón Pérez Juste

In memoriam…

El pasado 13 de enro de 2017 fallecí­a mi amigo y admirado profesor Don Ramón Pérez Juste. He de decir que para mí­ ha sido un auténtico lujo compartir con Ramón cátedra y aula. El fue mi profesor en la asignatura de Métodos de Investigación que cursé en la Licenciatura de Ciencias de la Educación. Como tal, lo recuerdo, al igual que cuantos le conocimos, como un referente de lo que es el BUEN profesor. Luego, en la UNED, fuimos compañeros de Departamento y compañeros de asignatura. Precisamente Métodos de Investigación en el Grado de Pedagogí­a. De esos años, que compartimos en la Facultad, me quedó el referente de un BUENA persona. No se puede decir nada mejor de quien ya he convertido en un referente, en MI MAESTRO.

Os comparto aquí­ el programa que se emitió el dí 31 de enero de 2017 en Radio 3, de Radio Nacional de España. Fue uno de los más entrañables podcast, de la serie EDUCACIÓN AL D͍A, que grabé en la UNED. Vaya con este programa, mi reconocimiento a la memoria de éste, MI AMIGO y MI MAESTRO.

EDUCACIÓN AL DÍA: Podcast. Radio 3

 

Connecting people…

Leí hace ya una década, el blog de un reputado gurú de la comunicación, que se lamentaba del derroche de talento que estaba sufriendo nuestro país. Para sensibilizar mejor al lector con su idea, jugaba con las siglas que una conocida marca de automóviles, había popularizado a mediados de los noventa: JASP. Significaba «Jóvenes, Aunque Sobradamente Preparados«, y destacaba la buena preparación que atesoraba nuestra juventud en los estertores del siglo XX, demostrando una muy buena preparación, que de algún modo nos tranquilizaba ante la incertidumbre que entonces parecí­a deparar el nuevo siglo que se avecinaba. El caso es que nuestro ilustre bloguero, quince años después, parecía lamentarse de no haber sabido aprovechar esa circunstancia, pues habí­amos convertido esa generación tan sobrada de todo, en unos jóvenes que él llamaba «Extranjeros Sobradamente Preparados«. De este modo, con sólo cambiar la vocal, las siglas eran parecidas (JESP) e introducí­an perfectamente la idea de transformación que… (Seguir leyendo…)

Cuestión de educación…

Estoy convencido que la educación se encuentra bien repartida por nuestro mundo. Conozco animales que van sobrados de ella, personas que la irradian con equidad e incluso queda espacio para familias que la dispersan y esparcen por doquier, haciendo verdadero elogio de su iniquidad. Yo que me tengo por persona observadora, les aseguro a ustedes que no hay más que echar un ojo, en la cotidianidad de nuestras costumbres, para corroborar lo que les cuento. Es fácil encontrar referencias que confirmen ese reparto tan díscolo conque aparece la educación en nuestra vida. Es así­ sencillamente, como espero demostrarles, pues educa quien quiere, no quien puede. (Seguir leyendo…)

Importancia del ser social que todos llevamos dentro…

IMG_0352IMPORTANCIA DEL SER SOCIAL QUE LLEVAMOS DENTRO

Lección Inaugural del Curso Académico 2015-2016 en el Centro Asociado de la UNED en CantabriaImpartida el 16.10.2015 por D. José Quintanal Díaz

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Excelentísimas autoridades, civiles y académicas. Miembros del Consorcio. Queridos compañeros, tutores y personal de administración y servicios del Centro Asociado. Estimados alumnos, amigos todos.

Quisiera primeramente, agradecer al Centro Asociado de la UNED en Cantabria, en la persona de su director, la confianza que me otorga, al confiarme la lección inaugural de este curso 2015/2016. Ahora, permítanme, como no podía ser de otra manera, que comience, tomándome una doble licencia. Ya ven que, aprovechando el lenguaje del mus, empiezo con un órdago a la grande, tomándome no una sino dos licencias.

La primera es que, respetando el rigor que todo acto académico requiere, prescinda del boato y la magnificencia, tanto en el discurso, como en la expresión. Ésta, que es tierra que caracteriza a sus gentes por la cordialidad y la sencillez, consigue que hoy, aquí, con vosotros, me sienta literalmente, en casa. Por muchas razones. Una, muy importante, es corresponder a lo que he recibido de esta casa, que ha sido mucho. Hace unas décadas, era yo quien ocupaba esos bancos, en calidad de estudiante de esta Universidad, Y como fui uno de los muchos que nos hemos beneficiado de su carácter social, un matiz nada baladí también para el tema que voy a abordar, siempre mantuve un cierto vínculo emocional con la UNED. Como os digo, es motivo más que suficiente para que hoy me sienta entre vosotros, cómodo. Además, mi origen, igualmente sencillo, entre las montañas del Valle de Buelna, forjó en mí, ese carácter recio que sobre todo mis alumnos conocen bastante bien, pero de igual modo, imprimió un sentimiento, profundo, de arraigo a la tierruca. Vosotros sois testigos de que ésta es una cuestión fundamental en mi vida; lo mismo que en mi espíritu académico, pues me considero por encima de todo, comprometido con la cultura y con el desarrollo social de nuestra querida Cantabria. Me duelen sus cicatrices, lo mismo que brota en mi corazón el sentimiento de arraigo con todo lo que aquí sucede. De ahí que me haya concedido también la licencia de conferir un carácter más bien socioeducativo a esta lección inaugural que jjhe dado en titular: “Importancia del ser social que todos llevamos dentro”

Para hacer un planteamiento coherente de la problemática socioeducativa que vivimos actualmente, he de apoyarme necesariamente, en las fuentes documentales y en los datos de nuestra realidad contextual. Comenzaré por tomar referencia en la esencia de nuestra cultura occidental, que alberga la propia historia de la filosofía; un estudio elemental, de pronto destaca un hecho muy evidente: la persistencia histórica de la cuestión, pues desde la socrática mayéutica hasta la filosofía práctica de Habermas, siempre se ha constatado la necesidad que tiene el ser humano de ir por la vida en compañía. Sí, han oído ustedes bien, he dicho que no se puede estar sólo. Al igual que la base de la ciencia humana es que somos fundamentalmente agua, en nuestro lado humano, podríamos afirmar que somos seres sociales y, como tal, socializadores y socializados. Schopenhauer nos hablaba de miedo a la soledad, Baudelaire interpretaba su vida como el disfrute de los demás, Hobbes insistía en lo pesada que resulta la carga de la sociabilidad, Kant pensaba que la acción social es el medio a través del cual se realiza el fin último y perfecto de hombre… De un modo u otro, los grandes pensadores, han tenido clara esta idea de que nuestra vertiente más social, es la más importante para que el ser humano logre alcanzar un desarrollo pleno. Antes que todos ellos, lo había dicho bien claro y sin tantas florituras, Aristóteles, sentenciando que «el hombre es un ser social por naturaleza».

Pero con la misma claridad, hemos de reconocer que social, uno nace y… se hace. La convivencia se forja en la relación, en el día a día y se aprende a convivir de un modo inteligente. Es más, somos capaces hasta de disfrutar en la relación con los otros. Esto también nos diferencia de los animales, que conforman sus grupos de convivencia basados en criterios puramente objetivos, de jerarquía. Las personas, no. Cada uno somos capaces de construir nuestra propia estructura convivencial: yo elijo dónde, cómo y con quién vivo, y convivo, conformando en el grupo mi propio estilo de vida y de relación. Natorp, fue el primero en conferir un sentido social pedagógico al carácter social del ser humano. Este filósofo alemán, neokantiano, en los albores del siglo XX, apoyado en el pensamiento, tanto de Platón como de Pestalozzi, fue capaz de percibir el carácter social de la pedagogía, al interpretar el llamado «sociologismo pedagógico», según el cual, no se entiende el desarrollo humano al margen de la educación; y, de igual modo, nos demostró que ésta pierde todo su sentido cuando se desprende de su carácter social. Nos viene a decir que el hombre, el ser humano, en esencia, se perfecciona, en cuanto que forma parte y participa, socialmente de su entorno. Y yo he de darle la razón, porque mi vida, como estoy seguro que a todos ustedes también les sucede, no tiene ningún sentido, si no es por las experiencias que tengo cada día, con mi familia, con mis amigos, mis estudiantes y…   por supuesto, en mi UNED. Todos ellos son los que la llenan de contenido y dan sentido a cuanto hago, pienso, escribo y, hasta digo. Con todos, estoy convencido que sucede lo mismo, ya que cada uno con sus propios parámetros de referencia, es responsable de cuanto influye en su contexto de vida. No lo olviden, sobre todo lo que decía Aristóteles, que por naturaleza somos seres sociales y, necesitamos serlo. Quedémonos, de momento, con esta primera premisa de referencia, porque luego volveré sobre ella: somos seres sociales, responsables cada uno de nuestro propio contexto de vida.

Vayamos ahora con ese contexto en el que vivimos. ¿Saben ustedes cómo es? Desde luego que planteo una cuestión tan abierta, que la respuesta parece obvia. Así que lo matizaré un poco más. ¿Creen que la vida en nuestro contexto, esta vida que cada día construimos, presenta ese carácter eminentemente social, favorece la convivencia y la relación armónica entre todos nosotros? Alguno de mis estudiantes diría: defínenos «social», y define «convivencia», para que podamos responder a tu pregunta. Y no le faltará razón, al exigirme esa concreción, pues en esta cuestión es importante; lo haré y para ello no necesito más que acudir al diccionario. Particularmente me parecen conceptos bien claros, asumidos por todos, pero aún así, definámoslos, y hagámoslo sometidos a la norma académica: “convivir” se refiere a disfrutar la vida en compañía de otros, por lo que la convivencia resulta de hacer efectivo ese deleite que produce disfrutar de todos; eso es, de todos, de todos los que participan o les hacemos participar, de nuestra existencia. Por su parte, el término “social” no hace más que reforzar la idea de compañía, de compartir esa vida, contribuyendo al bienestar que todos, sin excepción, merecemos.

Permítanme que me enfunde de mi coherencia moral, para dudar que hoy día, se haga una interpretación honrada de estos términos. Es más, a lo largo de la historia tampoco la ha habido, pues se ha traicionado sistemáticamente en el ser humano su esencia social, en favor de una diferenciación cada vez más individualizadora. No resulta nada difícil demostrarlo; con leer la prensa cada día tenemos suficiente. ¿Creen ustedes que nos mostramos realmente solidarios? Bien fácil se lo pongo, cuando estos días todas las agencias de noticias nos invaden con majestuosas cifras que hacen ver la capacidad de acogimiento que cada lugar tiene, ante el drama y el dolor que viven algunos pueblos, errantes por el mundo mundial. Repito la pregunta: ¿se consideran ustedes, personas realmente solidarias? Hoy, aquí, en esta ciudad, en esta región, en nuestro país, en el viejo continente que habitamos, ¿se comparten y se viven en grupo los problemas de nuestros vecinos o amigos? Sigo dudándolo y mi cuestionamiento entronca directamente en el sentido humanista al que apelaba desde el inicio de su pontificado el propio Bergoglio, reclamándonos dar un sentido más solidario a nuestra convivencia: mirar al que vive a nuestro lado, estando atentos a lo que necesita. Comparto con él la convicción de que el Estado tiene la obligación de atenderlo. Y no olvidemos que el estado somos todos, todos nosotros, todos y cada uno de nosotros. No pensaba recurrir a los números en los que se cifra nuestra solidaridad, porque me parecen un escándalo, pero no me resisto: déjenme que les muestre uno, sólo un dato, uno, porque estoy seguro que les va a sorprender, como a mí. Cualquier buscador en internet nos permite conocer la dedicación que en sus presupuestos le otorgan a esta cuestión las distintas administraciones, nacionales, regionales o locales. ¿Saben qué parte de nuestros dineros se dedica a atender esas necesidades sociales? La ingeniería presupuestaria hace que los expertos manipulen las cifras con eficacia, ofreciéndonos resultados muy variables; tanto que esa dedicación llega a fluctuar entre el 0,5 y el 8%. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera de las dos cifras, me sonroja, porque tanto una como la otra, resultan ridículas. Sí, sobre todo si pretenden conferir identidad a frases tan grandilocuentes como las que utilizan algunos profesionales de la administración, explicándonos que ésta es su principal preocupación. ¿Ven por qué lo dudaba? En realidad, las cifras son un fiel reflejo de lo que nos rodea, así que no voy a insistir más en una situación que con este dato, queda debidamente dibujada y quizás avergüence alguna conciencia. Cuando el análisis de la realidad cotidiana presenta este cariz, uno piensa que estamos de algún modo traicionando la esencia de nuestro ser. De ahí que no sorprendan en absoluto estas situaciones de insensibilidad a las que parece que nos estamos acostumbrando. Pero de ellas dimana nuestra segunda premisa. ¿Recuerdan que la primera decía que “somos seres sociales, responsables de cuanto nos rodea”? Podemos ahora continuar diciendo que, esa responsabilidad parece pesarnos, ya que ante la cara más dura que nos presenta la convivencia, se mira a otro lado, consintiendo y potenciando una profunda brecha social.

No nos engañemos, que lo social,… ¿cómo se dice hoy?… no vende. Eso es, no vende. Al contrario compromete, pica y delata. Y lo social, lo tenemos aquí, al lado. Se refiere a lo más inmediato, a la carencia que muchos de nuestros congéneres, tienen de lo fundamental, o incluso imprescindible. Y tiene cara. La de algunas de esas personas que nos cruzamos en la calle, junto al portal o en el semáforo. Aunque estén ahí y pasen desapercibidos…. Son ellos. Tampoco resultará buena terapia el que nos justifiquemos. No es solución, no soluciona los problemas y tampoco consigue que se tranquilicen las conciencias. Porque están ahí y, como digo, tienen cara, de hombre o de mujer, de niño o anciano, de jóvenes y en algunos casos, seres queridos. Lo social, se viste con frecuencia con el traje de la necesidad, del hambre, el paro, la droga, el abandono, la pobreza, la miseria, el sectarismo, la violencia, el odio, el terrorismo, la xenofobia, el dolor, enfermedades, corruptelas, delincuencia, alcoholismo, hurtos, conflictos, racismo,… realidades que irrumpen desesperadamente, con riesgo, en nuestra vida. Realidades problemáticas, con las que sin querer, topamos a la hora de comer, durante el ocio, el paseo o en la cotidianidad de cualquier conversación. Se presentan de súbito y atentando la moralidad de todos nosotros. Porque los conocemos muy bien, porque están ahí, al lado, aunque no siempre sea cierto que las veamos o las queramos ver. Quiero decir, que llegamos a resultar completamente insensibles (o si no completamente, al menos un poco o bastante). Lo que sí es cierto, que las consecuencias son siempre graves, mucho: personas inadaptadas, aisladas o deslocalizadas (que es una forma moderna de referirse a quienes están obligados a sobrevivir, con el eje de sus vidas, desplazado), familias completamente desestructuradas, grupos marginados, guetos, lugares donde la vida se ha tornado tan difícil, que se devalúa constantemente, porque impera el dolor, el odio, el mal, porque se vive sin dignidad ni sentido, porque el único valor es el ahora y el aquí. Son realidades que, en quien las está sufriendo, generan miedo, estrés, pena, complejos, sumisión o rencor, y les provoca una herida que se hinca en el alma y raramente se cura. Pero, ¿y a nosotros? Estaría bien que al menos nos «moviera» (el corazón, quiero decir), que nos impeliera un poquito, porque no siempre es así.

No obstante, podemos estar tranquilos. Para ocuparse de este tema, la sociedad moderna ha profesionalizado la cuestión, inventando a los especialistas. Menos mal, pues la historia está plagada de ejemplos de abandono, oscurantismo, marginación, tabú, ostracismo o incluso ejecución, porque alguna vez los marginados también llegaron a sufrir esta forma de resolver su problema. Hoy, al menos, lo hemos oficializado, lo cual hemos de reconocer que no está mal, porque supone que al menos, estarán atendidos. Debidamente atendidos.

Eso sí, se lo aseguro: cuando alguno de estos problemas, se pone en manos de profesionales, se les atiende muy, pero que muy bien. A nivel institucional, se ha creado una gran variedad de organismos e instituciones, oficiales y no oficiales, nacionales y supranacionales, confesionales o laicas, todas altruistas, neutrales, serias, rigurosas. Son las llamadas ONG’s, (Organizaciones No Gubernamentales), Fundaciones, Institutos y Movimientos de toda orden y condición, que se ocupan del tema (¿o mejor, debiera decir del problema?); la cuestión es que lo hacen con eficacia, seriedad y rigor, lo que se traduce en “profesionalidad”. Y de igual modo, fruto precisamente de la necesidad, han surgido en todas ellas profesionales bien formados y debidamente especializados. Que son los que hoy se ocupan de atender estas cuestiones con la inmediatez que requieren. Hay de todo: Administradores que velan para conseguir que las instalaciones y los servicios resulten apropiados; trabajadores y educadores sociales que, ante la marginación se entregan atendiendo necesidades tanto personales como sociales, voluntarios que cubren con presteza las carencias que algunos de estos colectivos sufren: y también, un gran número de profesionales que, cada uno desde su área o especialidad, aporta la mezcla de conocimiento y acción que precisa la particularidad de cada caso. Todos suman, arrimando cada uno lo mejor que tiene, siempre con dedicación, entusiasmo y diligencia, sonriendo, dedicando su tiempo y, algunas veces incluso el de los suyos, sólo porque se les necesita, convencidos de estar siguiendo de la mano de los marginados, la senda de su vocación y de su convicción. Porque lo social, los problemas que presenta la brecha social, tienen una única solución, que se llama “solidaridad”. Y éstos profesionales que acabamos de significar, lo saben muy bien: son los únicos que encaran la problemática de frente, con convicción, sin miedo, seguros de lo eficaz que puede llegar a ser su intervención, directos por el único camino que lleva a «alguna parte». Sí, así es, lleva a la socialización, a disfrutar de los demás. Ahora toca lo más difícil que es convencernos a nosotros, convencernos a los demás.

Hagamos aquí un breve receso para dar corpus de identidad a esta nueva premisa que se incorpora a nuestra argumentación. Si las dos premisas precedentes indicaban que “nuestra naturaleza social nos hace a todos responsables de la brecha social”, ahora podemos afirmar con seguridad que la sociedad actual, ha profesionalizado la atención de esas necesidades de carácter social que se derivan de nuestra convivencia cotidiana. Y aunque todavía prolongue un poco el discurso, para completar la idea de pensamiento que quiero aportar, no quiero avanzar sin señalar que esto es lo más importante de cuanto yo les vaya a decir: “el lado social de nuestra vida, está en manos de los especialistas, profesionales de lo suyo”.

En el término “profesionales”, quiero eludir todo rasgo de individualidad, porque estoy convencido que la acción social requiere ser abordada en grupo. Es la única manera de conferir sentido holístico a la atención de las necesidades y hacer que la intervención resulte eficaz. Se trata de ser buenos profesionales, capaces de trabajar en equipo. Luego, del fondo de cada uno, cuando se implique de verdad, será preciso que emane lo mejor que lleve dentro. Y no todo será buena voluntad, porque “de buenas intenciones están los infiernos llenos”. Es importante que cada profesional tenga una sólida formación, lo más rica y completa y con el mayor acopio posible de experiencia. No extrañe pues, que las universidades estén ofreciendo propuestas con las que consolidar el bagaje inicial de estos profesionales. En la UNED, convencidos de esa necesidad, las Facultades de Derecho y Educación han sabido conferir un sentido integrador a una propuesta formativa novedosa, que permitirá a sus estudiantes cursar un Grado Combinado de Trabajo Social y Educación Social, precisamente para enriquecer la formación básica de ambas figuras profesionales, en torno a las cuales pivota la atención socioeducativa de la que venimos hablando. De este modo, estamos seguros que los profesionales que se formen, saldrán mucho mejor capacitados para dar ese enfoque global que requiere hoy en día la problemática social. Y esto es verdadera profesionalidad: saber, para saber hacer, solidez en la formación básica y experiencia en la vivencia personal de aquello que más les gusta a nuestros estudiantes: participar en la construcción de un mundo más humano, más social, aportar para que el llamado estado del bienestar, deje de ser una quimera y lo disfrutemos de verdad. Pero todos.

Sólo nos falta una última premisa para satisfacer con plenitud la esencia social de nuestro ser: el reconocimiento que la dedicación a lo social, debe tener de la sociedad en general. Un reconocimiento sincero, natural; al igual que sucede con otras profesiones, como pueda ser el caso de la sanidad o la educación, que a todos nos da tranquilidad saber que estamos en “buenas manos” atendidos por sus profesionales. En el plano social, para alcanzar el mismo nivel de convicción, se necesita una sensibilización generalizada de la función que desempeñan: son una pieza clave en el entramado social, cuya desestabilización podría resultar bastante problemática. Su importancia radica en su necesidad. Una necesidad que no nos inventamos, porque es una realidad. Los profesionales de la intervención socioeducativa ya están ahí, interviniendo, trabajando, educando, atendiendo la problemática social que es mucha y muy diversa. Pero les falta que nosotros les demos visibilidad. Esta es una cuestión de justicia. Se necesita valorar que su trabajo supone dedicación, dedicación por parte de los profesionales, pero también dedicación presupuestaria y dedicación personal, de cada uno de nosotros, acompañándolos, dignificando su trabajo como se merecen y reconociendo debidamente la tarea que a nosotros nos evitan. Que no es poca. Por eso termino apelando a vuestras conciencias, apelo al valor humano de nuestra vida. Porque en cierto modo, también cada uno de nosotros, hemos de sentirnos corresponsables de ella. Pues queramos o no, tarde o temprano, a todos nos va a tocar. Seguro. De momento, estemos tranquilos, que ellos ahí siguen, consecuentes con su vocación, trabajando para hacernos la vida un poco más solidaria y tranquila a la vez. Con esta convicción, el mañana, a mí, se me antoja aún más sereno, más gozoso; por eso concluyo asegurando que la entrega profesional, de cuantos desarrollan una labor social en nuestro entorno, conseguirá aflorar en todos nosotros, ese lado más humano y más solidario que llevamos dentro. Todos lo tenemos, no olvidemos que todos en esencia, somos eminentemente, seres sociales.

Muchas gracias.

Ellos vuelven por Navidad

Todos los años, los míos vuelven por Navidad. Ahora es mi hija, pero antaño fueron mis tíos o primos. Siempre venían por estas fechas, que es cuando nos juntábamos toda la familia. Es algo ritual, entrañable, que no deja de tener su encanto, poder juntarnos en esas fechas. En todas las casas alguno está fuera: un hijo, unos padres, los abuelos,… el que más o el que menos, todos tenemos alguien. Si no, los amigos. A veces, nosotros mismos volvemos por Navidad, como el turrón. Y quizás sea de lo bueno que tengan estas fiestas: su capacidad de convocatoria, juntarnos a todos y facilitar encuentros que de otro modo llegarían a resultar imposibles.

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Está muy bien, pero no siempre es necesario. Recientemente, tuvimos ocasión de ver cómo una ministra calificaba de “enriquecimiento cultural” la ingente cantidad de jóvenes que hemos ido exportando, poco a poco. Casi sin darnos cuenta. Ella tampoco. Lo cierto es que se nos ha ido, casi casi una generación. Echen ustedes la cuenta. Los contamos por miles y en el reparto a cada casa nos toca alguno. A alguno, siempre se le echa en falta.

No es bueno, no. No hagamos como esos políticos que están empeñados en maquillar una realidad que ni les gusta y saben que a nosotros tampoco. Ellos, los jóvenes, en algunos casos están hasta contentos de su éxodo. Pero desde luego, nosotros que sufrimos y guardamos su ausencia, no. Ni mucho menos. Porque hemos invertido mucho, mucho en su formación. Y no hablo de dinero, que también. La inversión la hemos hecho en ilusión, entrega, compañía, cariño, ilusión,… toda mi paternidad ha estado hipotecada por el logro de una titulación universitaria que,… no sé siquiera si va a resultar real. Porque veo que a muchos de mis vecinos, esas mismas ilusiones, las de sus hijos, acabaron devengadas tras un mostrador expendiendo sandwiches y bebidas azucaradas. Yo, desde luego, no quiero pasar por el mismo trance. Me molestaría enormemente. Sólo el cariño de padre es capaz de soportarlo, pero me enerva tremendamente, ver cómo a algunos de esos insensibles bien-posicionados, les trae al pairo este problema. Eso sí que no. Por ahí no paso.

Resulta penoso ver estos días, cómo las estaciones y los aeropuertos se copan de personas que ansiosos e impacientes, esperan la llegada de alguno de estos jóvenes, miembros de su familia. Seres queridos, cercanos. La inquietud de la llegada, se refleja en sus miradas. Más tarde, cuando se anuncia ésta y la muchachada empieza a desfilar por la puerta, resultan un sinfín de caritas, expectantes por ver si estaba esperándoles quien ellos deseaban. Generalmente, así suele ser. lo mismo que a este otro lado, donde lo único que queda es también esperar. Esperar a que vuelvan. Esperar a que estos días sean entrañables de verdad. Esperar temerosos a que llegue el día del regreso, para volver a empezar con la misma retahíla: esperar a que se integren, esperar a que encuentren trabajo, esperar a que la vida les depare un sinfín de sorpresas, alguna gratificante de verdad, esperar a que aprendan un idioma cuyo dominio también tiene que esperar, esperar, esperar, esperar,…

Captura de pantalla 2014-12-28 a las 9.02.19A nosotros, nos toca de nuevo, desfilar por el andén, poner cara de circunstancia y volver a esperar que la navidad nos regale la gracia de pasar estos días con ellos. Así que por favor, señora ministra, señores adláteres, políticos y voceros al uso, aunque sólo sea por respeto a nuestra soledad, no disfracen los hechos, porque la realidad es ésa. Si resultan incapaces de ofrecer otra realidad, al menos no sean insensibles. Porque, si nuestros hijos disfrutan su estancia en el extranjero es más mérito de ellos, que no suyo; pues ustedes no supieron actuar con la debida visión y evitar unas circunstancias socioeconómicas que les ha abocado en una masiva emigración. Si ustedes tuvieran razón, España estaría plagada de jóvenes ingleses, alemanes, nórdicos, americanos, australianos o japoneses, hinchándose a visitar museos, emborrachándose de flamenco y arte, cautivándose con su correspondiente inmersión cultural. Eso, por mucho que les pese, no es así. Ni de lejos. La juventud es básicamente estudio o trabajo. Pero en desigual reparto. Mientras los nuestros se aferran al primero para posponer el segundo, los de más lejos disfrutando del primero, dejan para los nuestros el gozoso papel de ser mano de obra sobradamente formada y barata. Así que luego sucede lo que sucede, que la muchachada, allende los Pirineos, para sus estudios, no elige nuestras universidades; por mucho que ustedes las “tinten” de excelencia; ellos todavía prefieren las suyas, Y con el trabajo sucede tres cuartos de lo mismo, pues las empresas en las que trabajan o quieren trabajar, por resultar punteras en tecnología o innovación, tristemente hay que reconocer que no se ubican en nuestras capitales de provincia, sino en las propias de sus estados originarios. Allá es donde les mandamos los más preciados valores que hemos engendrado, con la no siempre reconocida esperanza de que los sepan valorar.

Pero eso sí, aún nos queda la Navidad. Y su compañía, porque les tendremos aquí con nosotros. Podremos hacerlos un poco más nuestros. Y ellos se dejarán hacer. Sabemos que en Navidad, si se vuelve a casa, es porque en ella es donde se encuentra el verdadero calor, calor de hogar. Ese, que allá por enero, cuando repueblen los andenes, llevarán impregnado en sus maletas y henchirá sus mochilas. El calor, el cariño, de los suyos. ¿Sabes por qué? Porque venían a por él. Así van, orgullosos y gozosos de sentirse por encima de todo, nuestros. Feliz navidad a todos.

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ElMundoArtículo publicado por EL MUNDO. Edición Cantabria. Tribuna de Cultura (pág. 10) el día 30.12.2014 (descargar en pdf)

En septiembre, de vuelta al cole otra vez….

Un año tras otro, siempre lo mismo,… sensaciones, caprichos, inquietudes, revuelos familiares, compras, cambios,… forrar libros, preparar carteras, actualizar el uniforme, completar los estuches, acomodar los hábitos, volver a las viejas y buenas costumbres,… todo un rollo,… Bien venido y bien recibido, porque en cierto modo septiembre, lo que si consigue es normalizarnos; es decir, en esta época, coincidiendo con la vuelta al cole, hacemos que nuestra vida se formalice. Y si eso es así, se debe a que desde finales de junio, ya no ha sido normal nada. Los días laborables parecían domingos, los domingos, también; los días festivos, los descubríamos a media mañana, en la calle solitaria, precisamente al ir a comprar el pan o la prensa (porque afortunadamente, en verano, se vuelven a leer los periódicos); las comidas tenían horarios extraños, las siestas y las noches también; las tareas y todas las rutinas, estaban alocadas, parecían justificar toda distracción y no pasaba nada por desayunar con el almuerzo, comer en la merienda, cenar a deshora y, si se terciaba, no cumplir siquiera las obligaciones (salvo las estrictamente necesarias). Por eso acabamos siendo tan condescendientes, incluso con los pequeños de la casa. En verano, no hay problema, porque la transgresión es sinónimo de vacaciones: podemos hacer las cosas de cualquier manera, que nunca pasa nada.

Pero, en septiembre,… ¡ay, septiembre…!, es un mes en el que todo cambia. Porque en los hogares, sí, en todos, como les decía, la vida, no sin esfuerzo, se encarrila. Vuelve a lo que nunca debió dejar de ser. Y eso nos altera por completo (¡vaya paradoja!). Lo bien que nos sentimos, aunque en principio pareciera que llegábamos con el rumbo perdido. Lo que ha sido, ya no puede ser y, lo que tiene que ser, aún no lo tenemos asumido. La vuelta al cole institucionaliza precisamente ese cambio de rumbo, que durante unos días, nos pilla (a todos) con el pie cambiado. Circunstancia que algunas entidades comerciales, aprovechan para ofrecer el mejor de los servicios con el que resolvernos todos los problemas: desde el tema del uniforme, a la más completa dotación del equipaje escolar. Sus anuncios nos emboban con una tentación tan dulce que, una vez la vorágine haya pasado, descubriremos el acopio de productos innecesarios, de más o incluso de menos, que hemos sido capaces de atesorar. Es más, al pasar revista, es cuando nos daremos cuenta de todo lo que precisamente, olvidamos comprar y ahora, que ya es tarde, echaremos en falta… lo imprescindible, para la escuela. Y para la vida, pues cada curso, lo personal también necesita su intendencia.

La cuestión es que estamos ante un mes, voraginoso en exceso. Y, aunque sólo sea por higiene mental, no nos conviene que lo sea. La vuelta al cole debiera tener otro planteamiento. Debiera tenerlo. Al menos no es necesario que resulte traumática, ni problemática. Ha de suponer un acopio de ilusión para los escolares y, para nosotros, orden en el hogar, serenidad en la vida familiar y cordura en la sociedad. Sí, también un poco de cordura, porque la pasión pseudocomercial, acaba convertida en un problema de nervios para todos en la familia. ¡Qué ganas tengo ya, que empiece el colegio!… En su fuero interno, ¿quién no lo ha pensado alguna vez? Unos, intuitivamente, otros a gritos, todos, lo sentimos y hasta lo decimos, sin darnos cuenta que con esa expresión, se va mermando el cúmulo de energía positiva recopilada durante el verano y, lo dejamos en la reserva para el resto del año.

O, más bien, inevitablemente, de ese modo habrá de ser. Ya que tras el relajo estival, la experiencia indica que cada año se repite la misma vuelta a la rutina, un regreso por inmersión, paulatino, perezosamente y espontáneamente, alcanzado. Sabemos que es cuestión de tiempo y, en cierto modo, nos lo tomaremos, para ir poco a poco consiguiendo esa anhelada tranquilidad. Y con ella, nuestro sentido crítico se irá activando, el ritmo de la vida cotidiana se acelerará de manera incontrolada, el lenguaje parecerá dispararse y, cuando menos lo esperemos, la normalidad ya campeará a sus anchas por nuestra vida, reduciendo las recientemente pasadas vacaciones, a un lejano y casi inalcanzable espejismo. Con servil sometimiento, aceptaremos ese largo peregrinar del invierno, que al frente, ocupa toda nuestra visión, la pantalla por completo y, que nos acompañará hasta que podamos repetir el ciclo una vez más,… el año próximo.

De momento, tenemos por delante un mes muy, muy intenso. Todos. Los niños por la ilusión que se vislumbra, tras cada página que hojean. Los adultos, remembrando esas tiernas sonrisas, que evoca el recuerdo de las que otrora también se saborearon y, nuestros mayores, proyectando la satisfacción de la vida felizmente entregada. Así que para todos tiene y, resulta un mes de cierta anhelo contenido. El comienzo de un nuevo curso, en cierto modo, parece un cumpleaños global pues seguramente, así lo sentimos, en estas fechas, cada año. Por proximidad, o por lejanía, todos, en septiembre, es cuando pasamos la hoja del calendario y cumplimos.

Por eso, es tan importante la referencia del cole. Y así me gustaría que, amables lectores, lo vierais. Con inquieta satisfacción, pues al igual que cada septiembre el calendario lanza una nueva página al viento, en la familia, los zapatos y el uniforme mudan la talla, los libros engordan un poquito y, la compra del material escolar, nos confirma la autonomía que han ido consiguiendo los que identificábamos como «los pequeños de la casa». Cada septiembre descubrimos con sorpresa que han crecido y, en algunos casos, que ¡son enormes!,… Es la vida, el continuo deambular que protagonizamos juntos, una secuencia que crece a nuestro propio ritmo. O quizás sea que nos sentimos más y más mayores. De cualquier modo, me quedo con la añoranza de lo que hemos ido descubriendo, cada septiembre escondido en todas y cada una de las primaveras celebradas, por la ilusión descorchada con todas las vueltas al cole que hemos tenido el gusto de presenciar. Hoy, mejor que nunca, podemos decir alto y claro, que merece la pena haberlas vivido.